2 de abril de 2024

Las historias III

Ojalá no muera pronto porque lo estoy pasando muy bien. Quiero escribir puras historias delirantes. Me liberé del yugo de esas relaciones que eran más problemas que otra cosa. Gracias señora Gallan. De historias sabía la buena mujer. De historias delirantes no sabemos, tal vez sí. Si observo alguna de esas aplicaciones para conocer gente, veo problemas, en vez de personas. Muchos problemas y poca poesía. ¿Estaré predispuesta negativamente? Es muy probable. No me culpo. Leo las descripciones y es como si supiera de antemano cuáles serán los problemas. Termino optando por no emprender ninguno de esos viajes. Me liberé del yugo. Mi cerebro poético adictivo vuelve a replantearse a veces volver sobre esos problemas que van con el tiempo transformándose en poesía. Qué mecanismo siniestro de la mente. Ahora estoy preparada, lo intercepto en seco. Recuerda, Andrea, quieres poesía, no problemas. A esos no. Esos de la debacle no. Cobardes no. Manipuladores no. Adictos no. Aspiro a esa poesía a la que tengo derecho. A esa poesía que es un fin en sí mismo. Quiero escribir historias delirantes que tengan sentido. Quiero que la palabra poesía tenga significados concretos. El amor poético es otra cosa. Son esas historias delirantes que me dan vida. Compartir algo que sea interesante. Que haya humor y valentía. Ese amor poético al que tengo derecho tocará mi puerta, o no. Tal vez vaya a su encuentro, si identifico su veracidad. Llueve fuera con un sol resplandeciente que desata un arcoíris. El amor poético es esa mezcla fantástica, de intensidad y verdad. Lo obtuve, sé que lo obtuve, y que podré volver a obtenerlo. Pero será distinto. Las cuarenta primaveras no han sido en vano. La poesía es esa capacidad de vencer las adicciones y de entregarse a nuevos prados floridos. De alcanzar el éxtasis de menos problemas y más poesía. 

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