[Al
fin solos (Almendra en Barcelona, Amande à Lyon), 2014]
En este parque a veces es posible
Quisiera
hacerte mío, pero he llegado al parque y ya no estabas. Me sumí en un
paréntesis delirante. Cuando miré hacia atrás lo único que quedaba era tu olor en
mi almohada. Pero era tenue y luego se difuminó hasta desaparecer. Ahora voy
por la calle y una suave música me aleja de ti. Continuo, y continuo, y sin
esperarlo vuelvo al parque. Me siento entre dos grandes árboles, mientras sopla
una brisa cálida, que luego se vuelve fría. Me recuesto en el pasto, mientras
observo el vaivén de las hojas. A veces la perplejidad se hace carne. A veces
el presente se suspende. A veces nuestro poderío se debilita. Entonces esas
hojas se convierten en pequeños parques llenos de palabras, que dejan de tener
significado. Todo empieza a confundirse, y las palabras quisieran significar
otra cosa. Entonces se forman nuevas frases que se abalanzan como un tropel de
desvaríos. Ese es el momento en que las tomo entre mis brazos y hago lo que
quiero con ellas. Porque están a mi merced ante tal confusión. Y escribo “en
este parque todo es posible”, y luego escribo “en este parque nada es posible”.
Y luego, “en este parque a veces es posible”. Pero quisiera escribir, “en este
parque las palabras significan algo”. Y escribo finalmente, “en este parque las
palabras no significan nada”. Y cuando todo está sumido en un gran desorden
ininteligible, apareces tú, de manera inesperada. Quisieras escribir una frase
pero no alcanzas las palabras. Resuelves observarme mientras ordeno el caos. No
es fácil porque llevo largo tiempo conviviendo con él. Te acercas y me miras a
los ojos, “algún día las palabras significarán algo”. Continuas con la mirada
fija en la mía, “en este parque todo es posible”. “Sólo a veces”, te respondo,
y las palabras ya son mis amigas. Me invitas a caminar por el parque, pero debo
partir. “La entrada a este parque fue inesperada”, te digo. “Las oportunidades
llegan”, me dices. “Y también se van”, te digo, “como el amor”. Resuelvo
marcharme, de mi breve estadía en el parque, efímera como la vida, como las
palabras, como un abrazo. Me dirijo hacia el mar, para sentir la infinidad en
las olas, y devolver las cosas a su lugar. Sabiendo que la reminiscencia es
inevitable, y que algo de su mirada persiste en mí. Luego en mi habitación mi
almohada ya no tiene su olor, pero algo ha quedado adherido a mi piel, y voy
por las calles preguntando por su nombre. Quizá ese “a veces” lo traiga de
vuelta a mi piel. Quizá ese abrazo sea menos efímero que la vida. Quizá las
palabras insistan en desordenarse y yo seguiré tratando de componerlas. Quizá
incluso lo inolvidable puede a veces olvidarse. Quizá lo que se olvida, puede a
veces volverse inmortal.
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