22 de noviembre de 2019

Seis y la voz de la complejidad


Los tiempos se exhiben convulsionados, mucha fuerza que busca expresarse. Es el amor que nace. El amor es convulsionado. Nos llama a continuar. Nos llama a hacer complejo aquello superficial. La longitud de onda quiere ampliarse.
De qué manera amamos. Amamos improvisando. Mostrando al otro que su existencia no es en vano. Diciendo la verdad: los triunfos no tienen valor si no podemos compartirlos. Diciendo la verdad: la chimenea y tú leyendo al lado es como nacer a la vida cada momento. Contemplar la naturaleza en silencio. Una abeja que recoge polen. Un pájaro carpintero que invade con su eco. Un silencio en las hojas de los árboles que hace bailar al espíritu. Recoger setas, castañas, y hacer un hueco en el tiempo. Unirse en la música como si se fuera la vida. Reír, reír, de cualquier cosa, y volver a reír. La revolución está hecha de risa. De risa y de música. Está hecha de seres como el que tengo frente a mis ojos y expande el universo. La belleza hecha ser humano. El bosque de truenos. Un alma activista que no llega tarde a sí misma. El amor es convulsionado, pero es esencial, es la fuerza misma que pone en movimiento nuestra voluntad de levantarnos y luchar. Nuestra voluntad de ver un pequeño trozo de belleza cada día. Despejar la paja del trigo y sentirnos en casa al menos un segundo al día. Alcanzar la meditación eterna que es fugaz pero va anclándose con los años de amor y de dolor. El dolor nos une a los demás en la humildad, en la comprensión, en la compasión. El amor nos da un lugar en el mundo, una mirada que nos pertenece de cierta manera porque hemos caminado tantas emociones en esos ojos. Irónicamente el amor es perfecto, porque es lo más imperfecto, pero es real y nos permite posarnos en el momento con la suavidad de eso que resuena en nuestro interior. Al final, el amor no es más que aceptarnos a nosotros mismos. Que ver al otro como algo perfecto. Reconocer esas pequeñas piezas y poemas en cada existencia humana. En la ilusión de la persona que tenemos al frente. En sus sueños y territorios inexplorados. Tomar esa existencia que se ofrece a nuestro tiempo para acariciarla, para sanar lo que pueda estar herido, para decirle que es el mejor del mundo y que la vida es una verdadera mierda cuando no está. Los últimos seis años de mi vida han estado poblados por este milagro puesto al alcance de mi inspiración. Un ser para explorar y atravesar desiertos y playas. Un ser ilimitado que se expande cada año y los laberintos y prados se van multiplicando. Un gozo infinito que saboreo en cada palabra. En cada detalle que percibo de belleza en sus actos. Me casé con alguien sabio y tuve suerte. Porque su bondad me cobija todos los segundos que existo. Yo pensé que sabía lo que era amar. Pero es algo que se aprende. Porque las personas se toman el tiempo. De desenmarañar la tela. De quitar los parches que ocultan todos los poemas disponibles. Antes no le veía valor al tiempo. Pero las expediciones son más bellas si descubrimos esas flores más oscuras que no se ven a simple vista. En un mundo que a primera vista parece superficial, la complejidad es lo que constituye los libros que podemos escribir. Las sombras, las putas sombras, y perdonarlas, una y otra vez, y no dejarlas tomar el mando, decir: la vida se hizo para ser vivida. La vida se hizo para encontrar en otro esos poemas que son los nuestros a fin de cuentas. Porque somos una extensión del amor, es todo lo que somos. Es indisociable. Y lo político hoy es hacer complejo lo plano. Es identificar el amor disponible y ofrecerlo. Ofrecerlo todo. Dejar salir todo lo que nos habita como un regalo de agradecimiento a este planeta que nos acoge. Esa naturaleza que mi enamorado conoce bien. Lo escucho atentamente. Observo atentamente sus gestos hacia los demás. La bondad es algo que no tiene precio, quizá lo más elevado y precioso que tenemos. Cómo salimos de ésta: volviendo a complejizar la existencia. Dejando de lado los estereotipos y las citas en el aire sin sustento, sin hondura. Enfrentando el abismo que es vivir y dejando de lado los libros de autoayuda que están vacíos de realidad. Las frases hechas que repetimos a veces a falta de otras que signifiquen algo. Amando a quien tenemos al frente sin pedir constantemente explicaciones. Amando en el silencio a todos quienes cruzan nuestro camino. Deseando el bien sin mirar a quien. Eres la literatura en mi vida. Todas las frases que quiero guardar para mí. Todas las frases que quiero compartir. Una familia prodigiosa y bella. Compuesta de almas generosas como la tuya. Yo había soñado con castillos cuando niña. Pero nunca soñé con tanto. Feliz seis años. Si parto, conocí la verdadera belleza. Y esa no tiene precio. Por el amor que pueda surgir cada día, agradezco, y sigo, reverenciándome hacia toda la bondad y la creatividad que percibo. El mundo probablemente pertenezca a las personas como aquella con quien tengo la suerte de compartir mi vida. Un ser total. Paz, amor y creatividad para el planeta.

