(Textos para la iluminación, 2010)
En Antofagasta I.
Supervisando los Centros Privativos de Libertad (Cárceles) de
Adolescentes.
Me voy en el avión con los mineros. Voy sentada al lado de uno fornido
que me pega codazos constantemente porque no cabe en los pequeños asientos del
avión. Llego a destino y recorro la tierra yerma, árida. Infinita y extensa a
ambos lados. La siento como yo misma, pienso que podría ser ella. Creo que me
entiende. Está tan seca, nada crece. Es como la muerte, el vacío. Luego aparece
el mar, para dar un poco de movimiento a este paisaje. También infinito, y en
cierta forma también árido como yo, salino. Carpas de circo. Industria, metal,
corrosión. Mucho óxido. Oscurece, camino por las veredas rotas, las murallas
rayadas. No encuentro donde poder tomarme un té, compartirlo conmigo misma,
algún lugar cálido que me acoja en silencio. Mediodía en la arena, el
maravilloso sonido del mar. Un perro se mete al agua mansa. Se sacude y se lame
los bigotes salados. A lo lejos veo el puerto y sus grandes maquinarias.
Temprano en la mañana tomo un taxi que llega atrasado a buscarme y luego no
sabe cómo llegar adonde voy. Se enoja cuando me bajo porque la tarifa me parece
cara. -Como si yo fuera culpable del atasco- me dice. Al día siguiente descubro
que el trayecto entre un lugar y el otro no es más que cinco cuadras. En el
desayuno no quedan mesas. En todo el hotel sólo atiende una señora, cuando miro
desde la puerta de la cocina está sacándole el hueso a la palta, -no alcanzaré
a tomar desayuno- pienso. En mi habitación hace frío, la cerámica está helada y
no hay alfombra. Llego al ministerio de justicia, es un edificio gigante y está
vacío. El ascensor no está funcionando, subo los cinco pisos por una larga
escalera. Es un gran edificio, gigantesco, y no hay nadie. Subo rápidamente y
me encuentro con la secretaria y la Secretaria Regional Ministerial. –Asiento-
me dice, -estamos imprimiendo unas hojas que nos faltan-. No hay apuro, veo.
Intento que el sol penetre en mi vida. Cierro los ojos y dirijo mi rostro en su
dirección, rogándole rompa el hielo de mi cuerpo, de mi mirada y de mi alma. Le
pido al mar que me dé fuerza. Llegamos al centro privativo de libertad de
adolescentes, el resto de la comisión supervisora nos espera hace más de media
hora. La Secretaria Regional Ministerial pregunta si todos tienen los formatos de
las pautas de visita, pero cómo van a tenerlos si nunca los mandó, pienso. Me
toca informar sobre salud, educación, alimentación y disciplina. Visitamos la
enfermería. No hay nadie, está cerrada. -Ésta es la piedra tope del centro-,
nos dice la jefa técnica. –No nos aceptan a los jóvenes en los consultorios,
están estigmatizados, es que llegan con grilletes-. Salió el sol, sigo en la
arena. Escolares se bañan en el mar, ya son las dos y media. Vamos a la sala de
clases, es tan pequeña que no me imagino más de tres personas dentro.
Conversamos con un adolescente sentado en la pequeña sala. –Lo malo es que
tiene alergia a la tierra-, nos dice la profesora, el adolescente tiene la cara
roja, hinchada, -pero es buen alumno- acota, -reclama las clases cuando no las
hacemos-. –Aquí estaba Geovanna-, nos indica la jefa técnica, apuntando a una
diminuta sala de la enfermería con una cama a medio hacer, una frazada
desordenada encima y una taza vacía en el suelo, -ahora está hospitalizada, nos
costó cuatro meses que la hospitalizaran, la mandaban de vuelta, es boliviana,
está acá por tráfico de drogas, llegó de Bolivia con un paquete de coca. Echa
de menos a su familia, es que está muy sola-. –No hay doctor aquí- nos cuenta.
