6 de enero de 2019

Lo humano ilimitado


Una habitación pequeña, íntima, que nos resguarde de la vastedad. Como “La lechera” de Vermeer, habitamos el espacio, perdidos en nuestros pensamientos. Pero en esta habitación no estamos perdidos, habitamos el mundo virtual, con un espacio que nos resguarda. Un espacio virtual, que también es real, dos universos que se encuentran, que se confrontan. Sobre todo se complementan, el espacio virtual no intenta parecerse al mundo real, encuentra su espacio propio, que es la combinación de ambos. Y esa es la libertad de estas habitaciones sin techo, que podemos entrar y salir, de ambos mundos, como si fueran uno solo.

Y podemos penetrar en ellos, no son fotos, son habitaciones, son espacios para ingresar, volvernos parte de la imagen. Volvernos cáscara, como estas personas, como estos personajes, ser estatuas, rígidas, sin color, ser cuerpos, sensuales, griegos, perfectos, imperfectos, llenos de defectos, como la existencia misma, pero nos multiplicamos, y podemos observar desde distintos ángulos.

Podemos desafiar a las perspectivas, ventanas que no encajan, pero ni quieren hacerlo. Invertir el proceso, crear algo, dejar de organizarlo todo para luego tomar una fotografía, comenzar por la fotogrametría, para crear la imagen con los elementos captados, inventando combinaciones, inesperadas, abiertas al asombro. Ingresar objetos cotidianos, como si fuera todos los días.

Y las miradas nos recuerdan que es el mundo real, que pueden confundirse, que podemos ser dioses, arriba, podemos invitar a la calavera a un mundo sin muerte, a un mundo donde no habrá final, donde nuestra identidad está fragmentada, como pequeños pedazos, jamás borrados, vamos dejando trazos de nosotros en este mundo virtual.

Estas imágenes, fotos y no-fotos, habitan el mundo aparecido, que no quiere ser real, ni virtual, porque es ambas cosas y eso es lo que le da su fuerza, su ilimitación y su unicidad. Un universo donde está permitido volar. Donde habita la originalidad, un universo auténtico, que se parece a lo que ha soñado de sí mismo.

Un universo auténtico


Una habitación pequeña, íntima, que nos resguarde de la vastedad. Como “La lechera” de Vermeer, habitamos el espacio, perdidos en nuestros pensamientos. Pero en esta habitación no estamos perdidos, habitamos el mundo virtual, con un espacio que nos resguarda. Un espacio virtual, que también es real, dos universos que se encuentran, que se confrontan. Sobre todo se complementan, el espacio virtual no intenta parecerse al mundo real, encuentra su espacio propio, que es la combinación de ambos. Y esa es la libertad de estas habitaciones sin techo, que podemos entrar y salir, de ambos mundos, como si fueran uno solo. Y podemos penetrar en ellos, no son fotos, son habitaciones, son espacios para habitar, para ingresar, espacios a rellenar, lugares a recorrer, mirar por la ventana, volvernos parte de la imagen. Volvernos cáscara, como estas personas, como estos personajes, ser estatuas, rígidas, sin color, ser cuerpos, sensuales, griegos, perfectos, imperfectos, llenos de defectos, como la existencia misma, pero nos multiplicamos, y podemos observar de distintos ángulos, no tenemos límite. Podemos desafiar a las perspectivas, ventanas que no encajan, pero ni quieren hacerlo. Invertir el proceso, crear algo, dejar de organizarlo todo para luego tomar una fotografía, comenzar por la fotogrametría, para crear la imagen con los elementos captados, inventando combinaciones, inesperadas, abiertas al asombro. 

El mundo real y el mundo virtual se complementan, y todo se expande, se vuelve doble, se vuelve uno, un mundo virtual que es un mundo propiamente tal, donde ingresan objetos cotidianos, como si fuera todos los días, donde ingresamos como envoltorio, como personas completas, como somos, como queremos ser. Y las miradas nos recuerdan que es el mundo real, que pueden confundirse, que la unión es ilimitación, como el océano, como el cielo azul que vemos por la ventana. Podemos ser dioses, arriba, multiplicarnos, pero seguir siendo uno, conversar con nosotros mismos, mirarnos. Abrazarnos, conectarnos, podemos invitar a la calavera, a la muerte, a un mundo sin muerte, a un mundo donde no habrá final, donde no sabemos si habrá final, donde nuestra identidad fragmentada, que vamos dejando en el mundo virtual, habita el espacio, como pequeños pedazos, que pueden encontrarse, o ser una entidad separada, que nos represente completamente, pero siempre presente, jamás borrada, vamos dejando trazos de nosotros en este mundo virtual. Trazos que pueden interactuar entre ellos. Una bailarina que reposa en un boxeador, un boxeador que llora porque la cerradura de su pecho no encuentra llave alguna, un cuerpo que yace, inerte, velado por los cuerpos cáscara, por los cuerpos personas, reales, virtuales, un cubo para limpiar la pequeña habitación, pero ilimitada, y un cuerpo que se multiplica, se fracciona, para ocupar el espacio y para dar lugar a todo lo que puede ser. Estas imágenes, fotos y no-fotos, habitan el mundo aparecido, que no quiere ser real, ni virtual, porque es ambas cosas y eso es lo que le da su fuerza, su ilimitación y su unicidad. Nunca el océano se vio tan vasto. Nunca la vista por la ventana tan llena de posibilidades, nunca el cielo tan propio de él mismo. Como volverse música, con los acordes buscados, con los acordes soñados. Un universo donde está permitido volar.

12 de diciembre de 2018

Comment ce qui ne bouge pas peut bouger ?



La consideración


Le premier remède à la « misère du monde », c’est la mise au jour de la richesse dont elle est porteuse. Car le mal intellectuel premier n’est pas l’ignorance, mais le mépris. C’est le mépris qui fait l’ignorant et non le manque de science. Et le mépris ne se guérit par aucune science mais seulement par le parti pris de son opposé, la considération.

Jacques Rancière


El primer remedio a la “miseria del mundo” es sacar a la luz la riqueza que conlleva. Porque el primer mal intelectual no es la ignorancia, sino el desprecio. El desprecio hace al ignorante y no la falta de ciencia. Y el desprecio no se cura con ninguna ciencia, sino tomando el partido de su opuesto, la consideración.

Jacques Rancière