(Textos para la iluminación, 2010)
La pérdida de la
libertad en Kawabata, García Márquez y Bolaño. Inconciencia, vejez, enfermedad y
violencia. Reflexiones y conversaciones imaginarias entre Eguchi, Simón Bolívar
y el Ojo Silva.
(Inspirado en La casa de las bellas
durmientes, de Yasunari Kawabata; El
general en su laberinto, de Gabriel
García Márquez; y “El Ojo Silva”, en Putas asesinas, de Roberto Bolaño.)
Reflexioné unas horas sobre
el hilo conductor que uniría los tres relatos escogidos, y pensé, ¿por qué no
pueden dialogar los textos? Y fui más allá, ¿por qué no podrían quizá dialogar
sus protagonistas? Hacer que las reflexiones aparezcan desde ellos mismos, y
luego incluso podrían compartir sus pensamientos. Fusionar en un solo relato
las visiones de los tres, mediante una temática definida. Aspectos que los
mantienen intranquilos. Dudas que quieren solucionar, tensiones personales,
angustias que cargan.
La idea resultaba desafiante y emprendí camino, sin seguridad de
llegar a puerto, pero con la convicción de querer aceptar el reto.
A
veces la senda es monótona, lo interesante es darle un giro, varias vueltas, encontrar
nuevas combinaciones, y definitivamente inusitadas perspectivas. Si no se salta
a la piscina, no es posible recoger lo que está en el fondo. ¿Si no me sumerjo,
como podré estar segura que en el fondo del mar no hay un tesoro? Decidí
intentarlo, parece ser la única forma. Antes de que me aplastaran las horas de
divagaciones. Dije: manos a la obra.
Esto es lo que
resultó, y nadie afirma que sirva para algo, pero lo interesante es el desafío,
de saltar a esa piscina. De ir más allá. Existen reglas, pero a veces se ven
más claras si se omiten. Se entienden mejor. La razón de su existencia. La
posibilidad de crear nuevas reglas. El objetivo de aprender. Dije: los
personajes deben encontrarse. Compartir desazones, incertezas. Debido al estado
en que encuentran, es el momento que puedan expresarse. Tienen mucho que decir.
Sobretodo sacar afuera ese miedo. Comunicarlo.
Bien, entonces toman
aviones, o barcos, lo que les sea posible, y se encuentran. No es una cita
concertada. Están nerviosos. Eguchi le teme a la muerte. El general combate la
enfermedad, y el Ojo Silva huye de la violencia.
Entonces se produce el momento del encuentro. Es otoño, caen las
hojas, hay un fuerte viento. Pero el resto de la escena está quieta, se siente
una suerte de congelamiento del alma.
El lugar exacto del encuentro no lo recuerdo. Debió ser hace mucho
tiempo que oí esta historia. Es una posada, eso lo recuerdo.
Eguchi es el primero en
llegar. Una posada con prostitutas, soldados y niños castrados. Parece una idea
terrorífica, pero no es real. No hay tales personas en la posada. Es la
imaginación de Eguchi, que lo lleva a recrear esas escenas. Se sienta en la
sala de la entrada, hay un par de sillones, desteñidos. Una señora se le
acerca, le indica que debe esperar. Por la puerta aparece el general. “Vaya que
si hay viejos peor que yo”, piensa Eguchi. “Buenos días”, saluda el general,
sin mucha devoción. Se sienta a un lado de Eguchi, sin mirarlo. El silencio se
prolonga. “Daría mi vida por un vaso de agua”, piensa el general.
Luego de un par de horas,
están situados frente a frente en un restaurante barato. “Me alegro que haya
querido venir, a nadie le hace mal un poco de compañía”.
No sabemos si esto lo dice el general o Eguchi, pero estamos ciertos
que están ahí, a causa de la invitación de uno de los dos. Deben parecer una
pareja peculiar, porque un extraño se les acerca, para solicitarles el poder
hacerles una fotografía. Claro, un japonés de barba blanca, y un ex militar a
mal traer. Deben de llamar la atención. El fotógrafo se presenta. “Me llamo
Mauricio Silva, y soy fotógrafo, estoy aquí por un reportaje que me han
encomendado, y debo retratar turistas”, dijo, y pensó justo a continuación, “o
escenas extrañas como ésta”.
