Estaba nublado y el sol decidido llega ahora a mi pequeña mesa junto
al gran ventanal.
Ya no se lee en los cafés.
Quizá por mirar por la ventana. La ansiedad de atrapar con la vista a
cada ser humano que cruza la calle, que pasa frente al gran cristal.
La necesidad de que las pupilas sean alcanzadas por el rayo de sol.
No, son los teléfonos. Los ordenadores.
Pero las líneas desnudas de los libros dan una experiencia distinta.
Igual que las personas que pasan raudas frente al ventanal o vendaval,
igual, aliviados, caemos en cuenta que una parte de nuestra vida ha pasado
también.
Una bella segunda parte se presenta. O cuarta, o quinta.
Lejos de todo. Para escribir se requiere soledad. Se requiere que el
tiempo transcurra sin observar el reloj cada quince minutos, sin observar la
pantalla por horas, días.
Se requiere leer en los cafés. O en el descampado.
Ya no se lee en los cafés.
La música y el arte ya no se enseñan en la escuela. ¿Qué hacemos en
esa sala de clases?
Pensé, iré a una sala de clases, donde me enseñen a escribir
apropiadamente el francés, donde me enseñen a expresarme en alemán.
Pero, esa idea pasó a la historia.
Es posible ser autodidacta. Es preferible ser autodidacta.
Hacer frente a las frases y desafiarlas. Anotarlas, observarlas. Hasta
que entren en la piel.
Hasta que lo desconocido se vuelva cercano.
Eso no se olvida. La memoria gusta de los desafíos. El reto del
encuentro del texto y nuestra inteligencia nata puesta en práctica. Ambos
frente a frente, como quisiera Rancière.
El texto, cosido por nuestra memoria, por todo lo que hemos visto,
escuchado.
Interrogarlo.
Qué quieres decirme.
¿Alguna vez dijiste algo?
Ya no se lee en los cafés.
¿Y en la escuela?
En la escuela el canto, el baile y la filosofía brillan por su
ausencia.
La literatura nos ha abandonado.
¿Dónde se lee?
¿Ahora, dónde?
¿En el baño, en la sala de espera?
Un par de revistas del año anterior.
¿Y los libros?
¿Y la experiencia de la página desnuda con unas letras decididas a
decir algo?
Con frases llenas de sentido.
¿Y si en la escuela mostramos como el mundo es?
¿Y si mostramos lo que queremos conservar y dejamos a la novedad
desafiarlo?
¿Y si cada persona quiere encontrarse con las frases desnudas?
Por qué nos dicen que necesitamos cientos de intérpretes. Que sino no
podremos entender nada. Intentar es vivir. Intentar es tener memoria. Intentar
es la sorpresa. Lo novedoso.
¿Por qué escapar?
Por qué quedarnos empantanados en la violencia.
Por qué no crear y comunicarnos sin violencia.
El problema es esta educación adaptada, para adaptarse a la locura
colectiva. Mejor una educación que cree desadaptados.
Mejor aprender la sabiduría del mundo entero, no las ideologías de
nuestra pequeña parcela.
Mejor ir a acampar. La amistad, la naturaleza. Sólo nosotros y los
árboles. Eso es lo que somos. Sin artificios.
Si vemos de qué estamos compuestos es tan evidente que estamos cerca.
Los ordenadores y el filtro que simula la lejanía. Lontananza.
Alejamiento. Distancia.
Lo que está lejos es esa parte de nuestra vida. Que pasa frente al
ventanal. Como las personas que circulan por la acera sin siquiera mirar hacia
adentro. La taza de café vacía. Ningún libro.
Ya no se lee en los cafés.
¿Y en los hospitales?
¿Y en la prisión?
¿Dónde está el tiempo?
¿Es un problema de tiempo?
En ciertos lugares los libreros dejan sus libros apilados en la calle.
Dicen que los ladrones no leen, y que los lectores no roban. La razón verdadera
no la sabemos, pero ahí están los libros. Nadie se los lleva, ni los lectores,
ni los ladrones. ¿Falacias?
Me acerco a las estanterías de libros. Propongo un método. Copio un párrafo
en francés. Camus,
Sartre o Rimbaud. Observarlo. Leerlo. Luego
lo escribo en mi propia lengua.
Me acerco a un conjunto de discos. Observo las letras de las canciones
de Blumentopf. Anotadas, en alemán. Qué quieren
decirme. Anoto varias frases, el coro de una canción. La escribo en mi propia
lengua. Diccionario.
Difícil olvidar.
La memoria es frágil. Más párrafos, más canciones.
Para enseñar, para dirigir: una noción de que el mundo sigue girando a
pesar de nosotros. De que seguirá girando mucho después de nosotros.
Digamos que el poder es neutro, y en manos de alguien inconsciente es
el problema, como diría un budista.
El individuo que detente el poder despojado de narcicismo, ¿es
posible?
De dónde viene esa sensación de paranoia, de estar siendo agredidos
por todo. ¿Falta de amor? ¿Inseguridad? ¿Trauma que surge y surge?
Sólo si nos comparamos con otros vemos nuestras falencias.
La autocomplacencia no lleva a ninguna parte.
Si mostramos todas las opciones cada uno podrá elegir, entendiendo lo
que implica un camino u otro, una decisión u otra.
No veo la necesidad de decir este camino es mejor que este otro.
De qué aprendemos más.
De cuatro flores al viento, o de horas y horas de televisión.
Uno, despejados. Dos, turbados e inoperantes, tontos, confundidos,
vulnerables a cualquier idea de barbarie.
