6 de junio de 2025

Lo que duele es la muerte

Lo que duele es la muerte. Lo definitivo. La imposibilidad de los grandes recuerdos de convertirse en pequeñas cosas, en actos cotidianos, simples, donde está la inmensidad. La felicidad es mayor cuando es más pequeña, escribió Kafka, por eso, si tuviera que escribir mi vida, sólo anotaría las pequeñas cosas, qué feliz me hace escucharte cantar, o simplemente sentir cómo me pasas la mano por el pelo, creo que la grandeza de la vida siempre está presente en toda su plenitud, pero oculta, invisible en las profundidades, si la llamas por su verdadero nombre, entonces llega. Estuve ayer tratando de imaginarme a Kafka en la realidad, viendo la película que hicieron sobre su último verano en el mar y su posterior muerte, a los cuarenta años. Lo había escrito todo, y había quemado una porción de su obra, dejando instrucciones de quemar lo inédito luego de su partida, petición que no cumplieron afortunadamente quienes se quedaron. Partió a los cuarenta años ahogado por una tuberculosis. Igual que Adam, pero a él lo ahogó el mar. De qué se trata esto de partir a los cuarenta años. Me quedé luego escuchando tango electrónico hasta tarde y pensando en Adam, en pequeñas cosas, que no se materializan, que quedan como recuerdos abstractos que no se vuelven cotidianeidad porque forman un todo estático. Que luego no se modifica, queda en el aire como algo eléctrico, pero flotante. No se produce alquimia alguna porque los fragmentos se quedan unidos como una gran masa y no hay manera de desintegrar eso. Con el tiempo es tal vez peor porque es definitivo. Me habría gustado hablar con él ayer. Pasa el tiempo y valoro aún más esos vínculos que son difíciles de conseguir. Ayer fue revivir una escena particularmente punzante. A propósito de las pequeñas cosas de las que habla Kafka. Esas de la grandeza, del sentido. La primera vez que nuestros cuerpos se encontraron, una escena de una belleza sublime, pero el recuerdo era algo mucho más pequeño que eso, un detalle inolvidable. Nos miramos a los ojos, en la cama, manteníamos la vista fija, en silencio, él sobre mi cuerpo, como en un paréntesis eterno, y yo le dije de pronto, te quiero. Puso su mano sobre mis labios porque todo era muy fuerte, porque era la primera vez que decíamos esas palabras, porque la pasión era definitivamente amor, y lo supimos en ese momento. Lo supimos para siempre. Desde ese momento. Pero nada se conjuga porque el amor es grande como las abstracciones ahora. No hay materialidad posible. Creo que es lo que Kafka intuía que sucedería luego de su partida, que todo quedaría como esos castillos y procesos de sus libros, algo gigante, inalcanzable, distante, ajeno, hostil, porque está lejos de la vida. Esa es la muerte, castillos impenetrables. Donde no se conjuga la grandeza. Tal vez por eso duele tanto. Tal vez Kafka quería en realidad hablar de la muerte. Del hambre suscitado por la muerte. Él fue un artista del hambre. Quizá hacer cosas grandes es ser un artista del hambre. Dejar la vida de lado a los cuarenta años, porque el milagro ya fue dictado, escrito, creado, entregado. Lo que duele es la muerte, pero ese te quiero, que pronunciaste tú o yo primero, porque sé que fue al mismo tiempo, es la grandeza, la noción de la felicidad, y eso sí puede conjugarse. Para siempre. 

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