Amado Hugo. Mi alma es un carroussel vacío en el crepúsculo, como escribió Neruda, en el libro que me regalaste, firmado de su puño y letra. El libro que la Charo y tú me regalaron y tengo en la entrada de mi casa, junto con mis tesoros y fotografías de mis compañerxs de ruta que ya partieron. Tengo una pena negra. Adorado Hugo, amigo del alma, compañero de grandes aventuras, cineasta y músico preferido, testigo de mi matrimonio, y de mi vida, lector atento, amoroso y entusiasta de mi literatura. Sabio y delicado. Amable y creativo. El mundo era belleza desde tus ojos. Isla Negra no será lo mismo sin ti. Tu música y tus documentales me transformaron. Tu compañía, tu voz, tus historias, tus comentarios, tu cariño infinito. Soy tu admiradora absoluta y la amiga agradecida que disfrutó siempre tu energía y tus palabras, tu arte, tu calma, tu mirada sutil de todo lo que nos rodeaba. Tu agudeza, tu tranquilidad. Charo Cofré, Hugo Arévalo, las luces que iluminan mi camino. Que van conmigo a cada paso. Gracias por todo, por esa amabilidad sin fronteras, por ese cariño sin obstáculos. Te dejo anotado aquí ese poema de Neruda que elegiste para que leyéramos juntos, de ese libro firmado por él en 1932 que dejaste en mis manos. Al final del poema anotaste en lápiz grafito: maravilloso. Así fue tu pasada por esta tierra: maravillosa. Simplemente maravillosa. Gracias. En el último viaje a la Isla Negra estuvimos escuchando tu disco de guitarrón que me gusta tanto. Te vamos a extrañar cada día. Amado Hugo. Tu mirada era el mar innumerable y la belleza completa. Tu presencia era libertad, tal como escribiste, como cuando llega la primavera, risas y flores. Gracias.
Mariposa de otoño
LA mariposa volotea
y arde —con el sol— a veces.
Mancha volante y llamarada,
ahora se queda parada
sobre una hoja que la mece.
Me decían: —No tienes nada.
No estás enfermo. Te parece.
Yo tampoco decía nada.
Y pasó el tiempo de las mieses.
Hoy una mano de congoja
llena de otoño el horizonte.
Y hasta de mi alma caen hojas.
Me decían: —No tienes nada.
No estás enfermo. Te parece.
Era la hora de las espigas.
El sol, ahora,
convalece.
Todo se va en la vida, amigos.
Se va o perece.
Se va la mano que te induce.
Se va o perece.
Se va la rosa que desates.
También la boca que te bese.
El agua, la sombra y el vaso.
Se va o perece.
Pasó la hora de las espigas.
El sol, ahora, convalece.
Su lengua tibia me rodea.
También me dice: —Te parece.
La mariposa volotea,
revolotea,
y desaparece.
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