–A veces en el consultorio les escriben de diagnóstico “hipocondríaco”, para
que se vayan y no tener que atenderlos más tiempo-. Se me acabó el té que
estaba tomando. Escucho Kate Bush en mis audífonos, sigo en la arena. –Esta es
la celda de segregación-, -¿de castigo?- pregunto. –Sí, cuando algún
adolescente está descompensado, o hay riñas, entonces se quedan aquí. Muchas
veces están con síndrome de abstinencia y se ponen agresivos. Lo más complicado
en estos casos son los intentos de suicidio. Entonces los vigilamos-. -En el
programa del Consejo
Nacional para el Control de Estupefacientes sí hay un doctor, pero
el programa sólo tiene 20 plazas, y tenemos 60 jóvenes, en ésta época llegan a
80, a veces-. –Tuvimos que empotrar más camas a la pared, porque no nos
alcanzaban-. -¿A ti qué te pasó?-, -estoy enfermo-, –pero ponte calcetines
entonces, así no te vas a mejorar, y esta pieza está muy húmeda-. ¿Tú estás
enfermo?-, -no, tengo sueño-, -ah…-. -Sí po, se me enferman los cabros, es que
no tenemos agua caliente para que se duchen. Los paneles solares los
rompieron-, -¿pero eso no fue hace dos años?-, -sí, pero el nuevo sistema de
calderas no funciona, es que las instalaron, pero no tomaron en cuenta lo que
cuesta mantenerlo-. -¿Y por qué no funciona el taller de costurería?-, es que
la tallerista está de educadora de trato directo, además los jóvenes lo ven
como una actividad de mujeres-, -¿tienen muchas licencias?-, -sí, eso es un
problema, la mitad de los funcionarios está con licencia-, -¿y dónde está el
director del centro?-, -está con día administrativo-. De pronto ya no hay nubes.
El sol inunda la blanca arena. El fiscal con quien me toca visitar habla por
teléfono cada cinco minutos. Me desentiendo de él. Ahora se disculpa. Es la
quinta vez que visita los centros. Parece resignado, el asunto quizá no le
interesa. El chofer de la Secretaria Regional Ministerial me pasará a buscar a
la vereda de la playa, debo irme. Tomo un té de jazmín en un restaurante chino.
Me recuerda China. Me gusta salir de Santiago, me da nuevos aires. –Cabo, ¿y
desde ésta hora los dejan encerrados en las celdas?, son las cuatro y media-,
-sí, ya se quedan en sus celdas hasta mañana-. -¿Están medicados?-, -sí, con
clonazepam principalmente, el síndrome adaptativo, es que todos son
consumidores-. –Algunos son analfabetos, hay de todo-. –Están todos en básica,
a ver espere, ¿cabo, en qué curso están?-, -cuatro en media, dos en básica-. La
radio del restaurante dice rescátame de aquí, me muero por dentro. -¿Cuánto
llevas aquí?-, -12 meses-, -¿y cuánto te queda?-, -32-, -¿y a ti?-, -no, a mí
cinco-. –Salgo el lunes-. –Llevo dos semanas-. –No hay internas mujeres en esta
sección juvenil de la cárcel femenina, nunca ha habido. Ocupamos las
dependencias para capacitaciones de las funcionarias y para el taller de
peluquería. Si llegan internas no sé qué vamos a hacer. No tenemos espacio-. –
Hay 132 internas adultas. 31 son extranjeras, todas bolivianas, menos 2, están
por tráfico de drogas-. Ya son las diez. Mañana vuelvo a Santiago. En la noche
hace frío en esta ciudad, ya me voy a dormir. Parto al aeropuerto en media
hora. En este momento estoy en la oficina de la Secretaria Regional Ministerial
de Justicia. Hoy me vine a trabajar aquí, le pedí si me prestaba un ordenador
para completar mi parte del informe. La visita estuvo bien después de todo. A
mí me pareció al principio un poco desordenada, pero según el fiscal -con quien
me tocó visitar y pude conversar bastante-, la Secretaria Regional Ministerial
anterior no le daba importancia y la visita era un desastre. El centro -¿cárcel?-
para llorar, como de costumbre, no sucio ni esos pormenores, pero con muy pocas
actividades, casi todo el día de ocio para los adolescentes. Me da la sensación
de que nadie dice con todas sus letras lo malas que son las condiciones de
vivir así, creo que una buena estrategia sería preguntarles si estarían
tranquilos que sus hijos o hijas estuvieran en ese lugar. Creo que ahí habría
más sentido de la realidad. Me quedo con la sensación al final de no saber por dónde
empezar, creo que eliminar el Servicio Nacional de Menores y partir de nuevo
sería una buena forma. ¡En este centro también hay una señora rehabilitadora! con ella lo recorrí, me recuerda a una que
conocí en un centro en Valparaíso. Empiezo a pensar que se ponen así con el
tiempo dentro del centro. Esa forma de explicar todo como si fuera lo más
normal del mundo, los sucesos más anormales. Me di cuenta en esta metrópoli de
mi ritmo hiperventilado, pero tuve que calmarme a la fuerza. La ciudad funciona
a uno por hora, y para qué hablar del tema justicia y de hacer cambios, para
eso sí que hay que operarse de los nervios. Ruego nunca perder el impulso.
Ruego poder demandar acaben los tratos crueles, inhumanos y degradantes. Pido
que alguien ponga atención a lo abandonado.





