Los textos que componen este libro fueron escritos entre fines de enero y principios de mayo de 2023, en mi casa de Lyon, Francia. Mirando el río. Con un cisne anidando al lado. Los árboles poblándose nuevamente de hojas, más rápido de lo que podría pensarse. El tiempo pasa veloz, finalmente. Son textos sobre aspectos de nuestra fragilidad. Sobre la soledad, la muerte, el caos. Del amor no estoy segura, para nada. No lo busco, sólo lo observo. Busco el amor de una manera significativa, canta Christine & The Queens, así es que nunca dejo ir. Yo busco dejando de buscar. Observo, así como veo pasar a las personas por el camino a la orilla del río, a la altura del agua. Pasan junto a mi cisne. Tenemos un lazo ya. Él no lo sabe, pero yo estoy atenta desde aquí, estoy con él. Vigilo a los perros sin correa, a las personas descuidadas. Ha sido una experiencia compartir con él su espera. Admiro su paciencia, su atención al peligro. Cómo se organiza con su pareja. La manera cómo el nido ha ido creciendo. Sus rutinas. En secreto ensalzo su perseverancia. La actitud de escribir un libro es exactamente igual a la de ese cisne sentado en medio de ese conjunto de juncos. Encima de esos huevos que cargan pequeños pájaros de un color café-grisáceo que un día quizá surjan para planear sobre el agua, hasta perder todo atisbo de gris y convertirse en un blanco brillante como la nieve. Él no sabe de qué se tratan los libros, pero sabe que no puede moverse de ahí hasta que sea el momento. El gesto es el mismo. No parece, pero es la esencia del caos. La noción que desde la nada surge algo. Aunque no podamos saber exactamente qué en el momento que estamos en el nido tomando firme la pluma. No por nada se escribe con una pluma, como la que tiene el cisne en sus alas. Escribir es la posibilidad de transformar la soledad, la muerte, el caos, en alas. Sin saber bien para qué sirven, pero sabiendo que el sentido de todo está en esos trazos. Los duelos de un escritor se llevan a cabo escribiendo. Transformar la rabia de cada partida en literatura, es el mecanismo de duelo de un escritor. Los duelos los estamos haciendo siempre. Cuando la creación no tomó tal vez la forma que esperábamos. Cuando no nos quisieron con la intensidad que soñábamos. Cuando la presencia física de alguien se convirtió en recuerdo y estrella que guía. Se convirtió en tiempo para sentir esa ausencia y agradecer lo que no se llevó y quedó en nosotros como fragmentos que nos componen y nos permiten redactar todas esas cartas de amor que estaban en nosotros sin que nos diéramos cuenta. Sin saber la dimensión de esos conjuntos de fragmentos, y caer en cuenta en el silencio que lo poblaban todo. Que esos fragmentos son tan esenciales que esa persona es casi como si estuviese aún, vive en ti. Se manifiesta de tantas formas. Te das cuenta que finalmente eran como casi una misma cosa. Por eso es tan mágico. Porque la coincidencia es impresionante, en la manera de ver y de enfrentar la vida. Y te das cuenta que tenía sentido porque finalmente lo que sucede es que neutralizan la fragilidad, porque entonces ya no existe la soledad y la muerte. Ni siquiera el caos. Este había dejado de ser tal. Todo encontraba su lugar, su explicación, su razón de ser. Porque hacía que no existiera realmente la soledad, ponía en jaque su posibilidad. El hecho de encontrar un alma gemela es burlar la fragilidad, y convertirla en fuerza y en pasión creadora. Lo que nos salva es saber que hay alguien ahí afuera que entiende exactamente ese fuego que te habita que todo lo asola. Es saber que puedes ahogarte cuántas veces sea necesario, y que cada vez habrá un motivo que es superior a la inmersión misma, y la sobrepasa, creando algo, desde ese caos, tal vez infértil en apariencia. Por otra parte, es interesante el hecho de descubrir, que algunos fragmentos de esa persona están