4 de noviembre de 2025

Vitalidad animal III

Hace exactamente diez años decidimos casarnos con Jean el saxofonista. Yo me había ido a Barcelona, no lográbamos ponernos de acuerdo. Hablamos por teléfono, muchas horas. Casémonos, Lisa, me dijo Jean el saxofonista. Mi dicha no tenía final. Escribí ese día, 03 de noviembre del año 2015: “A veces los planetas vuelven a alinearse, encontrando una órbita aún más cómoda. Esos momentos pueden entregarnos un sentido, incluso a veces para toda la vida. Hoy ha sido una de esas ocasiones para mí, donde el plano mayor de la existencia se devela, permitiéndonos la benevolencia hacia todos los terremotos que acechan y oscurecen el alma a ratos. Sólo puedo pensar en tu abrazo.”   
Cuatro días antes Jean el saxofonista me escribía un correo desde Lyon, el cual leí con mucha atención en Barcelona. “Lisa, dudé si enviarte o no estas líneas, pero creo que es lo mejor para ti y para mí. En relación a tu pregunta –‘yo creo que no me amas tanto como yo te amo’-, te equivocas, y lo sabes muy bien. Mis reacciones, a veces coléricas y distantes, que he provocado entre nosotros últimamente, surgían desde lo más profundo de mí mismo porque no veía ninguna solución a nuestra relación, ninguna salida posible. Te veía y te sentía como un pájaro enjaulado. Te amo, Lisa, pero nuestras vidas y nuestras expectativas no son compatibles. Te deseo lo tengas todo, y más que eso. El tiempo que hemos pasado juntos ha sido para mí cercano a la perfección. Tienes que vivir tu vida, y sé que ya emprendiste el vuelo. Eres y serás siempre para mí una persona hermosa. Je t’aime mi amor.”
Al mes siguiente, un día 17 de diciembre, nos casábamos en El Quisco, en Chile, y celebramos con un almuerzo al sol en Isla Negra con gente tan amada. Existir es tan sublime, y tan duro en ocasiones. Je t’aime, pour toujours, mi amor. Nunca se olvida el amor que se ha recibido. Mi vitalidad animal se nutre del amor. Mi desasosiego, mi caída. La extravagante emoción y todo su baile en el aire. Hoy es un asoleado día de otoño en esta ciudad de las hojas rojas furiosas. Los árboles ondulando con el viento. Leo y leo estas 700 páginas escritas los tres años anteriores a Jean el saxofonista, aquella época cuando comenzó el Planeta fantástico. En un sentido no puedo creer todo eso que estaba en mí en ese momento. Todas esas reflexiones y encuentros. Realmente era la vitalidad animal, y la extravagante emoción. Caos y abismo. Una especie de serenidad muy particular, que flotaba en la electricidad del ambiente. Me siento dichosa ahora, de leerlo y saber que pude ordenar el caos en dirección a la creación. Me llega el reflejo del sol que se mece en el río serpenteando. Las hojas en movimiento lo hacen aparecer y desaparecer. Escucho Imogen Heap y Shekhar, que cantan: Minds without fear. “Search and rescue. Treasured fractals of our lives. If we move like lightning charging through the angry sky. And intercept on the arrow of time. Well we just might make this out with our heads held high.” La flecha del tiempo y la cabeza en alto. Sé que confiaba en mí misma en ese momento. Pero es una confianza diferente a la que tengo ahora. Tenía muchas cosas que resolver, conmigo misma, con los demás, y con el mundo. La vitalidad animal la conservo intacta. La creatividad también. 120 libros a cuestas. El amor es la razón absoluta para escribir. Sus devaneos nos aturden y desorientan. En ese desconcierto se escribe la vida.   

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