Mira, Jérôme, a mí me gustaría escribir una novela que fuera humor
negro puro. Y mezclada con bromas tipo Albert Dupontel. Qué delirante sus
películas, me las gozo hasta el último átomo. Las conversaciones, las tonteras,
las miradas desde una tortuga, sus muecas, sus ataques de euforia, de cólera,
me hacen reír a gritos. A mí me gustaría escribir una novela así, delirante,
sin pie a tierra, sin anclas posibles. Donde se pueda entrar y salir, pero
siempre con una sensación de ahogo, de estar atrapado en el cinismo, en un
túnel sin salida. Antes me sentía más inocente, una esperanza genuina, supongo
que entendía mal lo que yo misma quería hacer. Creía que la alegría era un
camino. Pues no. El camino es acribillar al público con situaciones
inesperadas. Que no terminan en nada. Sorpresa y miseria. Indiferencia.
Creo que el tránsito fue pasar de querer salvar el
mundo, ayudar en algo de una manera humanitaria inconducente, a desmantelar
todo lo desmantelable. Esto es, todo. Todas las autoridades, todas las
jerarquías. En definitiva, todo. Poner la cotidianeidad cabeza abajo. Poner la
seguridad pies para arriba. Borrar el contorno de lo delimitado. Eliminar toda
seriedad de lo antes grave. Mirar con cara de asco. Y luego reír. Porque da lo
mismo. Quiero tirar nuestros antiguos guías a la basura. Caminar como un
funambulista por una cuerda floja. Conversar con Dupontel. Conversar con André
Breton. Y reír, con ganas a veces de llorar.
Mira, lo veo así, ésta es la oportunidad que tengo. A
ver, cuántos más años voy a vivir. No tengo idea. Quizá unos pocos. Unos ínfimos
años que volarán a mi lado, si no los atrapo. Quizá pueda atraparlos con alguna
broma. Con alguna cara de pocos amigos. Remendarles su rapidez. Pero qué pérdida
de tiempo. Mejor me desentiendo de ellos. Que pasen si quieren. Que me dejen reírme,
con mis libros, con mi bellísima biblioteca a la intemperie. Qué tal si te digo
que dejo los días pasar, o ellos creen que así lo hago. Pero no. Uy, los
atrapo, al vuelo. Ni tienen tiempo de percatarse. Porque ya estoy dentro de
ellos. Haciendo lo que quiero. Siempre así. Hago lo que quiero. Enfant gátê. Pero no. No se trata de
eso. Se trata de mirar de frente a la autoridad. A todo lo impuesto. Utilizar la
inteligencia. ¡Un poco de autenticidad! ¡Es todo lo que pido! Hacer uso de mis
espacios de libertad. Explotar los edificios, como Dupontel. Crear desde el más
allá. Salir disparado, caer en diversos lugares. Salir desarmado de una
verdulería. Matar a alguien para crear. El creador. Debe hacer uso de todo lo
puesto a su disposición. Tomarlo sin más.
Mira, los días estaban ahí. Los tomé. Los libros que
me hacen reír hasta ahogarme. Ahí estaban. Los tomé. Me dieron ideas, me
guiñaron el ojo, me sugirieron pequeños enredos al oído, detalles minúsculos
que emanan, que explotan, que supuran carcajadas, que nos dejan bailando en el
aire. Qué gozo. Un baile con las palabras, que me dejan incrustada al techo,
boca abajo, adherida a la nada. Trepar por los muros de tanta genialidad. La ambulancia
de George Sand, de Barnes, tropezar de la risa. Perder todas las líneas de
rectitud. Ondular con Lucas, de Cortázar. Deambular con los discursos de Parra.
¡Ser errático es tan reconfortante! Nadie sabe adónde vas. No hay para qué
decirlo. Quizá ni siquiera tú lo sabes. Esa es la gracia. No saber. No saber. A
veces creer. A veces confiar. Pero siempre reír por la nada. Porque no hay
nada. Todo va surgiendo en las ondulaciones, en los ciclos cargados de trama. Qué
explosión. Qué fotografías en blanco y negro más sugerentes. La existencia
completa en una fotografía. Mirarla más de cerca.
