2 de marzo de 2016

La pérdida de la libertad en Kawabata, García Márquez y Bolaño. Inconciencia, vejez, enfermedad y violencia. Reflexiones y conversaciones imaginarias entre Eguchi, Simón Bolívar y el Ojo Silva.

(Textos para la iluminación, 2010)

La pérdida de la libertad en Kawabata, García Márquez y Bolaño. Inconciencia, vejez, enfermedad y violencia. Reflexiones y conversaciones imaginarias entre Eguchi, Simón Bolívar y el Ojo Silva.

(Inspirado en La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata; El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez; y “El Ojo Silva”, en Putas asesinas, de Roberto Bolaño.)


      Reflexioné unas horas sobre el hilo conductor que uniría los tres relatos escogidos, y pensé, ¿por qué no pueden dialogar los textos? Y fui más allá, ¿por qué no podrían quizá dialogar sus protagonistas? Hacer que las reflexiones aparezcan desde ellos mismos, y luego incluso podrían compartir sus pensamientos. Fusionar en un solo relato las visiones de los tres, mediante una temática definida. Aspectos que los mantienen intranquilos. Dudas que quieren solucionar, tensiones personales, angustias que cargan.
La idea resultaba desafiante y emprendí camino, sin seguridad de llegar a puerto, pero con la convicción de querer aceptar el reto.
                             A veces la senda es monótona, lo interesante es darle un giro, varias vueltas, encontrar nuevas combinaciones, y definitivamente inusitadas perspectivas. Si no se salta a la piscina, no es posible recoger lo que está en el fondo. ¿Si no me sumerjo, como podré estar segura que en el fondo del mar no hay un tesoro? Decidí intentarlo, parece ser la única forma. Antes de que me aplastaran las horas de divagaciones. Dije: manos a la obra.
                  Esto es lo que resultó, y nadie afirma que sirva para algo, pero lo interesante es el desafío, de saltar a esa piscina. De ir más allá. Existen reglas, pero a veces se ven más claras si se omiten. Se entienden mejor. La razón de su existencia. La posibilidad de crear nuevas reglas. El objetivo de aprender. Dije: los personajes deben encontrarse. Compartir desazones, incertezas. Debido al estado en que encuentran, es el momento que puedan expresarse. Tienen mucho que decir. Sobretodo sacar afuera ese miedo. Comunicarlo.
      Bien, entonces toman aviones, o barcos, lo que les sea posible, y se encuentran. No es una cita concertada. Están nerviosos. Eguchi le teme a la muerte. El general combate la enfermedad, y el Ojo Silva huye de la violencia.
Entonces se produce el momento del encuentro. Es otoño, caen las hojas, hay un fuerte viento. Pero el resto de la escena está quieta, se siente una suerte de congelamiento del alma.
El lugar exacto del encuentro no lo recuerdo. Debió ser hace mucho tiempo que oí esta historia. Es una posada, eso lo recuerdo.
      Eguchi es el primero en llegar. Una posada con prostitutas, soldados y niños castrados. Parece una idea terrorífica, pero no es real. No hay tales personas en la posada. Es la imaginación de Eguchi, que lo lleva a recrear esas escenas. Se sienta en la sala de la entrada, hay un par de sillones, desteñidos. Una señora se le acerca, le indica que debe esperar. Por la puerta aparece el general. “Vaya que si hay viejos peor que yo”, piensa Eguchi. “Buenos días”, saluda el general, sin mucha devoción. Se sienta a un lado de Eguchi, sin mirarlo. El silencio se prolonga. “Daría mi vida por un vaso de agua”, piensa el general.
      Luego de un par de horas, están situados frente a frente en un restaurante barato. “Me alegro que haya querido venir, a nadie le hace mal un poco de compañía”.