Lo invitan a tomar asiento. Ordenan otra ronda de jugos de fruta. “En
realidad es un reportaje sobre las migraciones”, explica. Él mismo es un
migrante, no ha parado de moverse desde que tiene memoria. Le agrada la idea en
ese momento de conversar con dos seres tan particulares, así es que le surge preguntarles
por las razones de sus viajes.
“La muerte está determinada a alcanzarme, así es que huyo siempre que
puedo. Así no veo mi vejez tan de frente. Estrujo la vitalidad que me queda,
tan pronto me despiste se irá de mi lado”. Luego de su declaración, Eguchi tomó
un sorbo de jugo. “Yo no moriré nunca”, replicó el general, “Al menos hasta que
América sea una sola. No escapo de la muerte, porque la llevo dentro, hace
tiempo que nos hicimos amigas.”
El Ojo Silva intentó
disimular su fascinación, no todos los días se conocía a personajes tan
especiales. “Yo intento huir, pero nunca, ni una sola vez, he podido escapar de
la violencia. Podría decirse que es el destino de los latinoamericanos que
nacimos en los cincuenta. Llevo años trasladándome, pero me queda la sensación
de haber dado vueltas en espiral, ya que la violencia me ha encontrado en todos
lados.”
Se produjo un silencio, y el Ojo no pudo contenerse y comenzó a
llorar, con una especie de sollozo entrecortado. Por alguna extraña razón se
sintió en confianza con estos dos señores mayores que lo miraban y no tuvo
vergüenza de su llanto. Entonces comenzó a explicar, sin que nadie le
preguntara nada. Llevo años llorando, decía. No sé como sacarme esto de encima.
Quizá sea el momento de contarlo, decía, a ustedes, que por algo han aparecido
en este día de manera tan rara. Pero lo que les voy contar si es que raro.
Alguna vez tuve yo una
vida. Pero la perdí. Y con ella se fue todo lo que me importaba. Ahora no me
quedan demasiadas esperanzas, un vaso de jugo puede serlo todo. Sucedió en
India, años atrás. Tuve dos hijos, a uno lo castraron, al otro no. Yo quería
protegerlos, ser una madre, cuidarlos. Pero se los llevó la peste. No pude
defenderlos. Fracasé. Una cárcel, una gran prisión, eso es lo que siento. Una
sentencia a cadena perpetua. Por no haberlos podido resguardar del mal, de la
muerte. Vivo una pesadilla, un calvario, quizá esa palabra puedo acercarse,
pero es difícil describirlo. No puedo perdonarme, y esa es mi celda. Mi alma
está estrangulada, y el dolor ha cerrado todas mis puertas. Quise salvarlos del
infierno, y los envié a la quietud última. No fue mi intención, pero lo hice.
No puedo declararme inocente, porque la verdad es que fracasé. Están muertos, y
yo vivo una mutilación del sentido de existir. El sentido de mi vida está
castrado, cortado antes de tiempo. Mi mente está castrada, ya no puede
recuperarse. Sólo quiero escapar. Hago retratos, pero están vacíos. Las
migraciones me dan igual, porque no puedo escapar a la mutilación de la que fui
víctima. Ellos murieron, y yo con ellos dejé de existir para convertirme en
espectro.
Los espectadores están un poco sobresaltados. No esperaban tal
profusión. Nunca han estado en la
India. No conocían esa práctica bárbara. Se miran, el Ojo
llora.
