Todo va tranquilo, y de pronto un día: caer a la fosa. Nada en ese día tiene sentido, todo sale mal. Es una sensación, propiciada por las hormonas. No hay manera de salir de la fosa. Hay que pasar el día dentro, intentando hacer los malabarismos necesarios lo mejor que se pueda. La fosa va con uno, es móvil. Si tienes la suerte de identificarla, el día puede ser un poco más apacible. Así y todo hay que saber que habrá al menos un día al mes dentro de la fosa. Donde no es posible escalarla para salir. Sólo queda saber la causa y sortear las horas con gracia. En ese día todo esfuerzo parece fútil, toda actividad, odiosa. Lo que antes era fantástico pierde totalmente el atractivo. Para qué intentarlo. A la mínima señal, las ansias son de llorar, de tristeza o de emoción aguda. Todo es serio, nostálgico y desgarrador. Es una mierda en verdad. Yo me ahorraría el proceso encantada. Luego la sangre, otro problema. Ocurre tan seguido que una ya está acostumbrada. No todas las personas lo afrontan de manera resuelta. Como si fuese un error de uno. Una elección equivocada. Un destino escogido. Luego todo el asunto, repetido hasta el infinito. Como la ropa por lavar o la aspiradora por pasar. La existencia está plagada de repeticiones contra las cuales es imposible luchar. Sólo queda afrontarlas con valentía y determinación. Y en el caso de la fosa, que nadie resalte que estás dentro, porque el abatimiento pasa a ser total.
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