6 de noviembre de 2025

Extravagante emoción III

El día antes de casarme con Henri el tenista, apareció de sorpresa Ariel el dibujante en mi trabajo para hacerme, según dijo, una propuesta indecente: invitarme a almorzar. Tal vez a él le pareció divertido. A mí para nada. Más bien me pareció de un humor negro aberrante, como que incluso excedía el humor negro, lo desbordaba, y terminaba anulándolo, por lo que finalmente era un humor que te aniquila, en vez de hacerte reír. Eso fue lo que sucedió. Me aniquiló. Accedí a su sugerencia indecorosa y fuimos a almorzar: ¿Lisa, en serio? Te lo juro. Eso me decía a mí misma. Porque Ariel el dibujante es de un humor refinadísimo y muy torcido, en ocasiones. Ahora que lo pienso, que fuera a buscarme a la oficina sin previo aviso para sonreírme y decirme encantado que quería ir a almorzar conmigo en este importante momento, fue una putada. Porque además lo hacía a propósito, justo el día antes. Quería resolver cosas consigo mismo, como el hecho de que él no era el novio en ese preciso instante, pero y qué pasaba conmigo, con la serenidad interior que yo necesitaba. Qué se las arregle, parecía decir. Estaba todo alegre, y me preguntaba cosas de la ceremonia del día siguiente, detalles. Lisa, qué fuerte que te cases, tú, es difícil, comentarios de ese tenor. Qué intentas decir, Ariel del demonio, diabólico y maligno. Qué haces aquí hablándome de estos tópicos. Es mañana, ¿estás entendiendo la situación? Claramente no. Así cualquiera, apareces de imprevisto el día antes, cuando todas las cartas están echadas. Qué maldita ocurrencia. Creo que fue cruel, sin haberlo querido. Él un torbellino de emociones, pero qué diantres importaba eso, si la que se iba a casar era yo. Ariel, no entiendo qué estás haciendo aquí, ni el sentido de esta propuesta insensata. Tal vez podrías pensar un poco en mí. En la noche tenía una taquicardia rarísima. Acostada en la cama no podía dormirme. Qué necio, por dios. 
Un año después nos encontramos en un asado de bienvenida. Nuevamente la debacle. En ocasiones siento que lo detesto en realidad, y me detesto a mí misma de pasada por esos sentimientos del infierno. Al amor no lo detesto, porque no creo que esto sea amor. No tengo idea qué es, algo sinuoso y retorcido. Algo que pertenece al lado oscuro de la luna. 
Me llamaba de números desconocidos entre un encuentro y el otro, desde el otro lado del planeta, entonces yo contestaba. Henri el tenista al lado. Luego las explicaciones. Por qué te llama, etc. Desde dónde. Qué le pasa. Hasta cuándo. Es la peor historia en realidad, ahora caigo en cuenta. Y nunca se acaba. Es una pesadilla eterna. 
Qué eres, por dios, ¿una piedra en el zapato?, ¿la expiación interminable de mis pecados?, ¿el precio a pagar por los zigzagueos?, ¿el costo de la vida que sube otra vez? ¿el peso que baja que ya ni se ve? Juan Luis Guerra es de gran ayuda. Yo me vuelco a ese tipo de cosas cuando todo es confusión. Los ritmos alegres. El humor, por supuesto. Es lo único que resuelve. Pero no el humor oblicuo de Ariel el dibujante. A nadie le importa qué piensa usted. Será porque aquí no hablamos inglés. Eso dice la canción. La democracia no puede crecer. Si la corrupción juega ajedrez. A nadie le importa qué piensa usted. Repite. Pero luego dice: Será porque aquí no hablamos francés. Non, monsieur. ¿Pero quién descubrió a quién?, se pregunta Juan Luis Guerra.
Tal vez Jean el saxofonista y Ariel el dibujante es lo que me queda por resolver en la vida, para entender bien cómo funcionan las cosas. Una peregrinación al infierno.
Todas esas condenadas decisiones perentorias no sirven para nada. Hay que considerar que yo soy idéntica a ellos, o algo por ahí, entonces una paga con su propia medicina. ¿Incapaz de concentrarme en una cosa a medida que el tiempo transcurre? ¿Oscilante?
Lo más cándido es que yo quiera resolver en cinco minutos lo que no he resuelto en veinticinco años. Hay algo muy primitivo del ser humano, la situación de darse y darse contra la pared cincuenta veces, volver a llevar a cabo cosas para entenderlas cientos de veces. Hay como una falla ahí. O es lo que nos hace humanos tal vez. En este caso, me excede, no comprendo bien. Si la existencia intenta decirme algo, no le ha ido bien, porque me he saltado todas las revelaciones posibles. No vi ni una e hice caso omiso a cada advertencia que quiso entregarme. El amor es una putada incomprensible. 
Cuál es el costo de una relación para que resulte. A veces siento que tengo una personalidad que no ayuda, después siento que son opciones, después siento que quería otras cosas, etc. voy cambiando. Pero normal cuestionárselo, ¿no? ¿Para hacerlo mejor? ¿Para no sufrir?
En la balanza, a pesar de que todo es éxtasis, prefieren no estar conmigo que sentir esa oscilación en acción y sufrir. Luego yo logro cerrarlo todo cuando me enamoro de otro, lo que me da una tregua, pero después es uno más para el eterno retorno, si es que es de esos que llegan al corazón. Que embisten al corazón hasta someterlo. Es excepcional. 
Bueno, ahora sabemos que el promedio de tiempo para olvidar a alguien ronda en torno a los veinte años, que es lo que me ha tomado con Ariel el dibujante, y con Jean el saxofonista ya han pasado aproximadamente cuatro, por lo que quedan alrededor de dieciséis no más, voy bien.
Lo mejor que me ha ocurrido es Fiona Apple: I don’t believe your reasoning. Now I understand you’re a human. And you’ve got to lie, you’re a man. And you’ve got to get what you want. How you want it, but so do I. And I wanted to try.
But so do I.
Y las habichuelas no se pueden comer, canta Juan Luis Guerra. Ni una libra de arroz, ni una cuarta de café. Somos un agujero. Afirma. En medio del mar y el cielo. Quinientos años después. Una raza encendida. Negra, blanca y taína. Canta. Do you understand?

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