Escribir no se trata sólo de perderse, también de encontrarse. Una obra de arte es buena cuando brota de la necesidad, escribe Rilke. Hay sólo un único medio, exhorta, entre en usted, examine ese fundamento que usted llama escribir; ponga a prueba si extiende sus raíces hasta el lugar más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se le privara de escribir. Esto, continúa, sobre todo: pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir? Excave en sí mismo, propone, en busca de una respuesta profunda. Y si ésta hubiera de ser de asentimiento, dice Rainer Maria, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según esta necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser un signo y un testimonio de ese impulso. No puede equivocarse usted, advierte, lo que se necesita es sólo esto: soledad, gran soledad interior, entrar en sí y no encontrarse con nadie durante horas y horas, eso es lo que debe poder alcanzar. Además de perderme todo el tiempo, excavo en mí misma y me encuentro con el destino que pende de un hilo. Me hago preguntas que intento responder con la mayor sinceridad posible. Procuro no juzgar a las respuestas cuando duelen. Sólo son peligrosas y malas aquellas tristezas que se llevan por entre la gente para ensordecerlas, dice Rilke, por eso también pasa la tristeza: lo nuevo en nosotros, lo sobrevenido, ha entrado en nuestro corazón, ha penetrado en su más íntima estancia, y tampoco está ya ahí: está en la sangre. Por eso es tan importante estar solos y atentos cuando estamos tristes, sugiere: porque el instante, aparentemente sin acontecimientos e inmóvil, en que nos sale al encuentro nuestro futuro está mucho más próximo a la vida que esos otros momentos ruidosos y casuales, en que se cumple para nosotros, como viniendo desde fuera. Cuanto más silenciosos, pacientes y abiertos estemos en la tristeza, continúa, más honda y certeramente entrará en nosotros lo nuevo, mejor lo adquiriremos, más se hará destino nuestro, y más nos sentiremos familiares y próximos a él cuando un día “acontezca” (es decir: cuando salga de nosotros hacia los demás). En este domingo invernal, en que recuerdo a mi abuela en el día de su cumpleaños, observo por la ventana la noche que cae sobre la ciudad tan temprano, cuando todavía está el deseo de la luminosidad. Escribir es también para mí un refugio, donde descansar cuando la existencia va deprisa. Donde puedo detenerme para explorar lo que viene a mi alma. Lo que se va difuminando y lo que se aproxima o insinúa. El excavar tiene el milagro de la anticipación. Sentir la vibración de algo antes de que se manifieste de manera visible. La única posibilidad es decantando todo eso que la existencia nos va arrojando, lo pidamos o no. Mirando la tristeza cara a cara. Identificando al mismo tiempo las raíces de la alegría. Puesto que existir es doble. Cuando afirmamos algo, estamos al mismo tiempo afirmando otras cosas sin darnos cuenta a veces. Cuando identificamos lo que nos entristece hay también ahí un germen de alegría, algo por venir que es diferente. Un espacio en que estamos empujados a mirar lo que nos rodea, lo que queda, lo que empieza a incubarse. Lo que antes quizá no veíamos, incluso de una misma situación. Se despliega un abanico de matices. Como evaluar de manera diferente lo que te gustaba o no te gustaba de una situación. La tristeza ilumina la alegría que estaba oculta, lo que fue bueno, lo que queremos conservar, lo que quisiéramos repetir. La falta de algo nos sugiere las bondades de su existencia. Lo que disfrutábamos. Lo que a veces amábamos sin darnos cuenta exactamente. El tiempo está siempre poblado de tristeza y de alegría. La alegría también siempre tiene una raíz de tristeza. El vértigo de saber que todo va a modificarse. Pero que en el fondo está la inmanencia, lo que permanece: el hecho de que todo puede escribirse. Y todo lo que puede escribirse vale la pena. El destino de todas las experiencias es alegre. Conectar con los demás. Dejar de lado la rigidez y la exigencia, y aprender la compasión.
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