No es la luz lo que importa en verdad, son los doce segundos de oscuridad, canta Jorge Drexler, para que se vea desde altamar, de poco le sirve al navegante que no sepa esperar. Hace exactamente cuatro años me aprestaba para firmar la promesa de compra de mi departamento. A una distancia equidistante de ese momento se encontraban los comienzos de dos de los duelos más duros que he vivido en mi breve y sin embargo interminable existencia. Diez días antes se encontraba el cierre de mi relación con Jean y diez días después se encontraba la muerte de Adam en el océano. Si hubiese sido un mapa me habría encontrado en el punto de los doce segundos de oscuridad, como si hubiese sido un faro. Hacia adelante, en el mapa, los cuatro segundos de oscuridad, que fueron en realidad cuatro años y dos duelos, guardada en mayor o menor medida en este departamento, que vino a ser un punto fijo en la tempestad. En este mapa estaría dibujado como un barco este departamento, como un punto de partida. Pero damos vueltas en círculos. La pasión tiene esa fuerza. Dónde estoy ahora, en el mismo lugar, tal vez, y en otro totalmente diferente. La pasión ni un rasguño, como si el tiempo fuera imaginario. La pasión tuvo a bien explotar y convertirse en libros. La literatura tiene esa bondad. En el barco preciso. Con la pasión justa en el corazón. Conocí la pasión con estas dos personas, y con Jacques. Conversaba ayer con una amiga sobre esas ocasiones en que la pasión lo desencaja todo. Esos puntos en que el mapa tiene rasguños. Donde no hay manera de componer el presente. En el mapa de la conversación partió ella contándome de una mujer que había desencajado su presente, y terminé yo contándole de esa época en que llamaba a Adam a horas absurdas, cuando nuestro presente era el desencajado. Teníamos veinticinco años, nuestra relación había terminado hace un año, cada uno estaba en otra cosa, pero nuestra pasión nunca tuvo límites. Entonces yo era de esas que llaman a cualquier hora, creo que es el único período de mi existencia que la pasión me hizo hacer cosas visiblemente transgresoras. Cómo olvidar a alguien que te entregó eso. Es imposible. Cuatro años, podrían ser veinte, eso no se olvida. Este verano en Santiago de Chile fui a bailar con Jacques a un lugar donde años atrás le pedí matrimonio a Adam. Lo recordé cuando estaba ahí. No le conté a Jacques, estábamos felices los dos de reencontrarnos, y no era un buen momento para ese recuerdo. Son las únicas dos veces que he estado en ese local. De más está decir que en el mapa tiene un espacio significativo. Yo le dije a Adam: casémonos, hagámoslo todo, igual como un día le dije a Jacques. La pasión que sentíamos no tenía precedentes. Yo sé el tamaño ilimitado de su pasión, porque lo hundió al fondo del mar. Hace cuatro años. Me refugié en este departamento, en Lyon, junto al río, donde escribo ahora estas líneas. Para que la pasión de estos tres hombres que me componen se escribiera palabra a palabra. Para que cada desgarro fuera una frase. Para que cada atardecer fuera la presencia del milagro de amar. Para que cada amanecer fuera dar con la forma que pudiese describir ese sentimiento que justifica el levantarse, aunque el trance sea el de olvidarlo todo porque ya no queda nada. Siempre queda algo, la certeza de la pasión, como un árbol gigantesco que llegó más allá del fuego. Incluso si en mi mapa hay veinte, cuarenta años más, la pasión no se extingue. Sabía que nos volveríamos a encontrar, Adam. Cuando recién me vine a Europa querías venirte tú también, me escribiste. Pero el destino me llevó a otro lugar del mapa justo antes de tu mensaje, apareció Jean un año nuevo. Cuando Jean partió de mi cotidianeidad, nueve años después, volviste de tu viaje por un paraje interior, tal vez es ahora, me dije. Entonces el momento equidistante, el departamento, y diez días después tu inmersión irrevocable en la pasión. Es como que el tiempo no hubiese transcurrido. Estamos en el mismo punto del mapa, de los doce segundos de oscuridad, de ese mensaje unos días tarde, de esas llamadas desencajadas en la madrugada, de esa pedida de matrimonio en ese lugar en penumbras, donde estuve este verano, queriendo partir de nuevo. Existir es una broma absurda pero apasionada. Me dejaste doce segundos de oscuridad, para que pueda ver desde altamar. La pasión es lo único que conozco. A ti ya no te tengo. Jean me dejó, y a Jacques lo dejé yo porque no me amaba de la manera que yo quería. La pasión es lo único que yo conozco. Yo buscaba el rumbo de regreso, sin quererlo encontrar, canta Drexler, un faro quieto, nada sería, guía mientras no deje de girar. Cuatro años, Adam. No hubiese imaginado jamás lo que era hacer dos duelos al mismo tiempo, y todo lo que podía surgir de esos doce segundos de tinieblas. Te extraño igual como te extrañaba en ese tiempo de las llamadas a la una de la mañana, con una desesperación que no tiene un nombre preciso: pasión es lo único que se me viene a la cabeza. No voy a perdonarte, aunque no haya sido una afrenta contra mí. Tal vez eso te haga volver, rogar por clemencia. Tengo límites, Adam, mi corazón no es tan bondadoso como yo creía. Es mi pasión la que no te perdona, pero yo sé que ella me pertenece, somos lo mismo. No dejes de dar vueltas en mí. Tuve tu cuerpo, cuando tenga tu alma será otra cosa. Tengo límites, Adam, me convertí en la pasión. Debe ser porque nos habita el milagro. Lo vi nuevamente recorriendo las fotografías que tomaste, que pronto van a ser expuestas. Creemos que en el mapa vamos dejando atrás, pero todo surge desde un solo instante, desde un solo sitio. Me respondías a esas llamadas en la madrugada, hablábamos. Creíamos que todo sería eterno. Aprendí hace cuatro años que no era exactamente así. El tiempo imaginario se me desvanece entre las manos ahora. La literatura no tiene tiempo. Por lo tanto la existencia tampoco. Estás aquí, aunque ya no pueda tenerte, y el dolor no se haya modificado. Tengo mi casa, mi soledad, y mi pasión. Estás aquí, aunque ya no pueda tenerte.
Hermoso texto Andrea. Me encanta tu escritura. La reconozco.
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