Eguchi, confiesa, estoy aquí porque la estrangulé. Estaba dormida, tan
profundamente que no podía despertarse con nada, ni aunque hubiese querido
despertarla hubiese podido. Era una droga, estoy seguro, pero no sé cual. Debe
haber sido muy fuerte porque ni siquiera volvió en sí cuando apreté su cuello
hasta que dejó de respirar. Estábamos desnudos, pero no era lo que imaginan,
sólo dormíamos. La maldita vejez tuvo la culpa, no pude soportarlo. Estaba ella
ahí, imaginen, era joven, hermosa, virgen, y no pude tener una erección. Lo
intenté durante horas, pero no hubo forma. Todo estaba absolutamente inmóvil,
la muchacha, la habitación, la vida, que ni siquiera me hice consciente de lo
que estaba provocando. La muerte y la vida se cruzaron. Fueron una y lo mismo por
un rato que no podría precisar su extensión. Entonces vino la sensación del
cautiverio. Entiendo bien de lo que hablas, Mauricio, esa maldita sensación del
presidio, de la inutilidad, del fin del libre albedrío, del ocaso de las
capacidades. Entonces la estrangulé, la prisión y la muerte fueron una. La
muerte era el fin de la prisión, más bien era eso. Esa muerte era la señal de
una vida que todavía podía ser. El haberla aniquilado me entregaba aún un poco
de vida. Fue un sacrificio que ella hizo sin proponérselo. La obligué a
liberarme de mi infelicidad, y ahora estoy aquí, huyendo. Soy un asesino. Un
fugitivo de la vida. La vida es muerte para mí, así es que no quiero que me
encuentre. Mi vida, así como estoy, viejo, y cubierto de sangre, sólo sirve para
vagar, sin destino definido.
Al general se le escapó un pequeño grito, abrumado por la historia, o
por el retortijón que sintió en el estómago, y que le obligó a bajar un poco la
cabeza y encorvar la espalda. Yo en cambio, no moriré nunca, dijo. La enfermedad
ha querido eliminarme, botarme para siempre a una cama, pero yo he sido más
fuerte. Vine a este mundo a una misión, y no me iré sin antes consumarla. Este
continente, se ha manchado una y otra vez de sangre hermana. Nos hemos matado
unos a otros, siendo parte de una misma familia. Debemos unirnos, y disfrutar
de esta tierra que nos pertenece. Fin a las fronteras americanas. Bienvenida
unión latinoamericana. En unos días dejaré este pueblo y seguiré luchando. Los
que creyeron que un simple catarro me detendría están equivocados. Seguiré
adelante y llegaré más lejos que nunca. Siguió con su arenga sin notar la cara
de alarma del resto de los comensales, ya no le oían, veían su cara adquirir un
color cada vez más amarillo. Luego pasó al verde, proseguía con su proclama, a
continuación azul, salían y salían palabras de victoria y libertad, “y mañana
mismo los derrotaré”. Fueron sus últimas palabras. De manera fulminante, la
enfermedad lo conquistó, usurpándole sus últimos respiros de vida, y una
infinita cantidad de luchas pendientes, de modo tan repentino, que ni Eguchi ni
el Ojo alcanzaron a decir ni hacer nada.
Lo sostuvieron, entre
los dos, sin mucho esfuerzo, su cuerpo estaba malogrado, y la delgadez era
extrema. Quisieron escapar, como siempre lo habían hecho, pero era imposible.
Lo sabían, pero ahora volvían a sentirlo en carne propia. Era el gran
cautiverio, esperando por ellos en cualquier rincón del planeta. La gran
carcajada de la inconsciencia, la vejez, la enfermedad y la violencia, aliadas
con la ubicuidad y el encierro. La muerte los perseguiría hasta encontrarlos.
Ahora la tenían ahí entre las manos. El cuerpo inerte, esperando algo,
esperando el vacío. La risa de la cárcel del espíritu, invadiéndolo todo.
Invadiendo a la muchacha estrangulada, al niño castrado, al que no había
alcanzado a ser castrado, a los hijos muertos, al general inerme, todo
fusionado en un gran estertor final.
¡Cómo saldremos de este laberinto!
Las lágrimas brotaron solas.
Caminaron de vuelta a la posada,
esperando desaparecer.
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