Ayer eran las intemperies. El calor infernal y luego las intemperies. Me reuní con las feministas a refundar el mundo, como siempre. A continuación me encontré con Grégory para comer en un lugar perdido en Lyon bajo las intemperies. Unas gotas escasas cuando me dirigía hacia el lugar, y luego ahí, la tormenta se desencadenó con la furia del cielo listo para vaciarse sobre nuestras cabezas. Comimos observando la cortina de agua que era exacta a un muro sólido. Es un fenómeno extraño. No tuvimos dudas que era el final de esta era. Todo acabaría. Ahí en ese local extraviado en una ciudad del fuego acuático. Una ya no sabe qué pensar. Es la intemperie absoluta. Roberto Bolaño estaría de acuerdo con esto (todavía no lo encuentro). No le conté la inverosímil historia a Grégory, tengo que decantarla todavía. Cómo expresarle con exactitud lo que vivimos en carne propia. Esa aparición del más allá. No quiero atemorizarlo. En cambio hablamos de libros, lagos y mudanzas (y de intemperies). He ido descubriendo episodios de su existencia como en una especie de mosaico. Reconstruyo una historia basada en lecturas y viajes, sinsabores y trabajos. Muy seguido me hace pensar en algún personaje de una película de Noah Baumbach. Disfruto de sus preguntas y anécdotas. Tiene tinieblas dentro, pobladas de un asombro casi infantil por los acontecimientos. Hay algo que no penetro y me fascina. Pero no he olvidado a Roberto Bolaño, no crean. Ayer estaba en la intemperie, su lugar favorito. A la salida caminamos bajo el paraguas, mientras los rayos nos alcanzaban tangencialmente, advirtiendo que llegarían a nuestras cabezas al mínimo movimiento. Yo recordé nítidamente aquel concierto de Cat Power donde no quiso seguir tocando porque estaba segura que un rayo de la tormenta la fulminaría. Es posible, le dije a Grégory. Esos rayos pueden alcanzarnos, y luego todo habrá terminado. Carbonizados. Moriremos juntos, me dijo Grégory, valiente frente a la tormenta. Paso a paso, sin amilanarse. Pero tengo que escribir una obra de teatro donde Candela será la protagonista, le respondí. No puedo partir todavía. Combatiremos las intemperies, me aseguró. Yo ya ni sé qué significa eso. Solía saberlo. Lo supe una vez. Pero ese temporal te carboniza. Es mi caso. Las intemperies me borraron. Ahora escribo disfrazada de persona. Pero soy un fantasma. Me deslizo por las aceras llenas de agua, la ropa empapada, el pelo adherido a la cabeza turbulenta, no tengo herramientas ni aspiro al equilibrio, sólo vago por las calles en busca de historias, soy una sombra de mí misma, no sé articular las maneras de comportarse ni las razones de hacerlo. Mi única motivación es la literatura. Le dije. Le causó gracia. Tal vez no captó la intensidad metafísica de mi afirmación. Estoy inerme ante los fenómenos cotidianos. Me superan. Las relaciones interpersonales se convierten en relatos. No puedo escapar. ¿Me sientes ahora?, canta Yael Naim siguiendo a Britney Spears. Can you feel me now. Claramente estoy atrapada en las intemperies. Todo fue la pasión por esa literatura de los márgenes. Until you feel me now (es hasta las últimas consecuencias).
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