El año nuevo implica necesariamente cambiar. No se da espontáneamente.
Pero si miramos atentos hay aspectos a reacomodar.
No es necesario tomar varios meses, luego vendrá el año siguiente. La disposición
será extemporánea con respecto a los tiempos. Quedamos atrapados entre cambios,
se entraban, tropezamos, brazos atados.
Ahí de frente está la línea, de doce meses. Parece que cada uno fuera
minúsculo. Pero son doce. Tan sólo una medida de tiempo. Pero vamos al fondo. ¿De
qué se trata un año?
Un conjunto de espacios que se esfuman si no reacomodamos. Una porción
de la existencia saturada de indicios. Que podemos identificar o no.
O nada. O no ver nada. Despegamos de la angustia. Logramos respirar. Aterrizar
en el presente. Al diablo con los doce meses. Se trata de ir campeando las
olas. Que llegan inesperadamente.
Proponer un personaje. Que se parezca a lo que uno ha soñado de sí
mismo. Una manera de comenzar. No hay comienzos. No hay fines determinados. Todo
se mezcla. Como una tómbola. Mejor salir a caminar por la orilla del mar e ir
dejando atrás todos esos números y frases que atacan. Por favor, déjenme continuar.
Hagamos como que el año empieza. Como que algo empieza. Algo claro. Determinado.
Nítido como la línea del horizonte sin nubes. Se distingue el mar del cielo.
Dejemos los miedos de lado. Abordemos los desafíos como algo de todos
los días. Finalmente, el año tiene efectivamente una cantidad de días que
tendrán que necesariamente pasar. No pensemos en esa capacidad elástica del
tiempo. En la capacidad voladora de las horas. Esa maldita capacidad, que evade
todo esfuerzo por agrupar las ideas y darles profundidad, espesura, relieve.
Maldito año. Otro más. Y el
anterior fue un abrir y cerrar los ojos. Pero cómo hubo espacio dentro de él
para tanto alboroto. Para tal batahola. Para tal silencio. Para horas de vacío
e insinuaciones de movimiento. Para más claves respecto a existir. Yo no he
pedido nada. Creo. O recuerdo haber pensado en el mar. O recuerdo haber pensado
en la evaporación. O recuerdo haber amado la vida.
Otro año. Maldito tiempo veloz sin contemplaciones. ¿Y si caminamos
hacia el mar y nos ahogamos un rato? Quizá emerjamos morados y con una visión
distinta. Veo el movimiento. Las olas van y vienen. Los pájaros se desplazan.
¿Hay tal movimiento? ¿O no hemos reacomodado ninguna maldita vértebra? Ningún
maldito músculo. Articulación. Me sacudiría la quietud. Me haría nube, de esas
rosadas del atardecer, pero quizá sería aburrido dejar de lado todo control.
Hay algo artificial en el año nuevo. Me siento igual. Los olores del
recorrido siguen viniendo a mí. No hay manera de escapar. Proponerse qué. ¿Un
personaje? Qué absurdo. La música sigue siendo la misma. Yo sólo quería cambiar una parte de
mi alma.
¿Quiénes somos? ¿Hacer la pregunta, ahora, cambia algo? Lo que yo
quiero es ir cerrando etapas. Pero no erosionar mi alma entera. Invitar a los
fragmentos a independizarse. Pero que haya una sinfonía general. Una cierta
sintonía. Que sirva para algo. Que salga disparada en una dirección. Aunque sea
lentamente. Aunque cada momento brille. Aunque las vicuñas sigan perdiéndose en
la montaña. Aunque la cordillera tenga una nieve que es eterna. Aunque la
belleza se revele de a pedacitos y se me clave de manera inesperada.
Sólo pido coherencia. Ahí debajo de todo. Personajes que se
encuentren, que se den la mano. Sólo pido no pensar en los años que quedan. Sólo
pido que la cotidianeidad me permita volar y no estar adosada al suelo.
Tomar un té. Como si no fuéramos humanos. Pero agradeciendo cada duda.
Cada lágrima. Pero agradeciendo todos esos momentos de playa. Todos esos
momentos de poesía. Agradecer cuando vemos ese amor que está alojado suavemente
en un rincón de cada una de nuestras venas. Esas venas abiertas que succionan
lo inmaterial que no podemos comprar. Que no podemos improvisar. Que vislumbramos
al reacomodar.
Para este nuevo año, como siempre, agradezco cada pequeño triunfo del
amor, cada pequeño triunfo de la poesía. Cada palabra, cada abrazo. La vida
debe ser eso. Y la vida es una colección de años. Este puede ser el definitivo.
Este puede ser el que me abra a la verdadera vida. Que no es otra cosa que todo
lo nuevo que llega. Y la valentía y benevolencia de saber o reconocer, que la
vida no tiene sentido, como dijo Parra.
Que no hay dirección posible. Que estamos a la deriva. Y que los años
insisten en empujarse uno tras otro. Y que acaba de empezar otro y que ya no
puedo distinguir las particularidades de cada uno. Ni línea ni nada. Secuencias
simples solamente. Que van para acá y para allá. Más cansancio. Y una promesa
de saber que no vamos hacia ningún lado. Y las secuencias se suceden y se
entrecruzan. Lo que podemos es escoger algunas de sus repeticiones e
inexistencias. Si tenemos suerte. Y articular un mundo que pueda liberarse. Que
se pueda reacomodar. Que todos puedan reacomodar.