Tenía una cita con un libro. Uno de una afección particular porque la edición final antes de la imprenta fue llevada a cabo en mi casa de Lyon, luego de un intercambio de pisos con su autor. Una vez en Barcelona me dirigí a la librería Finestres, donde el año pasado tomé un café con el artífice de “Pista vacía” para intercambiar las llaves de nuestros pisos. En esa oportunidad conversamos por primera vez en persona en un lugar al final de la librería con plantas y cascadas. Sin duda el encuentro gozó del estatuto literario adecuado a las circunstancias, el lugar hacía su parte. Esta vez el café del fondo estaba cerrado por remodelaciones, pero no fue impedimento para la aventura porque yo iba en busca del libro para mi cita. Lo busqué en el estante donde habíamos mirado libros de la futura editorial de la novela pero no estaba ahí. Pregunté al librero por su ubicación, esbozó una sonrisa y me dijo, claro que lo tenemos, y el autor es también nuestro asiduo cliente. Fantástico, le contesté. Caminamos hacia el estante que lo resguardaba y exhibía, y lo puso en mis manos. Hay algo muy emocionante de estos pequeños artefactos con letras dentro. “Pista vacía” de Matías López Navajas, Editorial Clandestina, narrativa, con una ilustración en la cubierta de Judy Kaufmann. No tuve dudas en ese momento que la aventura sería grande, y no me equivoqué en ningún sentido. Aproveché una mañana de calma mirando el mar en Montgat Nord, y una tarde de silencio entre los árboles en Sant Cugat del Vallès para recorrer sus páginas con atención. Tenía la intuición que el libro también hablaría de mi biografía, la cual comparto de cerca con el autor, nacido también en Santiago de Chile el año 1980, y emigrado a Barcelona con un par de años de diferencia, para no regresar a su país natal, situación que me describe con gran precisión. El resultado fue el siguiente: disfruté el libro como quien se ríe al unísono en una conversación con un amigo con quien se ha compartido una vida completa sin conocerse en absoluto. El libro es espectacular. Profundo, divertido, irreverente, humilde, explosivo, un intento bien logrado de dar cuenta de las dificultades de una vida por las cuerdas del nomadismo congénito y ese desarraigo que nos arranca de todo lo que aparece, conquistando terrenos que no deberían pertenecernos. El libro es rebelde, porque todo lo bueno se ríe de lo preestablecido, y sobre todo de lo que cree ser grande y se equivoca. Es un libro que se ríe de sí mismo y de los demás que hace falta, y qué más es el núcleo absoluto de la literatura: es eso. Para mí es eso. Alcanzar todo lo que uno fue y quiere ser y aceptar que nunca se será ni tal vez nunca se fue, y que en definitiva da lo mismo. Este es un libro que comprende a cabalidad el oficio literario, y además el movimiento perpetuo. Lo que ya es bastante. Es muchísimo. Más de lo que yo esperaba de mi cita. Yo no sabía bien qué esperar. Me gusta llegar a las cosas sin expectativas. Pero encontrar un libro que relata tus pesadillas, insomnios y pasiones es una felicidad sin límites. El libro de Matías López Navajas nos deja en un lugar diferente del que entramos. Varios registros, salidas y fugas, como los libros de Julio Cortázar. Así como el aeropuerto tiene varias plantas, este libro tiene varios niveles, y no hay nada que yo agradezca más en la vida. No encontrarme con nada que comprenda, y al mismo tiempo comprenderlo todo: ¿qué más se puede pedir? “Pista vacía” es un reflejo de nuestro desasosiego y nuestras ganas de entender un presente pies hacia arriba y cabeza abajo. Existir no es muy diferente de eso. Por lo que es un libro que llega al vórtice del alma. Al menos llegó a la mía. Fui anotando como siempre un asterisco en cada lugar donde me reía a carcajadas, y el libro está repleto de aquellas anotaciones. El humor es lo más grande. Compartimos con Matías López Navajas nuestro amor por Roberto Bolaño y Nicanor Parra, maestros del humor negro. Este libro sigue los pasos de aquellos autores, y se ubica en una generación que vibró con ellos hasta hacerlos propios, como es su caso y el mío. Al final tal vez sí era determinante haber nacido allá lejos. Y estar ahora aquí cerca de esos lugares míticos que admiramos y ahora nos pertenecen. Estoy agradecida de haber leído “Pista vacía”. El arte es motivo de orgullo, y la literatura, en definitiva, es una casa.
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