29 de febrero de 2024

Sucedáneos

He recurrido a los sucedáneos de vida cuando ha sido necesario pero no me convencen. Hubo momentos más difíciles y no me quedó otra. Cada momento tuvo su gracia sin embargo. Por más que insisto en la pregunta no siempre doy con la respuesta sobre qué es vivir. Para qué amar. Por muy negro que sea un día queda el consuelo que el siguiente puede ser distinto. Nuestro cerebro a veces une todos los días en una gran masa negra, o a veces en una gran masa luminosa. Probablemente ninguna de las dos es tal. Las grandes masas ocultan los pequeños detalles. Las diferencias. Los matices y los relieves. Pero es tan real. Puede ser hasta peligroso. Los sucedáneos toman la forma a veces de la vida simplemente. Vivir es definitivamente difícil. La seriedad impresa en el viaje profundiza en las dudas que siempre están sentadas a la mesa con uno. Yo no las dejo desvalijarme y las interrogo como respuesta. Cuál es la forma de este libro, les digo. Respondan. Por qué emprender este viaje. Cuál es su propósito. Contesten. Si han querido venir ahora revelen todas las aristas de su carne. No sean grandes masas informes. Las respuestas absolutas me devastan. Las tramas mundiales y las sustancias que lo distorsionan todo. Vivir es más simple al final. Dudar tiene un sentido absoluto. Ver los matices en las grandes masas. La falta de dudas acarrea peligros concretos. Escribir cosas sin sentido o aniquilar a tu prójimo. Los sucedáneos de vida se pueden emplear un rato pero luego hay que ver que hay la sustancia. Que nuestra alma tiene contornos definidos atravesados por dudas que lo hacen más grande. Tal vez lo que más me ha permitido vislumbrar con claridad los contornos ha sido, a pesar del miedo, renunciar a los sucedáneos. Mi alma no escapa de su oficio. Llegan las catástrofes, no hay duda. Mi alma no escapa. 

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