Cuando entienda todo lo que leo y escucho en francés, me gustaría irme
a otro lado por un momento, a Alemania, o a China. Lo importante es no entender
nada, y estar incómodo. La experiencia es maravillosa, y está llena de vértigo.
El cerebro como una locomotora. El corazón desbocado. La pluma fulminante. Violencia
en el ritmo e ímpetu en la creatividad.
Lo fácil y monocromo tiene algo de exasperante. Las pirámides y los
templos tienen algo de atractivo. Lo imposible tiene detalles de una potencia
colosal. Cada ladrillo convertido en polvo. Cada ladrillo entrelazado
secretamente. No en vano trabajaron los mayas. O sus esclavos. No en vano
afanan las abejas. Las celdas del panal están llenas de miel. Si el invierno no
las mata. Si tienen suficiente miel para sobrevivir.
No en vano anhelamos para sobrevivir. Cada minuto poblado de razones. Levantarse
y tres frases que te quitan el habla. Que paralizan, vislumbran. Media hora de
recuperarse. Observar el jardín frondoso por el verano que se acerca. Una taza
de café con una calavera estampada. Un zumo de naranja, con plátano. Otras frases.
Cuentos. Historias.
No en vano creamos historias para sobrevivir. Siempre ahogados. Necesitamos
decir algo. Así funciona. Si un país está asfixiado, por represión y
conservadurismo, hay que decir algo. Tienen que decir algo. Están ahogados. Respirar.
Decir. Escribir.
El sol entra por la ventana, yo en un rincón de la habitación para
alcanzarlo. En un rincón entre los libros. Respirando. Desahogada. Lejos. Sonrío.
No siempre. A veces. La taza vacía. Más café. Más frases. La estratósfera es
mía. Las elecciones se acercan. En todos lados. Yo estoy lejos. De todo. Y compongo
cada ladrillo. Que es estar más cerca que nadie.
Los pequeños trozos de una flor diente de león vuelan por el cielo. Los
veo pasar por la ventana. Pissenlit etérea, silenciosa. Los mayas de hoy en sus chozas. Sus casas de
adobe, de troncos de árboles, de hojas de palma. El cubículo de cemento a un
lado. Vacío. Para qué usarlo. La casa vacía que no es casa. No es necesaria. La
choza habitada que es casa. Suficiente. Por qué las instrucciones. Todos los
libros mayas quemados por un fraile. Cien mil. Quedan tres. Algo. Nada.
Cuando no entiendes hay dos opciones. O quemas o aprendes. O insultas
o pones atención. Cuando crees que entiendes hay dos opciones. O no es verdad o
tienes miedo. Cuando tienes miedo hay dos opciones. O no entiendes o no quieres
entender. Cuando te olvidas de ti mismo y escuchas hay dos opciones. O aprendes
o entiendes.
Los mayas escribieron y luego todo quedó reducido a cenizas. Hoy todos
están escribiendo, y tanto, muchísimo queda reducido a cenizas. A nadie le
importa tu dios. A nadie le importan tus creencias. Practícalas, pero déjanos
tranquilos. A nadie le importa tu cruzada. Mejor es el silencio. Todo habla en
el silencio. No son necesarias las palabras.
Los mayas en sus chozas. Nosotros perdidos en China. No hay que tener
miedo. No de eso. ¿De qué? Hay que tener miedo de que lo dicho no tenga valor,
pero esté protegido. De que los círculos sean cerrados y se autoabastezcan. De que
el miedo cierre esos círculos y terminen por volverse insignificantes,
repetitivos, insustanciales. Lo mezquino se ahuyenta escuchando. Las mentiras
se conjuran saliendo. Los necios a veces tienen poder. Los necios a veces están
llenos de miedo.
Los necios creen entender, pero sin escuchar. Los necios adoran los
certificados y los buenos sueldos. ¿Dónde están las frases? No dicen nada. No significan
nada. Pero hay que vivir. Pero que alguien se acuerde de mí. Lo lamento, nadie
se acuerda de ti. Los libros mayas sí fueron consignados en la historia. Los libros
mayas sí interesan. Ellos miraron al cielo. Y siguieron adelante porque no lo
entendían. Hasta que un día lo entendieron. Quemados o no, la comprensión misma
es lo importante. La comprensión en sí. Exponerse. Observar. Escuchar. Decir.
No a la velocidad del guepardo. Los astros se mueven de manera casi
imperceptible. No tenga miedo. Aburrirse es provechoso. No entender es el
milagro. No podemos tocar el piano en dos meses. No podemos enterarnos a
ciencia cierta leyendo titulares con la rapidez del rayo. Aprender chino nos
tomará al menos diez años. O quince. No hay tiempo perdido. Sólo quemando se
pierde. Sólo quemando perdemos. Sólo escuchando, lo inicialmente ininteligible,
comprendemos. Sólo cuando entendamos que a nadie le importa nuestra cruzada,
podremos atravesar el río.
El fanatismo, en todas sus variantes, tiene un punto ciego. Ahí están
los problemas. Tiene muchos puntos ciegos. Ahí está el problema. Ahí. ¿No lo
ves? A nadie le importa tu cruzada. Deja de invadir y todo saldrá como lo
planeamos. Déjame incorporarme y todo saldrá como lo planeamos. ¿Cómo lo
planeamos? No importa, escucha. El silencio es el mejor aliado. Ahí podremos oír
todas las voces. Incluso las nuestras. Sin miedo al ruido. Sin miedo a lo oscuro,
a lo indescifrable.
Sin desdeñar la confusión. Sin sonrisas falsas. Sin fotos trucadas. Sin
efectos especiales. Sin titulares efímeros a la velocidad del rayo. Entendiendo
algo de lo que leemos. Porque leemos. Porque estamos desbocados. Porque estamos
confundidos, pero no temblamos. Porque los mayas y los chinos nos están esperando
a la vuelta de la esquina, con grandes sorpresas. También la calavera, pero
esta vez no estampada en una taza. Después de eso, ni idea. Qué importa.
Pensemos, como algunos mayas, que nuestra ánima-corazón está ligada a
un animal que nos sobrevive, pero que nos abandona durante el sueño, o cuando
tenemos miedo. Pensemos en ese corazón sagrado que nos sobrevive, ahí donde
están las emociones, el entendimiento, la memoria, la afección, el lenguaje. Ahí
donde está el destino individual. Quienes somos y qué pensamos. Lo que se va al
inframundo. Lo sagrado, que está en el interior de la tierra, donde surge la
vida, y no en el cielo, donde querrán enviarnos. Si nos comportamos de manera
decente. Prefiero irme al centro de la tierra. Y resurgir como un tigre. Prefiero
explorar, y olvidarme de lo que vendrá después. Prefiero que el miedo, tenaz,
no me desprenda de la vida.