Libre
La libertad no es más que otra forma de decir que ya no queda nada para perder, canta Janis Joplin. Me gusta esa canción, habla de blues, de tocar música y sentirse bien, de la naturalidad de perder cosas, del presente, de la fugacidad del instante, de lo que ya no vuelve. Hubo una época de mi vida que escuché mucho a Janis Joplin, me conectaba a una forma de libertad. La libertad de la música, la libertad del riesgo. Creo que todo eso fue muy importante. Ahora tengo otra forma de libertad. Es la libertad de la serenidad. De haber llegado a algún lado y no estar buscando nada. Para escribir sólo hay que saber recordar, ahora lo sé. Hay que llevar en uno la gratitud de todo lo que ocurre. De manera obsesiva observar, con una atención completa en el momento. Escribir no es muy compatible con los aparatos, porque te alejan de lo crucial que hay que distinguir.
Libre II
Por qué justo ahora la libertad. No lo sé. Algún día tenía que llegar. No en vano es cada paso y cada día. La soledad tiene un sabor dulce. Es la soledad habitada. La soledad de mantener a raya las formas de esclavitud, que son innumerables. Se reproducen como gremlins en el agua. Es una película de los años ochenta, de mi infancia, sobre unas criaturas que cuando las lanzaban a la pileta se multiplicaban. Eso es lo que recuerdo, la vi muchas veces porque cuando llovía en la escuela y no podíamos salir afuera para la clase de deportes íbamos a una especie de cine que había en el subterráneo (una sala con un proyector), y ponían esa película. Qué absurdo haberla visto tantas veces. Lo bueno es que ahora puedo ejemplificar muy claramente lo que sucede con los mecanismos de la esclavitud, se reproducen como esos horribles entes diminutos que luego atacaban.
Libre III
Otras veces nos ponían la película de la vida de Nadia Comăneci, la gimnasta, esa también la vimos muchas veces, y también la película de Annie, la niña colorina, huérfana, que limpiaba los escalones de una mansión, que triunfa luego, creo, un final feliz. Son todas películas de los años ochenta. En el caso de la gimnasta yo no podía entender por qué tanta disciplina, y por qué ella quería comer cosas a escondidas. En el caso de Annie, me gustaba la canción del final, mañana, mañana, te amo, mañana. Ella soñaba con un futuro mejor. Teníamos que tener esa esperanza nosotrxs. El ambiente era extraño. No olvidemos que era una dictadura, por lo que no todos los temas eran adecuados. La disciplina de la gimnasta, la niña huérfana que triunfa, y las criaturas demoníacas que se multiplican, eso sí podía ser. Nos quedábamos en esa sala oscura para olvidar todo. Para olvidar que no podíamos salir afuera a hacer deportes.
Libre IV
En relación a los deportes, uno de esos profesores organizó en una ocasión, o en un período, tal vez a petición de algunas alumnas, o no, una actividad que era extra programática (los alumnos no participaban, sólo las mujeres, no sé por qué). Era un gimnasio, como esos que va la gente, con pruebas a superar y etapas. Yo no he ido nunca a uno, y en ese momento menos, era una pre adolescente, no sé exactamente qué edad. Estaba formado en el recinto destinado a los deportes, una serie de vallas y caballetes. El tema es que dado que yo me inscribí se me informó que había que presentarse ante el profesor porque él hacía unas anotaciones antes, respecto a la grasa del cuerpo, para ver si uno había progresado en el tiempo. Me sometí al asunto porque si decían que era lo que ocurría en un gimnasio, fui. El asunto es que me señalaron que era en una suerte de closet grande donde se guardaban los útiles de gimnasia, pelotas, aros, cintas, petos de colores, y ahí estaba el profesor. Como había que al parecer levantarse un poco la ropa el procedimiento era más íntimo sin nadie alrededor, más privacidad. Procedió a medir la grasa de mi cuerpo de pre adolescente, agarrando una por una las partes de mi cuerpo, mis brazos, mis muslos, mi cintura, con una cinta métrica, la grasa que yo no tenía para nada, por lo tanto sólo me tocaba y medía los pocos centímetros que sobresalían, luego de pellizcar la piel. Me pareció el procedimiento más absurdo al que había sido sometida, me sentí extremadamente incómoda, concluí que los gimnasios eran algo muy raro, no fui nunca a ese armado rústicamente por el profesor, ni a ningún otro. La dictadura ya se había acabado, porque yo debo haber tenido unos doce, trece años. Me parece que ese profesor ya está muerto. No sé si las que siguieron yendo se sometían a ese procedimiento cada cierto número de días.
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