Recuerda siempre que la razón por la que empezaste a crear, dice Bowie, fue que había algo dentro de ti que sentías que si podías manifestarlo de alguna manera entenderías más sobre ti mismo y sobre cómo coexistes con el resto de la sociedad. Creo que es terriblemente peligroso para un artista, afirma, cumplir las expectativas de los demás, por lo general, producen su peor trabajo cuando lo hacen. Si te sientes seguro en la zona en la que trabajas, agrega David, no estás trabajando en la zona adecuada, siempre hay que adentrarse un poco más en el agua de donde uno se siente capaz de estar, sal un poco de tu profundidad y cuando sientas que tus pies no tocan el fondo, estarás llegando al lugar adecuado para hacer algo emocionante. Puedo ser cruel, no sé por qué, dice Tori Amos, no entiendo por qué mi globo no puede mantenerse arriba en un cielo con un viento perfecto. El otoño tiene también un lado fantástico de la despreocupación. Una apatía positiva. Una indiferencia suave que reconforta. Cosas que parecían importar ya no importan. A veces es incluso desear todo lo contrario a lo anterior. Quitarle peso a los asuntos. Moderarse. Perder determinación. Querer fluir con el río, dejar a la barca mecerse con las olas hacia donde quiera dirigirse. Perderse. Dudar de los límites de los acontecimientos. La edad también va entregando esta dicha. Mayor seguridad respecto a asumir la propia verdad. Nunca crear para la galería, dice Bowie, nunca trabajar para otras personas en lo que hacemos. El tiempo me ha dado el júbilo de la despreocupación. Observo lo que debería decirse y sigo adelante. Si sale de las entrañas desordena. Desde el vértigo se arma la frase. Desde la nada, que tiene su asiento en los intestinos, en los pulmones. Lo que nos hace respirar es lo que va modelando las formas. A los cuarenta y dos años hay una cierta noción del placer, el vicio, lo relevante y lo indiferente. De nuestros límites, nuestras búsquedas. Crear es desnudarse como el árbol en otoño. No hay manera de retener las hojas para ocultarse. El concepto de vergüenza se difumina. Es necesario empujar un poco más al crepúsculo para que llegue más tarde. Extraer eso que descansaba tranquilo en el interior. Mencionarlo, sugerirlo, e ir armando el vendaval. La concepción de la culpa pierde distorsión. El globo no vuela porque no había suficiente viento, aunque lo parecía. O había mucho viento, y así y todo no pude hacerlo, punto, no importa. Estoy en lo profundo, no toco el fondo, y desvarío. Si no enredaras la situación todo se vería más nítido. También está eso, el tiempo trae claridad. Agudeza y valentía, basada en la serenidad. La sensación de que crear es más importante que la respetabilidad. Hoy no hay límites inútiles. Todo será escrito.
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