Una
habitación pequeña, íntima, que nos resguarde de la vastedad. Como “La lechera”
de Vermeer, habitamos el espacio, perdidos en nuestros pensamientos. Pero en
esta habitación no estamos perdidos, habitamos el mundo virtual, con un espacio
que nos resguarda. Un espacio virtual, que también es real, dos universos que
se encuentran, que se confrontan. Sobre todo se complementan, el espacio
virtual no intenta parecerse al mundo real, encuentra su espacio propio, que es
la combinación de ambos. Y esa es la libertad de estas habitaciones sin techo,
que podemos entrar y salir, de ambos mundos, como si fueran uno solo.
Y
podemos penetrar en ellos, no son fotos, son habitaciones, son espacios para
ingresar, volvernos parte de la imagen. Volvernos cáscara, como estas personas,
como estos personajes, ser estatuas, rígidas, sin color, ser cuerpos,
sensuales, griegos, perfectos, imperfectos, llenos de defectos, como la
existencia misma, pero nos multiplicamos, y podemos observar desde distintos
ángulos.
Podemos
desafiar a las perspectivas, ventanas que no encajan, pero ni quieren hacerlo.
Invertir el proceso, crear algo, dejar de organizarlo todo para luego tomar una
fotografía, comenzar por la fotogrametría, para crear la imagen con los
elementos captados, inventando combinaciones, inesperadas, abiertas al asombro.
Ingresar objetos cotidianos, como si fuera todos los días.
Y
las miradas nos recuerdan que es el mundo real, que pueden confundirse, que
podemos ser dioses, arriba, podemos invitar a la calavera a un mundo sin
muerte, a un mundo donde no habrá final, donde nuestra identidad está
fragmentada, como pequeños pedazos, jamás borrados, vamos dejando trazos de
nosotros en este mundo virtual.
Estas
imágenes, fotos y no-fotos, habitan el mundo aparecido, que no quiere ser real,
ni virtual, porque es ambas cosas y eso es lo que le da su fuerza, su
ilimitación y su unicidad. Un universo donde está permitido volar. Donde habita
la originalidad, un universo auténtico, que se parece a lo que ha soñado de sí
mismo.