3 de mayo de 2023

El espía

Tenía unos mecanismos muy sofisticados, parecía que había sido entrenado en algún lado. Como si formara parte de un servicio secreto. Me entregaba las instrucciones. Cuando pueda hablarte te voy a mandar un sol, decía, y luego, cuando ya no puedo hablar más, una luna. Como eso que uno puede poner en un hotel para que nadie toque tu puerta a una cierta hora. Quizá estuve de acuerdo porque me parecía como un juego. Pero no era tan divertido. A veces no respondía en todo el fin de semana. Cuando llegué al aeropuerto me mandaron a un hotel en cuarentena hasta que mi examen saliera negativo. Por descontado, como era del servicio secreto, logró entrar al hotel y llegar a mi habitación, burlando a las personas en la puerta. Llegó con una botella de whisky y un sistema para poder bailar, que consistía en audífonos y un computador, como una fiesta en un departamento donde no hay autorización para hacer ruido. Sólo le faltaron las pequeñas luces para colgar por las paredes. A pesar de sus métodos excéntricos, me divertían sus iniciativas. Me invitaba a bailar a su casa, conversábamos tomando whisky, era todo un escenario fantástico, lo pasábamos muy bien. Pero sólo podíamos estar en su casa, porque como era del servicio secreto no podía ser visto. Al menos, no conmigo. Las veladas terminaban al amanecer, sin excepción, y en su cama, indudablemente. No sé si su calidad de espía le permitía tal cercanía. En las mañanas preparaba un café muy rico y a veces pan con huevo revuelto, a esa hora todo era siempre muy borroso y nunca estaba segura si el servicio secreto iba a permitirle otra velada, no daba información por adelantado, sólo compartía algunas investigaciones, era muy reservado, supongo que su trabajo no le permitía extenderse sobre ciertos asuntos. El viaje de vuelta en el auto se sentía siempre como si me hubiesen dado un mazazo en la cabeza, era la noción cierta de la imposibilidad de asir la vida por el cuello, o por la cintura, o por alguna otra parte del cuerpo, en el caso de tener un cuerpo la vida. ¿Dónde estoy?, me decía a mí misma, qué son estas veladas fuera del tiempo, cuál es la consistencia de la noche, qué significan los signos que entrega el azar, cuál es el ritmo de los compases que están fuera de la realidad, al final, yo estaba incorporada a su existencia de espía, había algo real y algo falso en aquellas reuniones. Yo que venía de la muerte, me devolvieron a la vida, pero al mismo tiempo, lidiar con un espía no era fácil, había muchas interrogantes, temas no resueltos, cabos sin atar, confusiones, como estar en una pieza llena de humo y copas que se entrechocan, música envolvente y definitiva pero directo al precipicio. Un par de veces, para celebrar su cumpleaños y otros eventos, nos expusimos a la luz, no sé por qué a veces estaba permitido, me llevó a un lugar a bailar, en el suelo cuadrados que cambiaban de color, barras como de pole dance, como un ambiente disco de otra época, le hablaba a desconocidos y desconocidas, no sé si les daba mensajes en clave, todo era misterio, yo lo observaba y me divertía, me recordaba otras épocas lejanas, cuando todavía no era un espía, el tiempo tiene la capacidad de unirnos en lazos que ya no podemos separar. En otra ocasión me llevó a un gran parque, nos sentamos en el césped a hablar de qué ocurría con su servicio secreto y de cuál era la forma del presente, que no era en realidad ninguna, era un presente sin forma, una sola masa de colores y de sombras negras, nombres ininteligibles, una presencia-ausencia como la mayor paradoja, algo muy difuso, que a ratos te ahogaba y a ratos te daba la idea de que volver a vivir era posible. Como era de esperarse, dada su calidad de espía, la historia terminó muy mal. Teñida de una irrealidad que daba miedo, el baile y el whisky parecía un sueño, a veces apasionado y etéreo, y a veces oscuro como la noche más oscura. Caí en cuenta que su trabajo no tenía nada de divertido. Arriesgaba su vida y su integridad en cada vuelta. No sé si él era realmente consciente. Había algo muy vertiginoso en su encuentro, extremadamente polar, como si fuera a revelarse el sentido de la existencia como algo fugaz y profundo, y luego como algo sin ningún sentido y de un absurdo galopante. Por supuesto quedé a la intemperie luego de tales veladas oníricas y corrosivas, no había forma de salir indemne. Quedé sumida en una perplejidad muy extraña, sin saber si echar a correr lo más rápido posible y olvidarlo todo o intentar comprender algo. Resolví que la vida de espía era demasiado misteriosa para intentar entender algo, opté por invitarlo a tomar una distancia indefinida. Meses después sucedió lo inesperado, su extensión y némesis fue derribado mientras piloteaba un avión. El círculo invencible se cerraba. ¿Qué sería ahora de nosotros? Sabía que por su trabajo su existencia también estaba en riesgo. Me quedé observando el reflejo de la luna en el agua, noche tras noche en el viento cálido. Tomé la radio y apretando el botón, hice llegar mi voz desde mi desierto al suyo, y le pedí: no partas tú, por favor. 

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