19 de noviembre de 2019

Ya no tenemos vergüenza



Ya no tenemos vergüenza


En unos días, el 29 de noviembre que acecha, se acabarán mis 38 años. Y ya no tengo vergüenza. Me pregunto si alguna vez debí tenerla. No lo creo. ¿Pero entonces por qué esta sensación? Veo una íntima relación entre ella y lo que acontece hoy en Chile.
Un día, partí de Chile. ¿Acaso estaba escapando? No lo creo. ¿Pero entonces por qué partí? Fue un acto político. A simple vista puede no parecerlo. Pero decir: ya no tenemos vergüenza, lo es. Y ambas están ligadas: la partida y la afirmación.
Qué acontece. La dictadura de la insensibilidad. La dictadura del desprecio.
No podía expresarme. Tenía que sentirme culpable por ser mujer, por querer escribir, por no querer ser madre de nadie. Tenía que ver el dolor de niños abandonados y seguir la corriente, una situación extraña a todas luces.
Y todos los ingredientes parecían componer un espacio íntimo, algo reservado a la esfera privada, sólo tenían relación conmigo misma. Es curioso, por cuanto nunca me lo parecieron, pero había que hacer algo. Resolví partir. Y esa partida podría parecer cobarde, podría volver a sentirme culpable. Pero ya no tenemos vergüenza. Lo mío es de otros, de otras, de tantas otras. Y no puedo más que regocijarme. Porque podemos expresarnos. Y ese es el acto político esencial. El arte. Pero es un arte que toma múltiples formas. Cuando decimos lo indecible lo constituimos. Lo hacemos carne. Cuando ya no nos juzgan creamos y nace la sinceridad. Salimos de la dictadura de la insinceridad.
Hubo momentos en que decanos juzgaron que mi opinión no era válida porque estaba haciendo “arte”, que directores de editoriales no quisieron escucharme cuestionando, no sé quién eres, ni qué haces, que jefes y profesores me acosaron, tiempos cercanos y ya tan lejanos tomando en consideración los tiempos que corren. Todo eso constituye poco a poco el desprecio, que genera la vergüenza, y lleva a la insinceridad, si no somos valientes. Pero somos valientes, y ya no tenemos vergüenza, ni de haber nacido mujeres, ni de supuestamente no saber lo suficiente, ni de donde nacimos, ni de no tener la edad suficiente, ni de no querer hacer lo que vimos, ni de rebasar los límites de lo usualmente llevado a cabo, o de simplemente escoger. La edad y los tiempos traen buenas nuevas, no sentir culpa es un acto político. No es un acto privado. Porque es una culpa falsa. Está creada para perpetuar algo que no sirve. Lo que queremos es amar y crear. Y el juicio nos ha hecho añicos. El juicio forjado bajo el hielo del desprecio. El juicio basado en el miedo. El temor a perder una superioridad falsa. La diferencia es nuestra riqueza. No nuestra homogeneidad.
Nuestra emocionalidad es política. Nuestros poemas son políticos. Nuestra intuición. El amor expresado en nuestras canciones es político. Nacimos para dar nuestra opinión. Condenar la violencia es nuestra cruzada. Resignificar la lucha, darle un contenido con un nuevo reparto de lo sensible es nuestra fuerza. Un reparto en que creamos puentes entre flores aisladas, entre flores que se creen sin belleza. Entre flores que no se ven, que aprenden a hablar, que siempre supieron hablar, porque enseñar es negar lo creativo.
Cumplo años, y así como es un hecho privado, lo manifiesto para crear puentes, llenos de música, porque ya no tengo vergüenza. Porque quienes somos sensibles daremos una nueva vuelta a eso que da vueltas y vueltas sin calma. Sensibilidad y valentía son una sola cosa. Fui mujer de veinte años en un Chile que me rebanó, al mismo tiempo que me mostró la belleza pura. Hoy soy una mujer de treinta y ocho que tiene esperanza en la intemperie. Una mujer que ama la diversidad. Una mujer que elige no ser madre. Un gesto de resistencia. De disidencia creadora. Una mujer agradecida. Una mujer sensible, atenta y que puede pensar. Que no tiene vergüenza de pensar. Que confía escribiendo. Confianza, confianza. Y la verdadera seguridad en nuestros caminos. La autenticidad es política. Comprendiendo me libero. No tenemos vergüenza de ser mujer. No tenemos vergüenza de querer escribir. Y podemos pensar, y ser sensibles, y hacer política. Ser mujer es ser política. Ser sensible es hacer política. Y ya no tenemos vergüenza. Como dijo Violette Leduc, cuando su madre le decía, harás como los demás: ¡No me casaré! ¡Seré librera! Y si llegara a olvidar, ¿cómo haría entonces para vivir?, como dijo María Luisa Bombal. ¡Nos hallamos afuera, en la intemperie!, como dijo Hannah Arendt, y ya no tenemos vergüenza. Feliz cumpleaños, los 39 están compuestos de un material sublime: la verdadera intemperie.