¿Ves ese fardo de paja en forma de carrete de hilo? Ahí
está todo. Los que enrollan esa paja lo saben ya. La existencia es circular. Por
eso no hay salida. Y de pronto una explosión. Cambiar de botte de paille, de botte de
foin. Pero alto, heno y paja, ¿son lo mismo? Cambiar de fardo, cambiar de
material. Mudanza total. Por eso el fardo es como la existencia. Damos y damos
vuelta, en círculos, hasta que voluntaria o involuntariamente salimos
disparados, a otro fardo, de heno o de paja. O al campo de al lado. Vaya que
explotamos. Si no intentamos frenarlo todo. Si nos dejamos ondular. Si nos
dejamos expandir, transformar.
Bueno, en definitiva, yo quiero escribir una novela
como un fardo de paja, esos como los carretes de hilo, el hilo de un gigante,
miles de carretes esparcidos por el predio. Esperando hilar algo. Esperando ruecas
para hacer surgir alimento para fieras. Pullovers para vestirnos de sentido,
elegir sentidos. Usar los sentidos. Sudar sentidos. Una novela que esté llena
de bobinas. Para hilar algo hasta que ya no se entienda nada. Y en ese caos
inteligible, surja algo. Lleno de heno. Para alimentar a las fieras. Para alimentarnos
cuando las vacas estén adelgazando. Porque bajan de peso. Porque las novelas
vuelan, pero las vacas adelgazan. No vuelan. Y yo te pregunto, como ya no
quedan vacas, ¿quedan novelas? Pero claro. Siempre. Dando vueltas como en las
bobinas de hilo. En las ruecas. Pero las fieras tienen un apetito enorme. El nuestro
es tenue, pero apetito al fin. Pero podemos subirnos al fardo y saltar. ¡Colina
abajo! Nuevos y nuevos predios. Nuevos libros. Nuevas bromas. Comer bromas.
Comer humor negro. Como alimento indispensable.
Ya la canción que se repite y se repite, como círculo,
o como un cilindro. Prismas y prismas para mirar los días. Redes para
atraparlos. Lazos, lazos. Para atrapar todo lo que pueda atraparse. S'il est lasse s'il est salop Lance l’ S.O.S l’assaut Hisse
le au ciel L'as haut Et le saut l'y laisse. Lanzas la señal, como
dice Camille. Si es un salop lanzas
la señal. Metes la cabeza en los libros. Conversas con Dupontel. Conversas con André
Breton. Te subes a la ambulancia de Barnes. Y ya basta. Papel y lápiz. Escribir
la putain novela. Pero siempre con
cariño. Pero siempre, siempre, borrando los contornos de lo delimitado. Delimitándola.
Mirándola de cerca. Como a la fotografía. Como a los días, que querían huir,
pero no lo consiguieron. Como a las nubes negras, que traen lluvia, pero
parten, pero riegan las flores, que ya se estaban secando. Manda la señal. ¡Mándala!
Pincharse el dedo con la rueca, y partir a la nueva dimensión. Donde las vacas
adelgazan, pero están fuera de tu vista. Luego me ocupo de ellas. La señal, la
señal, es tan clara ahora. Sentarse en el fardo de paja y soñar. Saltar desde
el fardo de heno y volar, con las manos hacia delante para ir deteniendo los
obstáculos.
Las novelas se escriben, no se vuelan. Los días se
escriben, no se observan. Y escribir y volar a veces puede ser lo mismo. Y las
novelas y los días a veces pueden ser lo mismo. Y el fardo de heno tiene
matices sublimes. Y un día quizá dejamos de reescribir y reescribir nuestra
historia. Y un día la historia tiene nuevos matices. Pero qué persistencia de
registro. Y un día estamos cansados y nos volvemos uno con el fardo de heno,
para rodar y rodar como un cilindro, y fundirnos con las historias. Para escribir
la gruta de nuestro descontento. Los pasadizos zigzagueantes de nuestra alegría.
La novela de nuestra vida. La novela
de nuestra vida.