España ganó la copa del mundo de fútbol, ayer domingo. Yo hace dos semanas estaba escuchando una banda de Sardanas en un parque en Montgat Nord, y hace exactamente diez años le tomé a mi iaia Agustina María su última fotografía, sonriente en Gavà Mar, junto a nuestras familias. Estoy contenta que haya ganado uno de mis países, es una competición, se trata de ganar, ¿no? Yo me alegré, porque jugaron bien, porque sentí una suerte de adrenalina con ese gol decisivo a último minuto. Sin duda mis cuatro abuelxs habrían estado contentxs. Hablaban de su tierra como disco rayado. Mi estadía en Chile en realidad siempre aconteció en una embajada de España, Catalunya y el País Vasco. Cuando me fui de Chile y llegué a vivir a Barcelona, comprendí muy bien este hecho, que había nacido inmigrante, y que lo seguiría siendo. Fue bonito ayer, pero más bonito fue esas Sardanas en el parque, un poco antes de donde comienza la Costa Brava. Pero fue bonito por otra cosa, no sólo por el recuerdo nítido de mi iaia y de cuánto me hacía reír, sino porque estaba con mis amigxs, y la amistad es siempre una familia. La inmigración vive de la amistad porque esta es su tanque de oxígeno. Entiendo ahora que mis abuelxs se apoyaran en sus amigxs, que muchas veces eran familiares, y que todo transcurriera como embajada, así como aquí en Europa yo tengo muchxs amigxs de América Latina, y no es nostalgia, es gozo. Es sobrevivencia, es disfrute, es alegría. Ayer ganamos, porque España es un país que está abierto a su identidad ambigua, porque así son las identidades, y porque las fronteras son una soberana estupidez. Lo que emociona es esa música que una escuchó, esos bailes que una bailó, esos platos que comimos, esas fiestas donde fuimos felices. Yo fui feliz con mis abuelxs. Sobre todo con mis iaias, con quienes mantenía una estrecha relación, Agustina María y Antonieta Gertrudis Eugenia. Cientos de miles de domingos de conversación, de paseos, de abrazos. Amaban desigualmente su tierra, Agustina con más pasión y Antonieta con mayor crítica, pero ambas con el corazón poblado de ese catalán que fue el idioma exclusivo que hablaron hasta los 7 años de edad, cuando entraron a la escuela y aprendieron el castellano. Agustina María vivía unos meses de su existencia cada año en Catalunya. La alegría intacta cada vez. La última vez estuvimos juntas en España y Francia, ella radiante, de estar ahí a sus 88 años. Mi abuela gozaba de la vida, lo disfrutaba todo, siempre con humor y una gran sonrisa. 10 años y te extraño tanto, iaia, no me acordaba nítidamente lo mucho que te extrañaba, y esas sardanas en el parque me lo pusieron al frente. Te amé con todo lo que soy, y lo que seré, sin duda. Todos los triunfos, colectivos e individuales, como el de ayer, y otros más sutiles, son tuyos porque mi identidad está instalada en tu amor y tu apoyo constante. Quisiera tenerte un poco más acá, pero no me quejo, ya se ve que ocurre así, un día se acaba, eso ya lo aprendí. No nos olvides, por favor. Tu humor negro siempre fue mi casa. Es ahora la sustancia de mi literatura. 10 años y seguimos juntas. Sigue leyendo mis libros, ¿de acuerdo? Me queda tu música, y tu siempre eterna alegría de vivir. Ayúdame para cuando olvido, para cuando no sé de dónde vengo, cuando mis versos divagan en mar abierto y en esas ocasiones en que el humor negro no es suficiente para volver a casa. Te extraño, iaia, dónde estás, ayúdame a darle forma a este presente siempre en vías de expandirse. Era distinto contigo. Tengo a mi adorada madre y a mi amada pequeña ahijada Agustina, el baile sigue, que la música se quede en mi cuerpo, siempre nueva, siempre atenta, siempre disponible, todo lo comenzaste tú.
No hay comentarios:
Publicar un comentario