4 de noviembre de 2022

El conejo

El otro día caminaba yo por el borde del río, el quai donde están las péniches, esos barcos geniales donde puede uno tomarse una cerveza mirando el agua pasar, y sucedió algo totalmente improbable: se me cruzó un conejo. Era de noche. El conejo tenía orejas blancas, pero era gris, no como el de Alicia en el país de las maravillas. Pero tenía un reloj, igual que el conejo blanco. Luego de mi estupor, decidí seguirlo, por supuesto. Sabía que me llevaría a algún lugar fantástico. Parecía que iba con prisa, no fue fácil seguirlo. Me llevó por un sinfín de lugares, a veces oscuros, pero por su pelaje y su reloj que brillaba no era tan complicado alcanzarlo. Luego me di cuenta que era imposible liberarse de él. Cumplir años es una calamidad. Traté de explicarle. Hacerlo razonar. Llama al siglo XXI, dile que nos dé un respiro, como dice St. Vincent. El conejo nada. Oídos sordos. El puto conejo empecinado en seguir saltando, sin detenerse. Siempre atrasado. Yo no quiero ya cumplir más años. Estoy bien así. Debería ser optativo. ¿Quieres usted seguir cumpliendo años? ¿Sí? ¿No? Marque con una cruz. Yo estoy perfectamente. Conejo de mierda, dame una tregua. Deja de perseguirme. El año se termina y todavía quiero hacer tantas cosas, los días tan cortos, la noche que llega en la mitad de la jornada. Ya basta. El invierno también es una calamidad. Te distraes dos segundos y ya es de noche. Y los rayos de sol cómo, y los cielos azules, cómo. Costará vivir, decía un tío mío vasco. Debería haber dejado pasar ese conejo. Debería haber firmado para vivir sólo en primavera y verano. Cuando me dieron el formulario no estaba pensando claramente. Tampoco cuando te escribí. El tiempo es una calamidad. Los ex son una calamidad. Está todo mal diseñado. Y estamos llenos de conejos grises que nos persiguen con relojes. Que puedas permanecer siempre joven, canta Bob Dylan. Un himno de mi infancia, en la voz de Joan Baez, la ídola de mi madre. Ahora me dices que no eres nostálgico, canta Joan Baez, entonces dame otra palabra para eso, tú que eres tan bueno con las palabras, y en mantener las cosas vagas, porque ahora necesito algo de esa vaguedad, todo ha vuelto con demasiada claridad, sí, te quise mucho, y si me ofreces diamantes y óxido, ya he pagado. El pasado se adhiere a uno de una manera satánica y absurda. Lo positivo, es que si uno tiene el suficiente tiempo puede ver el pastel darse vuelta. Y mostrar otra cara. Se dio vuelta la tortilla, como se dice. Como dice mi madre, la venganza es un plato que se come frío. Qué fantástico. El conejo además va rápido sólo cuando quiere. Las verdaderas aventuras a veces demoran, y el olvido también. Y por mientras el conejo salta que salta, igual no se puede descansar. No hay caso. Yo estoy contenta de habérmelo encontrado cara a cara. Reconozco ahora sus facciones como si estuviesen tatuadas en mi piel. Pude verle la cara y evaporarme de fuego. Seguirlo hasta encontrar su escondite. No pareciera, pero tiene una guarida. Donde produce otros miles de conejos grises. Nos persiguen a distintos niveles. Productividad, salario, alojamiento. La revolución será atrapar ese conejo escurridizo. El tiempo es nuestro. Haremos estrategias junto con ese conejo, no se va a salir con la suya. Basta de explotación. Basta de ahogar balsas en el mar. Basta de comentarios racistas. La creatividad le pertenece a todos y cada uno. El conejo adquiere una nueva cara. El feminismo es en gran parte responsable de los saltos suaves que da el conejo ahora. El país de las maravillas se comparte. Tenemos que cuidar nuestro espacio de la explotación y el racismo. De la destrucción. Somos dueños de nuestro tiempo. Cómo y cuándo será nuestra decisión. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario