Siempre que vamos a algún lugar nuevo no damos con la ubicación correcta a la primera. Cuando nos percatamos, mientras caminamos, mi amiga anuncia: llegó la hora de perderse. A mí me causa mucha gracia y le encuentro toda la razón. Porque siempre llega una hora en la que hay que perderse. Si fuera así no más llegar a algún lado todo sería mucho más fácil y aburrido. Por el contrario, perderse permite que acontezcan eventos no previstos, quizá, o posibilita descubrir lugares fuera de ruta. No estamos hablando aquí de caminar así no más sin objetivo. Esto es mucho más interesante, el objetivo lo tienes, pero no lo alcanzas. Estás ahí, cerca, cerca, pero no. Das vueltas a veces en círculos, o por la avenida paralela sin saberlo, o partes en sentido contrario, o crees que un cierto parque tenía otro nombre y te sorprendes de conocer su nombre real. Perderse es fascinante. Lo que más gozo es cuando le pasa a las personas eficientes que no consideran el factor incertidumbre en sus rutinas. En la literatura perderse es el gesto base. Nunca hay un camino directo. La incertidumbre es la consigna. El objetivo suele estar claro: escribir. Luego definir el tema, la estrategia para presentarlo y las palabras para decirlo es vivir perdido. Nunca sabes si vas a llegar a puerto. Con perseverancia se puede llegar, pero de mejores o peores formas. Obtener un resultado es emocionante, pero vivir el camino es maravilloso. Escribir es vivir perdido. Una errancia eterna. Sin descanso. Nunca sabes si vas a poder repetir realmente el gesto. Si habrá mejores formas. Sólo queda intentar imaginarlas. Rezar, porque la existencia sea benevolente con tu pluma, y le dé el poder de las pociones y ungüentos mágicos. Esos que curan el alma. La literatura tiene poder sanador. La belleza es el mejor remedio. No hay otro como ese. El placer de la belleza es todo. Perderse es ser el placer de la belleza.
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