Me abordó en un bar cerca del mar un día de primavera. Era, según él, un pobre desvalido atrapado por las circunstancias. No se veía para nada atrapado por ninguna circunstancia, sin embargo. Hacía propuestas, bailaba, sonreía. Sé perfecto quien eres, me dijo, eres escritora y vives en Lyon. Sí, le dije, cómo sabes, ¿y tú? Yo intento ser algo, pero el destino se ha ensañado contra mí. De acuerdo, le dije, claro, atrapado. Tenía pareja, pero ella, justo ese fin de semana, no estaba. Jamás se ausentaba. Volví a mi casa y seguimos en contacto. Teníamos intereses similares y la conversación fluía. Al principio no fue tan fácil porque él se había desplegado inicialmente en otra tonalidad, pero luego esa no era posible, según él, las circunstancias apretaban, y ese brusco cambio debía imponerse. Luego era una oscilación sempiterna. Una tonalidad o la otra, pauteaba todo, dependiendo del escenario de cada día. La conversación seguía, porque era una relación intelectual sobre todo, a la distancia, comentábamos nuestros proyectos e inquietudes. Aprendimos a conocernos muy de cerca, a veces no había filtros, tal vez eso era lo interesante. Volví al mar en el verano, pero su juego doble me sorprendió y le dije que no quería verlo. Caí en cuenta que la naturaleza del vínculo no estaba para nada clara, que las circunstancias apremiaban en su justa medida solamente, y que me dolía ver directamente su doble acercamiento a la realidad. Seguí con mi vida, mis libros, y en un momento la conversación retomó. La oscilación de tonalidad proseguía, los proyectos intelectuales y artísticos eran siempre el tema principal. Pero de pronto eran meses y meses hablando todos los días. ¿Qué era eso? Yo misma tenía serios reparos con lo que estaba sucediendo, pero mi esfuerzo consistente de entender hacía que no pusiera fin a la conversación. Creo que me colgué de sus comentarios y compañía para desarrollar mis novelas. Comenzó a transformarse en un vínculo muy relevante. No podíamos dejar de compartir el presente intelectual y artístico. Sucedió lo siguiente, un día coincidimos por casualidad en el mismo lugar, y decidimos vernos en persona. La misma conversación pero frente a frente. Luego de verlo un par de veces caí en cuenta que me había enamorado de él. La conversación había durado meses y meses, día tras día, a la distancia, y ahí estaba él, su cuerpo frente al mío. Qué sucedía luego de eso. Como ya le había advertido, la conversación no podía seguir. Por qué no, me dijo. Tal vez en otra tonalidad, me proponía él. Qué esperaba de mí. Qué esperaba yo de él. ¿Podemos conversar en persona?, me preguntó. Me dolía volver sobre lo mismo. Mi amor, le dije, nunca lo había llamado así, se acabó la conversación, afirmé, puedes escribirme tú si quieres, pero yo no te voy a volver a escribir mientras la situación sea la que me dijiste. Según él seguía atrapado en las circunstancias. De acuerdo, le dije. Pero él quería que la conversación siguiera a toda costa. A pesar de que respetaba mi opinión. Qué esperaba de mí. Qué esperaba yo de él. Cumplí mi promesa, no volví a escribirle. Él no modificó nada y tampoco volvió a escribirme. El 14 de febrero me di cuenta que habían pasado casi dos meses desde la última conversación en persona. En el avión de vuelta vi la película Anatomía de una caída, la protagonista dice: “Deja a Daniel fuera de este juego. No se trata de Daniel. No le impongo nada a Daniel. ¡Tú nos hiciste vivir aquí entre las cabras! ¡Te quejas de la vida que elegiste! ¡No eres una víctima! ¡En absoluto! Tu generosidad oculta algo más sucio y mezquino. Eres incapaz de enfrentarte a tus ambiciones, y me guardas rencor por ello. Pero yo no soy quien te ha puesto donde estás. No tengo nada que ver con ello. No te sacrificas, como dices. ¡Eliges quedarte al margen porque tienes miedo! ¡Porque tu orgullo hace que te explote la cabeza antes de que se te ocurra siquiera un pequeño germen de idea! Y ahora te despiertas y tienes cuarenta años, y necesitas a alguien a quien culpar. ¡Y tú eres el culpable! Estás petrificado por tus propias malditas normas y tu miedo al fracaso. ¡Esta es la verdad! Eres inteligente y sé que sabes que tengo razón. Y Daniel... no tiene nada que ver. ¡Basta ya!” Feliz san valentín al desvalido.
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