(Du und ich. Almendra, la passion et le
désespoir, 2015)
El pato
No podría
decir cuánto anhelo aterrizar en mi vida como el pato que aterriza en el agua.
Viene volando, frena sin contratiempos, y luego veloz, pero dulcemente, se posa
en el agua, donde sigue deslizándose hasta donde le permite el impulso. Luego
continúa, las plumas en su sitio, las alas plegadas y la mirada al horizonte,
desplazándose de acuerdo a quién sabe qué criterio, quizá incognoscible para el
ser humano. No podría decir cuánto anhelo fluir por la existencia como el cisne
que se desplaza al compás de la corriente. No opone resistencia, y su relajada
estructura se acomoda al vaivén como una danza de leves oscilaciones compuestas
de nuevos matices y ritmos. Sin esfuerzo, deja entrar a eso que va llegando a
su tiempo, como una embarcación a la deriva a la que arriban nuevos amigos. No
podría decir cuánto anhelo ser como esos cisnes que duermen a plena luz de la
mañana. No les importa que alguien los vea, ellos siguen su llamado, reposan la
cabeza y el largo cuello sobre el lomo blanco y suave, se entregan a lo que
creen, se acompañan, y aunque me acerque a ellos, continúan en su convencido
descanso, y de cuando en cuando uno u otro levanta la cabeza para vigilar que
el mundo siga igual, aunque sin mayores pretensiones de partir. No podría decir
cuánto anhelo ser esas ramas sumergidas que se asoman de tanto en tanto, las
veo mecerse mansamente, en cadencia con las pequeñas olas. Esas ramas que
tienen su mundo propio, ahí dentro del agua espesa, llena de vida, cristalina y
verde, esas ramas que tienen su mundo paralelo, acuático, diferenciado,
bullente, saciado. Un mundo insaciable y cambiante. Un mundo mudable, un mundo
interior, análogo, donde refugiarse, donde correr cuando fuera del agua no hay
inspiración ni respuestas. No tengo tanto, pero al menos tengo conciencia de
algo: de que no tengo tanto. Al menos tengo conciencia de algo: no tengo tanto,
pero cuando tenga menos, sabré que lo tenía todo.
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