4 de abril de 2017

La sombra

La sombra puede estar literalmente al lado, pero si mueves la silla ya no puede tocarte. Pero quien va a Sevilla, o a Melipilla, pierde su silla. Y cuando llega de las mechas lo saca. Asimismo, qui va à la chasse perd sa place, qui va à la pêche, la repêche. Qui va à la montagne, la regagne. Todos saben lo mismo, sólo lo expresan de distinta manera. Observar. La sombra también es universal.


3 de abril de 2017

diez años entregada a las palabras

no es la premura lo que me asalta, más bien dar con los ingredientes precisos

02-04-07 Vicenza, Italia / 02-04-17 Vienne, Francia

diez años entregada a las palabras

desde Hace falta pasión hasta Afuera

Hace diez años escribí el que considero mi primer texto oficial Hace falta pasión, que dio por inaugurado mi anhelo de convertirme en escritora. En un lugar no muy lejos de donde estoy ahora, en Vicenza, Italia. Rodeada de naturaleza, como ahora, en Vienne, Francia, diez años después, me regocijo de ver los caminos de la vida, que vuelven a donde partieron, que regresan al inicio para recomenzar, para empezar, para materializarse realmente, esa intuición tan potente, para verdaderamente asir ese destino puesto al alcance de la mano, de la pluma.



Bolaño y Chile

Bolaño regresaba a Chile después de 25 años, y ese mismo mes, en ese momento, en esa misma ciudad, noviembre de 1998, Santiago de Chile, yo cumplía 18 años. Habla de esa vuelta a Chile en un cuento, y en el párrafo donde anota este momento, escribe sobre alguien de nombre Andrea, diciendo: “Durante este viaje, que ocupó casi todo el mes de noviembre de 1998, no vi a Andrea. Es decir la vi pero en realidad no la vi”. Yo podría hacer una historia sobre esto, en que el tiempo no existe, y en ese momento nos conocemos. En ese pasillo. La de su cuento soy yo, Andrea, cumpliendo mis 18 años, y él de vuelta en Chile tras 25 años. No llegamos a conocernos, pero quizá sí, de alguna manera atípica. Quizá mi auto se cruzó con el auto en el que iba él, cuando yo volvía de la playa, donde había celebrado mi cumpleaños, y él quizá camino a Valparaíso. Tenemos que habernos cruzado. Pero yo no había leído ninguna historia de Bolaño en ese entonces, aunque supongo que había escuchado su nombre. El, me vio, pero en realidad no me vio. Porque no sabía que seríamos amigos con posterioridad. En el terreno de los delirios, en el terreno del dolor, en el terreno de la risa, donde no hay tiempo. Donde todo sucede en un mismo instante. Así es que nuestros autos se cruzaron, y él reía, quizá, y yo también reía, quizá, y reíamos juntos, al mismo tiempo, y juntos. Quizá de lo mismo. Hoy yo río con lo que él escribió riendo. Hoy lo extraño, como si lo hubiese conocido, en ese pasillo, en esa mirada que no fue, o quizá fue, pero en realidad sin vernos. Porque cuando uno se encuentra con su destino, es difícil reconocerlo en ese mismo momento. La certeza viene después. Y yo tengo una certeza. Esa mirada que no fue, o en la que en realidad no nos vimos, es lo que marcó mi destino. Ahora lo veo, leyendo El secreto del mal, y gozando con los encuentros fuera del tiempo. Lamento que él ya esté muerto. Pero quedan los amuletos, para seguir al destino, anunciado desde un auto en marcha, en los ojos de alguien que hizo un recorrido similar al mío, y a quien seguí, sin saberlo, luego de esa ignorada mirada cómplice. Pero él escribió sobre ella, así es que ahí está la prueba. El encuentro ocurre en la dimensión paralela que no terminamos de entender. El encuentro ocurre en la verdadera dimensión, en la dimensión del destino, implacable, aunque a veces busquemos rehuirle. Yo, al contrario, lo seguí, al destino, sin saberlo. Esa es la dimensión de la belleza. Y ahora, sentada en un balcón en los Alpes, al lado de la nieve, veo un sentido a este frío entibiado por el calor del sol. Su camino, como el mío, hasta estas montañas, hasta estos parajes, hasta España, hasta Francia, tuvieron una razón. Más que nunca me aferro a ella, y escribo con velocidad, la rapidez del rayo que cae, para dejar un surco donde antes había tierra húmeda, para llenar ese surco de párrafos que anuncien un destino escogido, sin saberlo. Un recorrido que ahora trazo y parece que hubiese estado planificado desde antes. No me queda más que llorar, de emoción, por esta montaña que en este momento se presenta más benevolente que nunca antes. Nunca la intemperie había tenido tanto sentido. Nunca me había sentido más cerca de la vida. Y tan lejos al mismo tiempo. Tan fuera de ella y tan instalada de manera definitiva, si es que existe lo definitivo, en un mundo de incertezas. Él volvió a Sudamérica, y yo volví a Europa. Nuestros viajes se cruzaron, como tantas veces lo seguimos haciendo, y en ese bar al lado del río, seguimos riendo de todo lo que no fue, y de todo lo que fue, y seguirá siendo. Aquí me quedo yo, hasta que la muerte me arrebate este impulso, como ya lo hizo con él. Pero siempre, siempre, quedan los amuletos, para seguir, a pesar de todo.

Termino de leer el cuento, y es un cuento inacabado. Qué pasó con Andrea no está por ninguna parte, a pesar de los anuncios, es el personaje más importante de este cuento, etc. Esta situación me lleva a un colapso nervioso, y pienso que debe ser una mala pasada del destino, esta vez, confuso y escurridizo. ¿Qué es lo que Bolaño quería decir de Andrea? Tengo que averiguarlo. ¿Alguien lo sabrá? Maldito el día en que murió. Ahora cómo hago. ¿Alguien sabrá qué es lo que aconteció con Andrea? Tendré que escribir el final del cuento yo misma. A menos que pueda averiguarlo, si hay alguna manera, si no era una historia que sólo percibió Bolaño, si nadie más conoce a Andrea, ¿será su verdadero nombre? Jaque mate, tendré que convertirme en detective como Belano y Lima. Ahí está mi destino, escribir la vida de Andrea, encontrar la salida, dar con la información adecuada, sin poder saber nunca si es lo que realmente sucedió con Andrea, o lo que Bolaño quería decir. Es un signo, tan potente que da miedo. Andrea, consagrada a descubrir el final del cuento o a escribirlo, o ambas cosas.

-Vaya, qué putada, es cierto –reconoció-. Es razonable que te hayas detenido ahí. Es un detalle imposible de sortear. Qué coincidencia. Supongo que para escribir hay que ser bastante obsesivo, en todo caso. Te imagino, horas en una frase, es una idea, semanas, meses. Es divertido, por otro lado. Bueno, a mí también me pasa. Supongo que es la manera de avanzar, sin paralizarnos, por tantos asuntos inacabados. Como esa historia, qué putada, tienes toda la razón, deberías escribirla.