Es extraño, cuando me reencontré con mi primer amor, después de diez
años, o más, conversamos brevemente, porque llegó su novia, o parecía serlo, y
lo agarró de la mano y se lo llevó lejos, como que presintiera que esa
conversación amenazaba algo, una intuición de desastres. Lo significativo de
esta historia es que meses más tarde él murió. Ella pudo salvarlo de otras
mujeres, pero lo que nunca pensó, es que sería la muerte quien se lo
arrebatase. La vida a veces es una putada. Y yo lo único que quería era volver
a verlo. La vida es una putada. Lo fue para ella, y lo fue para mí. Ahora compartimos
ese destino, ya no incierto, sino firme, como un ladrillo, inexorable. Un cierre
inesperado.
Por la fuerza de las circunstancias todo está cerrado, y yo nunca,
nunca, quería renunciar a volver a encontrarme con él. Fue demasiado bueno para
acabarse. Quizá por eso. El idilio interrumpido en su punto máximo. Una promesa
de paraíso por extenderse, que luego se arrepiente, duda, que se desvanece,
pero escapándose, no desintegrándose totalmente. Lo que queda es ir a buscarla,
porque ahí, en algún lugar, está disponible, esperando, esperando. No puedo
hacerme la idea. Y estuvimos tan cerca de reencontrarnos. Irónico destino, pero
al mismo tiempo, una confirmación de que seguíamos conectados, porque yo entré
a ese lugar donde él estaba, luego de insistir a mis amigas, que querían ir a
otro lado. Yo sabía, ese sexto sentido que tengo, que debía entrar. Despedirme
de él por última vez. Al menos cerrar ese círculo que nunca terminó de cerrarse,
y con el que siempre fantaseé. Estuvo mal que murieras, todavía había cosas que
hablar. Nos habríamos encontrado aquí. Por qué partir, por qué.
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