Un día uno se da cuenta que los monstruos de halloween son metáforas de cosas y de personas. De estados mentales. Entonces todo toma su verdadera dimensión. La de la claridad diáfana, que no ocurre todos los días. El invierno y sus componentes son una metáfora que va de la mano con esos monstruos. Hay dentro de todos nosotros algo monstruoso como estar infinitamente perdido. Porque desear es siempre estar perdido. Buscar una magia posible, mientras la forma nos fulmina. Es el deseo el que activa a las criaturas mitológicas. El que pone en marcha el impulso de la pasión creativa. Si no fuera por la magia no haríamos absolutamente nada. Engullidos por las bestias. Aplastados por la alineación de los planetas equivocados. A mí el deseo me intriga totalmente. Su puesta en marcha. Sus mecanismos. Lanzo nubes creadas con la máquina diseñada para tal efecto. Hacen figuras en el cielo que se transforman en especímenes amorfos de fuego. Escribir debiese ser exactamente como redactar música. Los cuerpos como pentagramas. Para recibir los acordes dulces. Las palabras voraces. Las frases de hierro que se vuelvan espuma al pronunciarlas. Pompas de jabón que se eleven al firmamento. Globos aerostáticos suspendidos en la estratósfera. Cada nota es una palabra, muchas palabras, una vida. Cada acorde una historia. Cada compás un llamado. Sólo me interesa captar lo que no veo a simple vista. Las formas del deseo. Cómo se instalan en la emoción. Cómo nos mantienen suspendidos en los aeroplanos de exaltación. Cómo se generan y hasta dónde pueden llegar. Deseo como una ocupación que me moviliza. Acerco la energía hacia mi fibra más íntima. Quiero llegar al núcleo del anhelo. Imitar sus movimientos para comprender. Desear es fulminar la forma para sentir su metamorfosis hacia la intuición de la música. La metáfora adecuada es la que despierta cada instinto. Todos los sentidos y la magia.
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