15 de julio de 2026

Pasión XXV

Cuando vimos con mis amigxs a Roberto Bolaño aparecer de casualidad nos quedamos pasmados, como Laura Dern y Sam Neill cuando ven los dinosaurios en Jurassic Park de Steven Spielberg. Íbamos por la pradera Raval, y de pronto, dinosaurios. Lo seguimos como braquiosaurios, por el bosque de cemento, sin dar cuenta a nuestros ojos. Se movilizaba en bicicleta y participaba en las fiestas de barrio. Queríamos saber qué especie de dinosaurio era. Si le gustaba escribir novelas y cuentos. Un pterodáctilo extraviado en las fiestas de barrio del Raval. Aquí ocurrió igual que en la película, nosotros como Triceratops al acecho, y llegó el Tiranosaurio Rex. Le compartimos nuestro hallazgo, pero era de pocos amigos, igual que el espécimen de la obra cinematográfica. Señaló con claridad que el pterodáctilo le pertenecía y se lo llevó de la mano, lejos de los velociraptors que éramos ahí de pie vigilando la situación mística para no perder detalle de aquella aparición. En el reino animal ocurre eso a veces, lo de la pertenencia. Se equivocó el Tiranosaurio Rex. Yo quería intercambiar unas palabras con Roberto Bolaño, tenía derecho. Me leí todos sus libros. Cuándo iba a encontrar de nuevo a su doble. El Tiranosaurio Rex con la boca llena de saliva se lo llevó. Luego nos hacemos una fotografía, dijo Roberto Bolaño antes de partir arrastrado por esa criatura maléfica. Yo creo que el Tiranosaurio Rex se comió después el papel con mi teléfono, y tal vez lo escupió en una alcantarilla, bien disuelto para que los números no pudieran distinguirse. El pterodáctilo volando tratando de localizar a la escritora triceratops que lo encontró en las fiestas del fuego, al ritmo punk, pero los dinosaurios se extinguieron, igual que el teléfono, y la escritora misma, que partió a la pradera del lado porque sonó la campana, igual que la de Montgat Nord, que suena diez minutos antes de la hora, luego a la hora, luego diez minutos después, aunque sean las 3 de la mañana, igual suena, a las 4, a las 5, a las 6, aquí sonaron todas las campanas, extinción total, la escritora por ningún lado, y Roberto Bolaño volando como pterodáctilo reencarnado. Ir a unas fiestas de barrio puede ser una experiencia singular. Ya no sé si encontraré al Roberto Bolaño extinto. No mientras esté en Lyon, porque él frecuenta otros bosques, y el teléfono con saliva en la cloaca subterránea flotando hasta extinguirse y la escritora en un tren mirando descendientes de dinosaurios sobrevolar el agua de mar estancada. Ahora voy a necesitar un detective privado, porque aparecer dos veces de casualidad, yo creo que ya no, hay límites, este fue uno, esto fue más allá de todo límite, pero siempre los límites, una vez, ya, pero dos, lo dudo, quién me encuentra ahora a Bolaño. Además hay que esquivar al Tiranosaurio Rex. No es cualquier tarea. Un trabajo serio. Estar armado, ser valiente, tener determinación. Cómo es tu nombre, Bolaño imaginario. Te espero en el colector de aguas lluvias. Tendré el papel con saliva en la mano. Mi anatomía de triceratops preparada. La literatura no me intimida. Ayúdame Roberto, déjame fuera de todo tipo de pertenencia. Por las calles lanzados para explotar. 

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