He recibido
tantos saludos cariñosos de cumpleaños este año que me siento en deuda. No es
casualidad. Es el contexto el que incita a la expresión. Estábamos desnudos y
nos prestaron vestimentas. Por las avenidas invernales parecía haber un hielo
que petrificaba nuestro ánimo, impidiendo el desborde. Y caminando hoy por el
borde del río veía todo inundado, barro sobre los adoquines, el agua en el
límite. La más grande resistencia es el amor. La más grande resistencia es la
unidad. Han querido dividirnos, montarnos en pie de guerra, pero yo veo
ilusión, pero yo veo generosidad. Las personas han salido a la calle. No es el
miedo, es la esperanza. Es la emoción del hielo que se quiebra. Caminando hoy
en un frío glacial por una Francia paralizada por la huelga, veo los gendarmes,
inmóviles, en el puente, y lloro. No es la pena, es la emoción. En la mañana
muy temprano, acudo a mi examen de francés para la naturalización junto a otros
inmigrantes como yo y nos guían por las escaleras, y lloro, de pena, porque hay
distancias, porque hay reglas, porque ellos y yo elegimos estar lejos de casa y
eso no debería determinar nuestro trato, nuestros requisitos, pero no me dejo
engañar, en nuestro ánimo hay ilusión, porque intentar es lo que cuenta. Pararse
en la primera línea y cerrar los ojos hasta recibir un perdigón, que nos
desangra, pero nos hace más valientes, porque la represión y las fronteras son
entidades mezquinas que no están a la altura de la resistencia, porque lo
iniciado se lleva a cabo. Así son las cosas. Y en el momento que los cañones
dispararon, el hielo cerró la disposición a decir, pero un día, un día, esa
disposición se desbordó, y el borde del río cubierto de agua, y el borde del
río brotando. Y esa escalera la subimos con orgullo, de buscar un futuro mejor,
de perseguir los sueños y vivir, y romper ese hielo, ese ruin hielo que nos
tenía aprisionados, pero todo lo que se petrifica en el invierno luego se
entibia, y se hace calor, y se hace palabras, y se hace amor. No hay guerras,
hay manifestaciones pacíficas y alegría, no hay extranjeros, todos somos
inmigrantes y amantes. Las palabras importan, y nosotros las hemos tomado con
fuerza, para ordenarlas de otra manera. Y caminando por las calles glaciales
hemos dicho: existimos. Aquí estamos. Nos habían olvidado. Pero aquí estamos. Quizá
pensaron que el silencio era calma. Pero era frío aparente. La ilusión estaba
intacta. Aunque la habíamos olvidado. Nunca se olvida la poesía que nos
constituye. Sólo se confunde a veces con otros fenómenos. Que consumimos mucho,
que estamos alienados, todo era mentira. La poesía estaba intacta. Y ya está en
las calles. Los últimos serán quizá los primeros porque por ningún motivo vamos
a borrar los colores que descubrimos. Si tienen miedo los poderosos, cantemos
mucho más alto, caminemos por la ciudad glacial y volvámosla fiesta, porque
para eso nació. En mi ciudad murió un día el sol de primavera, y hoy las calles
glaciales nos vienen a buscar, para romper ese hielo infausto, que ya
derretido, nos hace cantar que el estado represor es un macho violador y que
jamás seremos vencidos si estamos entrelazados. No hay guerra, hay más amor que
nunca y yo lo sentí hoy, lo vengo sintiendo todos estos últimos días, y que
escuchen bien quienes no se han dado cuenta: existimos, entre tanta ambición,
existimos, y el planeta nos pertenece, y vamos a cuidarlo, y vamos a cuidarnos,
y vamos a querer a este planeta sublime con todo lo que nos entrega, pero sin
ambición, y no vamos a matar a ecologistas, y ya no será ni siquiera necesario
resistir, porque nos espera un futuro mejor y una conciencia, y todos los días
serán nuestro cumpleaños. Amor, amor y amor. Basta de políticos profesionales
decidiendo sandeces. El futuro es nuestro.