8 de noviembre de 2019

El rol de la poesía

Arte y Derecho

#ELROLDELAPOESÍA

La abogada y escritora Andrea Balart-Perrier, residente en Lyon, Francia, reflexiona sobre la función de la poesía en el Chile actual. Un texto precioso y que da esperanzas 🙏

"Nos espera una poderosa vida. El nacimiento de algo que nunca debiese haber muerto. El alma de un lugar lleno de música y de poesía. Una naturaleza exuberante que podrá sanar todas las heridas. Una poderosa canción que todos podrán cantar. Un oasis verdadero, sin mierda."

Texto completo acá: http://artederecho.blogspot.com/2019/11/andrea-balart-perrier-no-podemos-vivir.html


No podemos vivir sin poesía


Cae la noche en Lyon y observo a través de mi ordenador a un país que se estremece. A través de mi alma, a través de una música que habla de la poderosa muerte. A través de las miradas atrapadas por cada cámara al pasar. Veo el delirio de un gobierno que se ahoga en su poderosa muerte. Pero es una muerte distinta. Porque está llena de sangre.
Y pienso que hay un aliento. Que no murió. Que siempre estuvo ahí. Poderosamente vivo. Que siempre ha estado ahí. Una belleza que la ambición no puede matar. Una belleza que está en cada décima, en cada poesía. Y a pesar de estar lejos, me siento tan ligada a esa pequeña porción de belleza, a esa aislada y perdida porción de belleza, pero tan poderosa, pero tan valiente.
Y recuerdo el rostro de tantos niños aprisionados en centros estatales, un rostro de una soledad tatuada, de una incomprensión, qué hago aquí, qué acontece allá afuera. Son rostros que nunca he olvidado, nunca. Y desde lo más profundo, me estremezco. Porque veo cada uno de esos rostros en las manifestaciones que veo desfilar, y no puedo perdonarme, no puedo, porque el dolor del otro se impregna en uno mismo como si fuesen una sola cosa, una sola masa lastimada, un cuerpo con las venas abiertas, que implora un destino distinto para su pasar.
Mi asombro nunca se convirtió en resignación y esos rostros siempre siguieron poblándome. Y sé, porque a pesar de todo, hay una belleza que se manifiesta en los momentos menos esperados, y que se llama justicia hecha a la injusticia, se llama no pueden perder siempre los mismos, se llama la igualdad de las inteligencias, se llama la existencia de la bondad, sé que la explosión se expande. Y sé que la poderosa conciencia de esos seres sabe también que la explosión se expande, y que quizá, al fin, alguien podrá mirar dentro de esos centros, quizá. Ellos también lo saben, porque son mucho más sabios que cualquiera, porque desenvolverse en un mundo acorazado cuesta trabajo.
Para todos ellos quizá no esté demás seguir adelante, seguir diciendo algo. Abrir esos centros, en una conversación abierta, y que ellos se vuelvan todos los lugares. Por una vez detenerse y mirar. Un país que mantiene a los niños en esas condiciones merece ser condenado a transformarse. Abramos todos los centros y que los niños vuelen como pájaros.
Ahora sí, por qué no decirlo, es criminal y obsceno que se permitan tales instituciones y nadie diga nada. Yo creo que es porque no las han visto. Pero hay los que sí las han visto, y a esos quizá podamos pedirles cuentas, en nombre de todos quienes no pueden hablar porque sus voces se desvanecen en el aire, por todos los que no se ven.
Por todos quienes han visto eso y siguen impunes, funcionarios y académicos, tal vez valga la pena seguir diciendo algo. Hasta que las velas no ardan. Hasta que la farsa cambie su rostro y exhiba el de quienes no han podido mostrarse a la luz. El oasis tiene heridas. Que la creación y la compasión abran las puertas de esos lugares oscuros.
Nos espera una poderosa vida. El nacimiento de algo que nunca debiese haber muerto. El alma de un lugar lleno de música y de poesía. Una naturaleza exuberante que podrá sanar todas las heridas. Una poderosa canción que todos podrán cantar. Un oasis verdadero, sin mierda.
Algo como la buena literatura, como dijo Roberto Bolaño, algo más decente, más radical, más libre de componendas, algo razonable y visionario, un ejercicio de inteligencia, de aventura y de tolerancia. Algo donde haya más consideración y menos desprecio, como quisiera Jacques Rancière. Como dijo Nicanor Parra, para nuestros mayores, la poesía fue un objeto de lujo, pero para nosotros, es un artículo de primera necesidad: no podemos vivir sin poesía. Chile despertó, y la poesía, que nunca debiese haber partido, llegó para quedarse. Que la intemperie nos transforme. Que la intemperie nos constituya.