Existe una escena fantástica, que mi madre grabó en video. El primer encuentro directo de la pequeña Agustina, mi ahijada, con la cinta adhesiva y un libro. Se rompió el libro, dijo Agustina. Necesito pegarlo con scotch, afirmó. Había observado a mi madre hacerlo. Sí, en Chile le dicen scotch a la cinta adhesiva, igual como el whisky escocés. Pero en este caso es una tela transparente con pegamento que se adhiere: cinta adhesiva. Bien. Agustina solicitó a mi madre el elemento necesario para arreglar el libro y su página desgarrada, convertida en fragmentos, en vez de una sola cosa homogénea, por lo que el dibujo se encontraba dividido. Como un corazón dubitativo, o una doble personalidad, o un territorio heterogéneo. Varios fragmentos, como un estado nación, aunque esto a algunas personas les frustre, y prefieran lo único a lo múltiple. En este caso era una ardilla partida por la mitad. Mi madre fue en busca del material reparador de páginas rotas y se lo entregó. Agustina se sentó en el sillón del salón y comenzó la operación. Consistía en lo siguiente, iba sacando la cinta, la ponía entre los dientes, con el gesto de cortarla, pero luego continuaba, sin cortarla, y la pegaba al libro como mejor podía. Imitaba la mueca que hacen los adultos al cortar la cinta con los dientes. Estaba segura que eso era todo lo necesario. Pero luego, la cinta no tenía final, porque sólo era un ademán de cortar. Continuaba pegándola al libro. Toda la operación la llevaba a cabo muy seria. La seriedad seguía, pero el libro era de a poco un gran balón de cinta adhesiva como si hubiese sido una instalación de arte. Agustina, una artista. Pero ella empezó a formar parte de la obra, y se iba enredando, enredando, en la cinta, porque no tenía final, incluyendo su pelo, su ropa, sus brazos, todas las páginas del libro, que no necesitaban reparación, la tapa, la contratapa, el sillón, el salón. Agustina seguía, muy seria, porque ella se había propuesto un desafío concreto, reparar el libro, pero sin saber que estaba creando una obra de arte, o una especie de performance inmersiva. Hay que pegarlo todo, parecía decir. Nada puede quedar sin ser pegado. Hay que unirlo todo en una gran masa pegote y transparente. Un emplasto lleno de parches donde todo sería incluido. Agustina empezó a perder la paciencia. No se puede reparar todo, parecía decir, y era difícil seguir maniobrando enredada en pegamento. Que se las arregle sola la ardilla. Lo he intentado todo, seguía cortando imaginariamente la cinta, como un show de mimos, pero con cinta real, y no se arregla este libro. Nada se arregla. Todo está unido ahora. Agustina quería crear un gran estado nación pero no se esperaba esto. Agustina quería explorar y conquistar, pero no se esperaba esto. Empezó a perder definitivamente la paciencia. La operación no era como ella la había visto. Por qué la habían engañado. Ella estaba haciendo todo al pie de la letra. Qué era eso. Un libro rebelde. Una cinta que cree mandarse sola. Un poco de disciplina, un poco, parecía decir, tengo que terminar esta operación. Cuando el ruedo completo de cinta se había acabado y ya no podía moverse ni salir del sillón se desesperó de manera definitiva, exclamó: no me sale el scotch. Seriamente. La palabra scotch pronunciada como si hubiese estado en japonés. Pero la obra de arte estaba lista. El libro ya no podía abrirse ni pasar ninguna página. La intención había sido lo importante, sin embargo, como pasa tantas veces. Con buena voluntad, ella lo había entregado todo por unir esas partes de la ardilla que habían decidido dispersarse. La obra de arte y el libro tuvieron que terminar en la basura. Retirar la cinta no es algo posible cuando la cinta ya está bien adherida, como era este caso, y al arrancarla, partía con la mitad del libro a cuestas, como ocurre por ejemplo cuando se acaba un vínculo afectuoso. Las ardillas de colores de la historia se iban con la cinta, por partes, como en un festival psicodélico. El cuento quedó convertido en un mensaje en clave. Secretos por descifrar. Aquí tal vez decía esto, esta ilustración tal vez era así. Se podía luego jugar a otra cosa. Adivinemos qué pasaba acá. Cómo era el sombrero de la ardilla. En realidad el libro no servía para nada. Había que estar motivado para ese otro juego. La obra de arte ni hablar, Agustina no iba a quedarse ahí como estatua, por mucho que la idea evocaba un sinfín de mensajes que podrían haber inspirado cualquier poema. Agustina no estaba para quedarse quieta como inspiración de nada. Quería seguir leyendo, aunque fuese otro cuento, de cocodrilos, o dinosaurios, o ir a jugar, al jardín, o con su restaurante ficticio. Bien, Agustina, le dije, tú eres la que haces las obras. No importa si no queda exactamente como querías, la idea ya la tienes. No serás la inspiración pasiva de nadie, está muy bien. Yo soy una artista, dijo Agustina. Pero ahora quiero ir a jugar, sin pegamento. Si un dibujo se divide en dos, tal vez es porque quería. La mitad de la cara de la ardilla y su sombrero en una página liberada. Tampoco sirve todo unido como una gran bola de pegamento. Andrea, como le dice a mi madre, no quiero jugar más al scotch. Tal vez en otro momento, cuando esa cinta se digne a cortarse. Ahora tengo otras operaciones más importantes que llevar a cabo. Nuevas obras de arte.
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