8 de enero de 2019

Océane R hacia lo humano ilimitado


El año nuevo implica necesariamente cambiar. No se da espontáneamente. Pero si miramos atentos hay aspectos a reacomodar.

No es necesario tomar varios meses, luego vendrá el año siguiente. La disposición será extemporánea con respecto a los tiempos. Quedamos atrapados entre cambios, se entraban, tropezamos, brazos atados.

Ahí de frente está la línea, de doce meses. Parece que cada uno fuera minúsculo. Pero son doce. Tan sólo una medida de tiempo. Pero vamos al fondo. ¿De qué se trata un año?

Un conjunto de espacios que se esfuman si no reacomodamos. Una porción de la existencia saturada de indicios. Que podemos identificar o no.

O nada. O no ver nada. Despegamos de la angustia. Logramos respirar. Aterrizar en el presente. Al diablo con los doce meses. Se trata de ir campeando las olas. Que llegan inesperadamente.

Proponer un personaje. Que se parezca a lo que uno ha soñado de sí mismo. Una manera de comenzar. No hay comienzos. No hay fines determinados. Todo se mezcla. Como una tómbola. Mejor salir a caminar por la orilla del mar e ir dejando atrás todos esos números y frases que atacan. Por favor, déjenme continuar.

Hagamos como que el año empieza. Como que algo empieza. Algo claro. Determinado. Nítido como la línea del horizonte sin nubes. Se distingue el mar del cielo.

Dejemos los miedos de lado. Abordemos los desafíos como algo de todos los días. Finalmente, el año tiene efectivamente una cantidad de días que tendrán que necesariamente pasar. No pensemos en esa capacidad elástica del tiempo. En la capacidad voladora de las horas. Esa maldita capacidad, que evade todo esfuerzo por agrupar las ideas y darles profundidad, espesura, relieve.

 Maldito año. Otro más. Y el anterior fue un abrir y cerrar los ojos. Pero cómo hubo espacio dentro de él para tanto alboroto. Para tal batahola. Para tal silencio. Para horas de vacío e insinuaciones de movimiento. Para más claves respecto a existir. Yo no he pedido nada. Creo. O recuerdo haber pensado en el mar. O recuerdo haber pensado en la evaporación. O recuerdo haber amado la vida.

Otro año. Maldito tiempo veloz sin contemplaciones. ¿Y si caminamos hacia el mar y nos ahogamos un rato? Quizá emerjamos morados y con una visión distinta. Veo el movimiento. Las olas van y vienen. Los pájaros se desplazan. ¿Hay tal movimiento? ¿O no hemos reacomodado ninguna maldita vértebra? Ningún maldito músculo. Articulación. Me sacudiría la quietud. Me haría nube, de esas rosadas del atardecer, pero quizá sería aburrido dejar de lado todo control.

Hay algo artificial en el año nuevo. Me siento igual. Los olores del recorrido siguen viniendo a mí. No hay manera de escapar. Proponerse qué. ¿Un personaje? Qué absurdo. La música sigue siendo la misma. Yo sólo quería cambiar una parte de mi alma.

¿Quiénes somos? ¿Hacer la pregunta, ahora, cambia algo? Lo que yo quiero es ir cerrando etapas. Pero no erosionar mi alma entera. Invitar a los fragmentos a independizarse. Pero que haya una sinfonía general. Una cierta sintonía. Que sirva para algo. Que salga disparada en una dirección. Aunque sea lentamente. Aunque cada momento brille. Aunque las vicuñas sigan perdiéndose en la montaña. Aunque la cordillera tenga una nieve que es eterna. Aunque la belleza se revele de a pedacitos y se me clave de manera inesperada.

Sólo pido coherencia. Ahí debajo de todo. Personajes que se encuentren, que se den la mano. Sólo pido no pensar en los años que quedan. Sólo pido que la cotidianeidad me permita volar y no estar adosada al suelo.

Tomar un té. Como si no fuéramos humanos. Pero agradeciendo cada duda. Cada lágrima. Pero agradeciendo todos esos momentos de playa. Todos esos momentos de poesía. Agradecer cuando vemos ese amor que está alojado suavemente en un rincón de cada una de nuestras venas. Esas venas abiertas que succionan lo inmaterial que no podemos comprar. Que no podemos improvisar. Que vislumbramos al reacomodar.

Para este nuevo año, como siempre, agradezco cada pequeño triunfo del amor, cada pequeño triunfo de la poesía. Cada palabra, cada abrazo. La vida debe ser eso. Y la vida es una colección de años. Este puede ser el definitivo. Este puede ser el que me abra a la verdadera vida. Que no es otra cosa que todo lo nuevo que llega. Y la valentía y benevolencia de saber o reconocer, que la vida no tiene sentido, como dijo Parra.

Que no hay dirección posible. Que estamos a la deriva. Y que los años insisten en empujarse uno tras otro. Y que acaba de empezar otro y que ya no puedo distinguir las particularidades de cada uno. Ni línea ni nada. Secuencias simples solamente. Que van para acá y para allá. Más cansancio. Y una promesa de saber que no vamos hacia ningún lado. Y las secuencias se suceden y se entrecruzan. Lo que podemos es escoger algunas de sus repeticiones e inexistencias. Si tenemos suerte. Y articular un mundo que pueda liberarse. Que se pueda reacomodar. Que todos puedan reacomodar.

