Si vamos a hablar de derechos humanos, en los
tiempos de hoy, no nos queda más remedio que hablar de literatura. Yo quise
estudiar literatura, pero se volvía académico el asunto. Yo quería la experiencia
humana, la reflexión acerca de la experiencia humana. Me fui maravillada, pero
también decepcionada, o con la certeza de que no era eso lo que buscaba. Quiero
decir, me quedé con libros que me cambiaron la vida, que siguen asombrándome,
por lo que agradecí el recorrido, además de la vivencia humana de intercambio
en la misma pasión y el hecho de profundizar, pero no podía seguir por ese
camino.
El camino es leer y escribir libros. Es el único
camino. Para estos efectos, claro. Porque jamás, jamás, hay un único camino. La
experiencia de la lectura y de la escritura, además de, por supuesto, y de
manera inexorable, el encuentro cara a cara, mirada a mirada, la concurrencia
frente a frente, sin barreras, el tropiezo con todo eso que nos asombra y que
nos permite saber qué es habitar el espacio y llevar adelante la existencia.
Sin simulacros, y sin sucedáneos.
El sol y la luna directo a nuestro cuarto propio,
donde guardamos con cariño todo eso que nos importa, lo vamos dejando en
estantes, con obnubilación, con agradecimiento, sabiendo que estamos
constituidos por tanto, infinito, por pequeños detalles inmensos, que abren un
universo, que se expanden en millares de puertas, una experiencia que
encontramos con los otros, y con los libros. Con la literatura, porque sólo
ella condensa todas las geografías, y toda la justicia. La generosidad y la
libertad total. La estadía en la tierra con algún sentido, pero no cualquiera.
Uno dentro de ella misma. Uno que no olvide quienes somos. De dónde venimos, y
hacia donde iremos algún día. Hacia donde estamos yendo todo el tiempo. Dónde
estamos. Ahora.
La literatura es ahora. La literatura es todos
los pianos del mundo tocando al mismo tiempo, la quintaesencia de la vida. La
literatura es la invitación a habitar juntos. Es la ineludible certeza de que
todos los pianos suenan al mismo tiempo. Es la única vida plenamente vivida,
como dijo Proust. Es el placer de amar. Una razón para vivir, y al mismo
tiempo, volar, con los pies bien, bien anclados en la tierra. Lo que quiere
decir mirando quien soy (somos). Aquella vida que no puede ser desmembrada,
desarticulada y reducida a esquemas o fórmulas, sin desaparecer, como dijo
Vargas Llosa.
Los humanos crean libros, mostrando sus cuartos
propios, para ampliar los horizontes de los otros. Y los suyos propios, porque
luego viene la experiencia de la lectura, y esa interacción es compartir la
tierra. La única manera que tenemos de sobrevivir. Pero más valdría vivir, y
para eso tenemos que leer. Y hablar honestamente. No desde la especialización
sino desde la integridad. Esa complejísima suma de verdades contradictorias de
que está hecha la condición humana, como dijo Berlin. Leer, y por lo tanto
hablar bien, significa estar mejor preparado para vivir. De una manera subrepticia,
las palabras reverberan en todos los actos de la vida, aún en aquellos que
parecen muy alejados del lenguaje, como dijo Vargas Llosa. Pensar, enseñar,
aprender, dialogar, fantasear, soñar, sentir, emocionarse. En un mundo
aliterario, dice Vargas Llosa, el amor y el goce serían indiferenciables de los
que sacian a los animales, no irían más allá de la cruda satisfacción de los
instintos elementales: copular y tragar.
Pero volvamos a ese cuarto propio. A
esas cinco o diez obras que elegimos como composición de nuestra alma. Que cada
uno eligió, elige, va eligiendo. Subrayadas con devoción y optimismo. Esas
intemperies que hacemos nuestras, para poblar la nuestra propia.
Ese conjunto de bellas intemperies; El Thinking without a bannister (Denken ohne Geländer) de Hannah Arendt;
El Escribir fuera de la ley de Roberto
Bolaño; El Y si llegara a olvidar, ¿cómo
haría para vivir? de María Luisa Bombal; El Ne pas oublier ce silence et le faire retentir de Albert Camus; Esos
Análisis musicales, psicológicos y
razones profundas de Julio Cortázar; El Vivre
penché et sans balustrade de Gustave Flaubert; El Dans le réel de Michel Houellebecq; El L’optimisme, ma
fantasmagorie la plus intime de
Jean-Paul Sartre; El Inventar ficciones
para ejercer la libertad de Mario Vargas Llosa; Ese A poet's heart caught in a woman's body de Virginia Woolf.
Esa intemperie contenida en el estante donde
están ellos, o nosotros en una silla, y ellos, en los libros alrededor, esa silla
rodeada por The Human Condition, 2666, La
última niebla, La chute, Rayuela,
L’Éducation Sentimentale, Soumission, Les mots, La Fiesta del Chivo,
A Room of One’s Own.
Esas intemperies que hacemos nuestras, que
explican, que dialogan, comparten un trago y hacen el amor con nuestra propia
intemperie, eso, sólo eso, es suficiente para vivir.
Diremos que la literatura es creación y acción. Diremos
que la literatura, que vive en la intemperie, siempre, es lo que nos permite
crear algo nuevo, y nos moviliza a cambiar lo injusto, a hacer surgir nuevas
iniciativas ahí donde antes no había nada. Digamos entonces que necesitamos de
la intemperie, que necesitamos de las otras y de la nuestra. Que necesitamos ser la intemperie, que no es otra cosa
que saber que necesitamos leer y escribir, y que eso, sólo eso, es suficiente
para vivir. En el sentido pleno o cabal de la palabra. Vivir.
Al fin y al cabo, la literatura es poder ser todo
eso que quisiéramos ser, pero no podemos realmente, o creemos que no podemos, o
creíamos. Es darnos cuenta de nuestro potencial, y de nuestras limitaciones, o
de nuestra conciencia expandida y de nuestro miedo, lo que se parece mucho, es
casi idéntico, a la intemperie. Suficiente para existir. Suficiente para Vivir.
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