En el díptico de presentación de la exposición de fotografías de Adam fui anotada como “hada madrina”. Fue una gran alegría porque siempre quise ser un hada. Mi página de fotografías a los veinte años se llama “Lisa el hada”. De broma, Adam me decía “Lisa helada”. Siempre estaba inventando cosas y elevando la realidad. El tema del hada fue porque muy pronto yo advertí la consistencia literaria de la vida. Ser un hada significaba ser una criatura literaria, era la ficción lo que me interesaba, no componer un cuerpo etéreo. Sentía una fascinación sin límites por los bosques y la magia. Por la posibilidad de volar sobre la realidad. Volar al interior de la realidad. De esa mágica exposición novelesca, a mi madre le gustó especialmente una fotografía de un bosque, de unas araucarias y un lago, del sur de Chile, que va a instalar en su hogar frente al océano, para que Adam esté en casa. En esa época del hada de los veinte años publiqué mi primer libro, y creé una editorial que titulé: Hada Ediciones. Con el tiempo se transformaría en Fée Editions. Me gusta conservar esa magia de los primeros libros, aunque la técnica vaya imponiéndose con el pasar de los años, y la jornada de trabajo de quince horas, siete días a la semana tenga en ocasiones otro cariz más pragmático. La consistencia de la aventura se mantiene siempre en cada línea. Es una pasión que desborda. Como la que tenía Adam y lo llevó a su paseo con las tortugas acuáticas y las mantarrayas sumergidas. Sé que su jornada de trabajo también siempre fue de quince horas, siete días a la semana, era un genio, todo lo inventó. Lisa el hada, los ríos llegan al mar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario