17 de octubre de 2026

Seducción III

Hay en la seducción algo macabro. Las ansias de pertenencia. Yo quiero que se me devuelva lo que me perteneció. And I want everything back that’s mine (Ani DiFranco). Deseamos lo perdido porque nos conecta con una imagen olvidada de nosotros mismos. Con una imagen que creemos más pura, más impoluta de lo que somos actualmente. Como si avanzar en el tiempo fuera en realidad llenarse de ironía y de desesperanza, un descenso irremontable. Hay algo de eso, pero no solamente. Anhelamos ese candor vacío en el que podíamos refugiarnos. Ser joven es en verdad espantoso. Nos equivocamos en ese anhelo. Es porque borramos con el tiempo lo más molesto. Que era casi todo. Una existencia por construir llena de incertidumbres, dudas, inseguridades, rabias, indefensiones. Es como querer retroceder en el tiempo a la época en ser mujer implicaba no poder hacer en definitiva nada de lo que realmente te interesaba hacer. No tiene sentido. Bueno, tal vez si no estabas en una categoría oprimida y ahora te sientes amenazado esto te parezca fantástico. Puede ser. Ser joven es confuso, y al mismo tiempo, es aportar ideas distintas, más libres, menos atiborradas del miedo que da existir cuando los aluviones te han llegado todos encima. No estoy orgullosa de mis miedos. Batallo con ellos como mejor puedo. Tal vez en el fondo admiro esa capacidad que tenía antes de seguir adelante con menos cortapisas. Así como me encantaría volver a sus brazos, aunque sepa que habría que comenzar todo de nuevo porque nada sigue adelante sin modificarse. Sentirnos por sobre los que son más jóvenes es una actitud errada de dominación. Cada uno tiene que construir su mundo de manera autónoma. No hay ninguna diferencia con esa superioridad delirante que algunos van señalando sobre los animales o las mujeres o una cierta religión o un cierto color de piel. Como si ser joven implicara no ser todavía un ser humano. Más bien un objeto de uso, y no un sujeto de derechos, que merece también ser cuidado, como todos los demás. Mejor nos quedamos callados y escuchamos, por una vez. No seducimos a nadie con nuestros sermones ridículos. 

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