1 de noviembre de 2022

El bar

A veces en los bares puedes conocer a personas que parecen tener una altura mayor que la que realmente tienen. Por ejemplo si están en el escenario, o detrás de la barra. Además les llega la luz encima, lo que les da una imagen distinta que el resto de las personas del lugar. Es sólo una imagen muchas veces. Una vez conocí a una de esas personas, tenía una personalidad extraña, parecía estar peleando todo el tiempo. Al principio me causaba gracia, luego caí en cuenta que sus maneras de funcionar eran nefastas. Era incomprensible. A veces respondía a veces no. A veces quería bailar a veces no. Era el rey del reino borroso. Su errancia, que podría haber sido atractiva en el mundo de los machos, parecía más bien enferma. Se acercaba al reino de la superficialidad y el miedo con apariencia de indiferencia. No sé bien qué me parecía atractivo inicialmente, debe haber sido la luz, la altura. Una vez fui a su casa, con el tiempo la experiencia ha mutado en una invitación desafortunada. La altura y la luz confunden, y luego al decantar caes en cuenta que la sensación final de todos los eventos es borrosa e insípida tirando hacia amarga. El encuentro con personas que no pueden mirar más allá de sus pies es una experiencia funesta en general. Hay más, en algunos bares invitan a machos violadores, de esos que luego van a la heladera. A él no parecía importarle. Quizá no poder mirar más allá de sus pies le impedía ver el problema, o comprenderlo en su justa dimensión. Queridas mujeres, atención con la luz y la altura, a veces tienen reservados secretos lúgubres. La imposibilidad de comunicación es a veces voluntaria. La errancia también. Ya basta de machos y de cómplices. Hasta ir al bar puede ser peligroso y cansador.  

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