No sabemos si esto lo dice el general o Eguchi, pero estamos ciertos que están ahí, a causa de la invitación de uno de los dos. Deben parecer una pareja peculiar, porque un extraño se les acerca, para solicitarles el poder hacerles una fotografía. Claro, un japonés de barba blanca, y un ex militar a mal traer. Deben de llamar la atención. El fotógrafo se presenta. “Me llamo Mauricio Silva, y soy fotógrafo, estoy aquí por un reportaje que me han encomendado, y debo retratar turistas”, dijo, y pensó justo a continuación, “o escenas extrañas como ésta”.
Lo invitan a tomar asiento. Ordenan otra ronda de jugos de fruta. “En realidad es un reportaje sobre las migraciones”, explica. Él mismo es un migrante, no ha parado de moverse desde que tiene memoria. Le agrada la idea en ese momento de conversar con dos seres tan particulares, así es que le surge preguntarles por las razones de sus viajes.
“La muerte está determinada a alcanzarme, así es que huyo siempre que puedo. Así no veo mi vejez tan de frente. Estrujo la vitalidad que me queda, tan pronto me despiste se irá de mi lado”. Luego de su declaración, Eguchi tomó un sorbo de jugo. “Yo no moriré nunca”, replicó el general, “Al menos hasta que América sea una sola. No escapo de la muerte, porque la llevo dentro, hace tiempo que nos hicimos amigas.”
      El Ojo Silva intentó disimular su fascinación, no todos los días se conocía a personajes tan especiales. “Yo intento huir, pero nunca, ni una sola vez, he podido escapar de la violencia. Podría decirse que es el destino de los latinoamericanos que nacimos en los cincuenta. Llevo años trasladándome, pero me queda la sensación de haber dado vueltas en espiral, ya que la violencia me ha encontrado en todos lados.”
Se produjo un silencio, y el Ojo no pudo contenerse y comenzó a llorar, con una especie de sollozo entrecortado. Por alguna extraña razón se sintió en confianza con estos dos señores mayores que lo miraban y no tuvo vergüenza de su llanto. Entonces comenzó a explicar, sin que nadie le preguntara nada. Llevo años llorando, decía. No sé como sacarme esto de encima. Quizá sea el momento de contarlo, decía, a ustedes, que por algo han aparecido en este día de manera tan rara. Pero lo que les voy contar si es que raro.
Alguna vez tuve yo una vida. Pero la perdí. Y con ella se fue todo lo que me importaba. Ahora no me quedan demasiadas esperanzas, un vaso de jugo puede serlo todo. Sucedió en India, años atrás. Tuve dos hijos, a uno lo castraron, al otro no. Yo quería protegerlos, ser una madre, cuidarlos. Pero se los llevó la peste. No pude defenderlos. Fracasé. Una cárcel, una gran prisión, eso es lo que siento. Una sentencia a cadena perpetua. Por no haberlos podido resguardar del mal, de la muerte. Vivo una pesadilla, un calvario, quizá esa palabra puedo acercarse, pero es difícil describirlo. No puedo perdonarme, y esa es mi celda. Mi alma está estrangulada, y el dolor ha cerrado todas mis puertas. Quise salvarlos del infierno, y los envié a la quietud última. No fue mi intención, pero lo hice. No puedo declararme inocente, porque la verdad es que fracasé. Están muertos, y yo vivo una mutilación del sentido de existir. El sentido de mi vida está castrado, cortado antes de tiempo. Mi mente está castrada, ya no puede recuperarse. Sólo quiero escapar. Hago retratos, pero están vacíos. Las migraciones me dan igual, porque no puedo escapar a la mutilación de la que fui víctima. Ellos murieron, y yo con ellos dejé de existir para convertirme en espectro.

Los espectadores están un poco sobresaltados. No esperaban tal profusión. Nunca han estado en la India. No conocían esa práctica bárbara. Se miran, el Ojo llora.