6 de enero de 2019

Lo humano ilimitado


Una habitación pequeña, íntima, que nos resguarde de la vastedad. Como “La lechera” de Vermeer, habitamos el espacio, perdidos en nuestros pensamientos. Pero en esta habitación no estamos perdidos, habitamos el mundo virtual, con un espacio que nos resguarda. Un espacio virtual, que también es real, dos universos que se encuentran, que se confrontan. Sobre todo se complementan, el espacio virtual no intenta parecerse al mundo real, encuentra su espacio propio, que es la combinación de ambos. Y esa es la libertad de estas habitaciones sin techo, que podemos entrar y salir, de ambos mundos, como si fueran uno solo.

Y podemos penetrar en ellos, no son fotos, son habitaciones, son espacios para ingresar, volvernos parte de la imagen. Volvernos cáscara, como estas personas, como estos personajes, ser estatuas, rígidas, sin color, ser cuerpos, sensuales, griegos, perfectos, imperfectos, llenos de defectos, como la existencia misma, pero nos multiplicamos, y podemos observar desde distintos ángulos.

Podemos desafiar a las perspectivas, ventanas que no encajan, pero ni quieren hacerlo. Invertir el proceso, crear algo, dejar de organizarlo todo para luego tomar una fotografía, comenzar por la fotogrametría, para crear la imagen con los elementos captados, inventando combinaciones, inesperadas, abiertas al asombro. Ingresar objetos cotidianos, como si fuera todos los días.

Y las miradas nos recuerdan que es el mundo real, que pueden confundirse, que podemos ser dioses, arriba, podemos invitar a la calavera a un mundo sin muerte, a un mundo donde no habrá final, donde nuestra identidad está fragmentada, como pequeños pedazos, jamás borrados, vamos dejando trazos de nosotros en este mundo virtual.

Estas imágenes, fotos y no-fotos, habitan el mundo aparecido, que no quiere ser real, ni virtual, porque es ambas cosas y eso es lo que le da su fuerza, su ilimitación y su unicidad. Un universo donde está permitido volar. Donde habita la originalidad, un universo auténtico, que se parece a lo que ha soñado de sí mismo.

Un universo auténtico


Una habitación pequeña, íntima, que nos resguarde de la vastedad. Como “La lechera” de Vermeer, habitamos el espacio, perdidos en nuestros pensamientos. Pero en esta habitación no estamos perdidos, habitamos el mundo virtual, con un espacio que nos resguarda. Un espacio virtual, que también es real, dos universos que se encuentran, que se confrontan. Sobre todo se complementan, el espacio virtual no intenta parecerse al mundo real, encuentra su espacio propio, que es la combinación de ambos. Y esa es la libertad de estas habitaciones sin techo, que podemos entrar y salir, de ambos mundos, como si fueran uno solo. Y podemos penetrar en ellos, no son fotos, son habitaciones, son espacios para habitar, para ingresar, espacios a rellenar, lugares a recorrer, mirar por la ventana, volvernos parte de la imagen. Volvernos cáscara, como estas personas, como estos personajes, ser estatuas, rígidas, sin color, ser cuerpos, sensuales, griegos, perfectos, imperfectos, llenos de defectos, como la existencia misma, pero nos multiplicamos, y podemos observar de distintos ángulos, no tenemos límite. Podemos desafiar a las perspectivas, ventanas que no encajan, pero ni quieren hacerlo. Invertir el proceso, crear algo, dejar de organizarlo todo para luego tomar una fotografía, comenzar por la fotogrametría, para crear la imagen con los elementos captados, inventando combinaciones, inesperadas, abiertas al asombro. 

El mundo real y el mundo virtual se complementan, y todo se expande, se vuelve doble, se vuelve uno, un mundo virtual que es un mundo propiamente tal, donde ingresan objetos cotidianos, como si fuera todos los días, donde ingresamos como envoltorio, como personas completas, como somos, como queremos ser. Y las miradas nos recuerdan que es el mundo real, que pueden confundirse, que la unión es ilimitación, como el océano, como el cielo azul que vemos por la ventana. Podemos ser dioses, arriba, multiplicarnos, pero seguir siendo uno, conversar con nosotros mismos, mirarnos. Abrazarnos, conectarnos, podemos invitar a la calavera, a la muerte, a un mundo sin muerte, a un mundo donde no habrá final, donde no sabemos si habrá final, donde nuestra identidad fragmentada, que vamos dejando en el mundo virtual, habita el espacio, como pequeños pedazos, que pueden encontrarse, o ser una entidad separada, que nos represente completamente, pero siempre presente, jamás borrada, vamos dejando trazos de nosotros en este mundo virtual. Trazos que pueden interactuar entre ellos. Una bailarina que reposa en un boxeador, un boxeador que llora porque la cerradura de su pecho no encuentra llave alguna, un cuerpo que yace, inerte, velado por los cuerpos cáscara, por los cuerpos personas, reales, virtuales, un cubo para limpiar la pequeña habitación, pero ilimitada, y un cuerpo que se multiplica, se fracciona, para ocupar el espacio y para dar lugar a todo lo que puede ser. Estas imágenes, fotos y no-fotos, habitan el mundo aparecido, que no quiere ser real, ni virtual, porque es ambas cosas y eso es lo que le da su fuerza, su ilimitación y su unicidad. Nunca el océano se vio tan vasto. Nunca la vista por la ventana tan llena de posibilidades, nunca el cielo tan propio de él mismo. Como volverse música, con los acordes buscados, con los acordes soñados. Un universo donde está permitido volar.