La violencia se pega a la piel y no se va. Siempre. Queda. Gabriela Mistral escribió: No se trabaja y crea sino en la paz; es una verdad de Perogrullo, pero que se desvanece apenas la tierra pardea de uniformes e hiede a químicas infernales.
Mistral escribió:
Hay palabras que, sofocadas, hablan más, precisamente por el sofoco y el exilio y la de “Paz” está saltando hasta de las gentes sordas o distraídas. Porque, al fin y al cabo, los cristianos extraviados de todas las ramas, desde la católica hasta la cuáquera, tienen que acordarse de pronto, como los desvariados, de que la palabra más insistente en los Evangelios es ella precisamente, este vocablo tachado en los periódicos, este vocablo metido en un rincón, este monosílabo que nos está vedado como si fuera una palabrota obscena. Es la palabra por excelencia y la que, repetida hace presencia en las Escrituras sacras como una obsesión.
Hay que seguir voceándola día a día, para que algo del encargo divino flote aunque sea como un pobre corcho sobre la paganía reinante.
Tengan ustedes coraje, amigos míos. El pacifismo no es la jalea dulzona que algunos creen; el coraje lo pone en nosotros una convicción impetuosa que no puede quedársenos estática. Digámosla cada día en donde estemos, por donde vayamos, hasta que tome cuerpo y cree una “militancia de paz” la cual llene el aire denso y sucio y vaya purificándolo.
Sigan ustedes nombrándola contra viento y marea, aunque se queden unos tres años sin amigos. El repudio es duro, la soledad suele producir algo así como el zumbido de oídos que se siente en bajando a las grutas ... o a las catacumbas. No importa, amigos: ¡hay que seguir!
La violencia se pega a la piel y no se va. Siempre. Paz. La palabra maldita, como dijo Gabriela Mistral. Paz. Paz. Paz. Con fuerza. Con esperanza, a pesar de todo. Paz. Paz. Paz.