Eguchi, confiesa, estoy aquí porque la estrangulé. Estaba dormida, tan profundamente que no podía despertarse con nada, ni aunque hubiese querido despertarla hubiese podido. Era una droga, estoy seguro, pero no sé cual. Debe haber sido muy fuerte porque ni siquiera volvió en sí cuando apreté su cuello hasta que dejó de respirar. Estábamos desnudos, pero no era lo que imaginan, sólo dormíamos. La maldita vejez tuvo la culpa, no pude soportarlo. Estaba ella ahí, imaginen, era joven, hermosa, virgen, y no pude tener una erección. Lo intenté durante horas, pero no hubo forma. Todo estaba absolutamente inmóvil, la muchacha, la habitación, la vida, que ni siquiera me hice consciente de lo que estaba provocando. La muerte y la vida se cruzaron. Fueron una y lo mismo por un rato que no podría precisar su extensión. Entonces vino la sensación del cautiverio. Entiendo bien de lo que hablas, Mauricio, esa maldita sensación del presidio, de la inutilidad, del fin del libre albedrío, del ocaso de las capacidades. Entonces la estrangulé, la prisión y la muerte fueron una. La muerte era el fin de la prisión, más bien era eso. Esa muerte era la señal de una vida que todavía podía ser. El haberla aniquilado me entregaba aún un poco de vida. Fue un sacrificio que ella hizo sin proponérselo. La obligué a liberarme de mi infelicidad, y ahora estoy aquí, huyendo. Soy un asesino. Un fugitivo de la vida. La vida es muerte para mí, así es que no quiero que me encuentre. Mi vida, así como estoy, viejo, y cubierto de sangre, sólo sirve para vagar, sin destino definido.

Al general se le escapó un pequeño grito, abrumado por la historia, o por el retortijón que sintió en el estómago, y que le obligó a bajar un poco la cabeza y encorvar la espalda. Yo en cambio, no moriré nunca, dijo. La enfermedad ha querido eliminarme, botarme para siempre a una cama, pero yo he sido más fuerte. Vine a este mundo a una misión, y no me iré sin antes consumarla. Este continente, se ha manchado una y otra vez de sangre hermana. Nos hemos matado unos a otros, siendo parte de una misma familia. Debemos unirnos, y disfrutar de esta tierra que nos pertenece. Fin a las fronteras americanas. Bienvenida unión latinoamericana. En unos días dejaré este pueblo y seguiré luchando. Los que creyeron que un simple catarro me detendría están equivocados. Seguiré adelante y llegaré más lejos que nunca. Siguió con su arenga sin notar la cara de alarma del resto de los comensales, ya no le oían, veían su cara adquirir un color cada vez más amarillo. Luego pasó al verde, proseguía con su proclama, a continuación azul, salían y salían palabras de victoria y libertad, “y mañana mismo los derrotaré”. Fueron sus últimas palabras. De manera fulminante, la enfermedad lo conquistó, usurpándole sus últimos respiros de vida, y una infinita cantidad de luchas pendientes, de modo tan repentino, que ni Eguchi ni el Ojo alcanzaron a decir ni hacer nada.
Lo sostuvieron, entre los dos, sin mucho esfuerzo, su cuerpo estaba malogrado, y la delgadez era extrema. Quisieron escapar, como siempre lo habían hecho, pero era imposible. Lo sabían, pero ahora volvían a sentirlo en carne propia. Era el gran cautiverio, esperando por ellos en cualquier rincón del planeta. La gran carcajada de la inconsciencia, la vejez, la enfermedad y la violencia, aliadas con la ubicuidad y el encierro. La muerte los perseguiría hasta encontrarlos. Ahora la tenían ahí entre las manos. El cuerpo inerte, esperando algo, esperando el vacío. La risa de la cárcel del espíritu, invadiéndolo todo. Invadiendo a la muchacha estrangulada, al niño castrado, al que no había alcanzado a ser castrado, a los hijos muertos, al general inerme, todo fusionado en un gran estertor final.
¡Cómo saldremos de este laberinto!
Las lágrimas brotaron solas.

            Caminaron de vuelta a la posada, esperando desaparecer.


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