en otras personas que vas encontrándote, conociendo, aunque ellos mismos no lo hayan conocido, algo de ciertas personalidades, miradas, intenciones, intuiciones, están habitadas por un fragmento exacto, es sutil pero muy fascinante de ver. Nuestros fragmentos están repartidos por muchas personas, en apariencia quizá lejanas pero casi idénticos al fin de cuentas. Sólo que la combinación de fragmentos hace la unicidad. Pero yo puedo verlo espiritualmente en ciertas miradas, no sé si siempre estuvo ahí o llegó con posterioridad, pero por alguna razón aparecen ciertos ojos, cierta sonrisa, cierta manera de reír, que nos transporta metafísicamente a esa otra persona, como si se hubiese alojado ahí ese fragmento al partir. Entonces he caído en cuenta de la disolución de ciertas barreras que antes veía como reales. Como si ese estado de caos significara un gran tornado donde todo está confundido y desde donde todo nace, y toda esa organización en la que hemos gastado tanto tiempo forma parte del absurdo, es falsa. Vivimos en una organización de las cosas muy extraña, muy artificial en tantos aspectos, muy forzada. La experiencia de la muerte es definitiva. También la de la soledad y su carácter finalmente ficticio. Quizá por eso lo más potente son las experiencias, porque dejan al descubierto esa conexión, nublada a ratos por un entramado pesadísimo con el que cargamos y en tantas cosas es, si lo miramos bien, patético y fútil, apócrifo finalmente, creado a la fuerza e integrado a contrapelo. Hace unos días, una persona me comentó que, ante la pregunta a su padre, cuando era pequeño, de por qué había tantas personas nocivas, él le había contestado, hay muchas más personas amables, sólo que no figuran como los otros, por eso crees que son más, pero son una pequeña minoría. Para sostener el entramado, se da mucha importancia en lo visible, a lo torcido. Lo cual en muchos casos está muy bien. Pero siempre hay que mirar el plano completo. Por cada persona que destruye hay un cisne anidando que da amor y crea varios pequeños cisnes, o un escritor creando varios pequeños libros. El conjunto de todos esos gestos y fragmentos componen la Gran Obra: la creación en su estado puro, en su estado de caos. Donde estamos todos. La belleza son todas esas grandes obras que resisten al entramado y hablan en el nombre del amor. De la generosidad total. Para mí, al final, escribir, es algo místico, vivir en estado puro, en estado de caos, obviando el entramado, burlándose de él, de su falsedad, de su apariencia y simulación. Al final el entramado es un seductor barato, que obviando su seducción inmediata, dejándolo de lado derechamente, tiene cosas interesantes, pero hay que cansarse un poco para poder encontrarlas. Como pequeños fragmentos de un tesoro, esparcidos por todas partes. Para mí escribir es adentrarse en la aventura para ir identificando esos tesoros. Estar vivo es un placer. Un gozo, una oportunidad. Lo que nunca he dejado de intentar hacer es mirar a cada persona a los ojos. Ver aunque sea un pequeñísimo fragmento de su alma. Ese fragmento que me asombra, o me es familiar, o me hacer reír, o me emociona, ese fragmento que me hace ir más allá, y romper las barreras, cuando no son tales, que es casi todas las veces. Si todo acaba, estoy tranquila, porque sé que aprendí a amar. Y sé que la justicia es una noción real, y tiene la forma de la belleza. Su base es la libertad, que es lo que Aldo me enseñó, y por eso son para él estas palabras. Que fueron escritas desde el fuego y desde el caos, que es donde él vivía, y desde donde murió. La fertilidad total. Pequeños cisnes, que luego serán grandes, y un día se disolverán en la inmensidad, donde estamos todos. Estos textos son una recopilación de sus fragmentos, que componen el plano de la belleza completa.
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