Para aprender a comunicarnos: debemos comunicarnos.
¿Quiénes somos? ¿Qué esperamos?
No sobre cuantos peldaños hemos subido o cumplido en esta escalera de
lo que debemos hacer.
Sobre nacer, sobre morir. Me interesa lo que te gusta, lo que te
disgusta. Lo que cambiarías, lo que dejarías tal y como está.
A ver, las personas que piensan, por qué no son contratadas por la
prensa.
¿Riesgo para el sistema?
Si leemos análisis atingentes del presente, sino cada día, al menos
cada fin de semana, a fin de año ya hemos entendido un poco. O un poco más.
Pero dónde está esa información.
¿No hay esas personas? Claro que las hay.
¿Dónde están esas personas?
¿Colgando del techo, atropellados en circunstancias misteriosas?
Seamos conscientes del verdadero poder del espíritu humano, como
quiere Rancière.
Todos los hombres tienen una inteligencia igual.
La comprensión es escurridiza.
Mucho mejor.
Las certezas varían.
Tanto mejor.
Equilibrio, equilibrio.
Lo esencial, lo esencial.
Ya no se lee en los cafés.
Pero no queremos subordinar una inteligencia a otra inteligencia.
Todos podemos aprender.
Haciendo un esfuerzo.
A ver, cómo vamos a tocar el piano en un par de meses, aprender un
idioma en dos semanas.
Digamos que todo lo bueno toma tiempo.
El método de la igualdad es el método de la voluntad.
Rancière dijo: se puede aprender solo cuando se quiere, o por la
tensión del propio deseo, o por la dificultad de la situación.
Dijo: bajo el signo de la igualdad.
Responder no como alumnos ni como sabios, sino como hombres, como se
responde a alguien que nos habla y no a alguien que nos examina.
Dijo: el maestro es vigilante y paciente. Verá que el pequeño ya no le
sigue, volverá a ponerlo en el camino explicándole nuevamente. Así el pequeño
adquiere una nueva inteligencia, la de las explicaciones del maestro. Más tarde
él también podrá ser a su vez explicador. Posee los mecanismos. Pero lo
mejorará: será hombre de progreso.
Cómo vamos a dejar de seguir si no leemos en los cafés.
Descanso de la pantalla.
Conexión a aparatos. Aparatos, aparatos.
Resistir.
La creatividad se ancla en lo inestable.
Encuentra ahí su musa.
Why not? Abre su consigna.
Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, lo reconoceréis por
este indicio, todos los necios se conjuran contra él, dijo Jonathan Swift.
Sólo los grandes desafíos pueden compensar el esfuerzo de trasladar
toda una biblioteca, dijo Roberto Bolaño.
Escribir una novela es un esfuerzo sobrehumano, por ejemplo.
Yo no sé cómo alguien lo hizo, dándola por terminada.
Quizá nunca sintieron en verdad que estaba terminada.
Estamos rodeados de libros inacabados, probablemente.
Luego de un par de capítulos escribir sobre otras cosas, otros
formatos, sino el cerebro y la salud mental se detonan en un estallido
ensordecedor, como si estuviesen rellenos de pólvora.
Agotados, vacíos, contemplar la vista que ofrece el ventanal, pero sin
ver exactamente.
Descansar la cabeza, respirar en el vacío del cerebro, extenuados.
No se compara con nada de lo que he hecho antes, dije.
Es el trabajo más difícil, y el que más me hace sentido, y disfruto,
en cierta forma masoquista, de amor a los desafíos, y adoración a las palabras,
dije
Ya no se lee en los cafés.
Una lástima.
Las metáforas son lo más real que existe.
Muestran lo que realmente está ocurriendo.
Los sucedáneos sólo nos adormecen.
Las novelas son como las tripas del mundo.
A simple vista no podemos ver los pulmones de nadie.
Las biografías escritas están filtradas.
El aire dentro no tiene asfixia, ni sangre, ni humo.
No es la dimensión que más interesa.
El verdadero placer, o el dolor, o incluso la felicidad, está en la
batalla contra la hoja vacía.
Observar lo escrito es como escribir, como un disparo en la cabeza.
Después de eso difícilmente las cosas siguen como antes.
Sin desafíos nos marchitamos, aunque sea una lucha a muerte.
Si escribiera una biografía hablaría de otras cosas.
Cosas sin importancia.
Tonteras, detalles de mi vida sobre los que he tenido mucho tiempo para
reflexionar.
Se pierde lo esencial.
A ver, en vez de enumerar la lista de diplomas, decir quién somos.
¡Ya no se lee en los cafés!
Decimos con inquietud, con estupor. Quizá ni decimos.
Decimos, pero por mensajes de texto.
O tecleamos letras que aparecen en la pantalla y presionamos enviar.
Y yo que escribo libros. Y tú que escribes libros. Y nosotros que
leemos libros.
¿Leemos en los cafés?
Lo que hacemos es escribir. Y aprender de los libros.
Y saber que nunca podremos vivir de eso, a menos que integremos el
panteón de hombres ilustres, a menos que escribamos imágenes vacías, a menos
que aprendamos cómo ser respetados en un mundo dirigido por infames,
volviéndonos infames.
Pero seguimos escribiendo, pero seguimos leyendo en los cafés.
Porque sabemos que la esperanza es el milagro. Y la locura está llena
de esperanza.
Porque sabemos que esas palabras, tarde o temprano, serán leídas.
No en los cafés, quizá, pero si en el corazón de quienes tienen algo
de revolucionarios, y esos somos todos.