El invierno se combate con música. La nieve se combate con Imogen
Heap. El viento se combate con The Animals. El desasosiego se combate con palabras.
Las nubes con un buen ritmo. Una buena letra, una voz que perfora. Un centenar
de acordes. Todo sirve. El frío se acaba con una ducha y un té caliente. O al
menos se disminuye. La lluvia se combate con la risa de un amigo, un par de
delirios y todo está superado. El encierro se combate con Cinque Terre. El invierno
se enfrenta en silencio, de frente. Con los ojos fijos en la primavera interior
cargada de música. Pensando en el sol por llegar. Pensando en todo lo que nace
en invierno, las flores del mal, torcidas, oscuras, perturbadoras. Extraordinarias.
Todo sirve. El invierno se combate guiñando un ojo. La inmovilidad se combate
abriendo los brazos y mirando al cielo. La aislación se combate abriendo los
ojos. Los oídos. Mirando de reojo. El invierno se asume. La espera no se
combate, se olvida. Las respuestas pendientes deben enfrentarse con un amor
fulminante al limbo. Buscarlo. Invitarlo. Un buen esfuerzo. No pensar mucho.
Mirar la nieve caer. Como si fuera un cuento. Una película. Ficción llena de
belleza. Pensar en Río de Janeiro. En playas. Saber que la arena está tibia
allá. Que las olas siguen rompiendo contra la costa. Que la samba nunca acaba. Monterroso,
un barco de pescadores, colores amontonados en la colina, una puesta de sol que
algo quiere decir. Pegársela a la piel. Hacerla entrar por los poros. Mirar las
rocas y el mar bien al fondo, al fin del acantilado, y saberse a salvo mirando
la espuma. Recolectar escenas que ayudan. Que no temen al frío. Björk en el
barranco, Simon & Garfunkel en el bar. Puras escenas. Sueños que queremos
olvidar. La existencia es una mezcolanza de cosas. No hay momentos limpios. El presente
es miles de interacciones. Pero pasa lentamente, lamentable o afortunadamente. Escoger
escenas y profundizar. Asumir. La montaña nevada. La nieve hasta la Côte d’Azur.
Asumir. Un buen fondue y aferrarse al fuego de la chimenea. Intentar hilarlo
todo, sin desesperar. O decirle al invierno que puede llegar. Que llegará de
todas maneras. Que las hojas cayeron y ya no queda nada. Que es inevitable. Que
las ramas desnudas deben tener algo sugerente. Que la belleza debería estar en
todas partes.