Mi hermano y su pareja partieron a la aventura con entusiasmo, y sobre todo con sus dos gatas y varias maletas. Frida y Adela, la primera es la mayor y tiene un pelaje gris, negro y blanco a rayas, como buen felino, y Adela, la pequeña, mi ahijada, es blanca con negro, y tiene un collar con un corazón. Ambas tienen ojos verdes. Adela no tuvo miedo en el viaje, y Frida un poco. Aterrizaron en la ciudad de Nelson Algren (pareja de Simone de Beauvoir): Chicago. Dijeron: everything beautiful, everything ok, everything amazing. Luego vino policía de inmigración. Todo fue un éxito, sobre todo gracias a Frida y Adela, que lograron hacer sonreír a los funcionarios, y con amabilidad hicieron varias preguntas, y dijeron: “welcome”. Un categórico “welcome”. Qué más se podría pedir al entrar al imperio, que ser bienvenido. Este último tiempo no está a la orden del día aquella calurosa y categórica bienvenida, y qué más quiere uno que le digan “welcome”. Es lo ideal. Partir, y ser recibido con “welcome”. Un sueño: “welcome”. Una esperanza: “welcome”. Ahora la “computer science” va a temblar, porque mi hermano llega a enfrentar el fenómeno con atención, y su cerebro funciona perfectamente, mejor que el del promedio de las personas, lo que ya es bastante, y su corazón bien puesto, como el de Adela, lo que es muchísimo. Todas nuestras perspectivas de futuro están cifradas en mi hermano haciéndose de la “computer science” y mirando de cerca ese asunto grande, expansivo y escabroso. Para que lo que prime sea el “welcome”, y no alguna otra cosa. La aventura de Chicago. Welcome.
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