Es la mañana y me tomo un café para ver cómo voy a enfrentar esta semana. Esta vida. Estuve con gripe ayer, a las 19h estaba durmiendo. Del centro de la oscuridad me desperté hoy al sol. Lo que sube baja, como la fiebre. Lo que baja sube, como el sol cuando amanece. Escucho el disco Presence de Led Zeppelin, es tal vez mi preferido. Bien fuerte en este aparato con grandes parlantes que amo. Sé que la música es lo que me compone. Lo que hay en mi vida. La música de las palabras que significan algo. Es difícil describir hasta qué punto amo mi soledad. La soledad tiene la gracia de transformarse en palabras. Palabras que tienen dificultad para aparecer en medio del ruido. Cuánto decidimos nuestro destino. Cuánto culpamos a lo que llega de su infertilidad. Lo que define mi destino es su fertilidad. Su música. Soy alguien que ama la vida. Que ama a los seres humanos por todo lo que pueden dar. Que pueden crear. Mi vida es el arte. El arte que desarma. El arte que transforma. Amo al amanecer y en el crepúsculo. La música me desarma. Me ayuda a recomenzar cada mañana. Porque vivir es ese compromiso de no renunciar a la belleza. A la bondad que nos rodea. Tal vez es difícil. Estamos todxs batallando contra grandes fantasmas. Contra heridas grandes o pequeñas. Contra inmensos sistemas opresivos y contra nuestro cerebro que es testarudo. Amar la vida no es suficiente. También hay que vivirla. Definir lo que habrá en ella. Lo mío es insistir en el arte. En la libertad como camino absoluto. En el respeto a todo lo vivo. A todo lo muerto. Soy el pasado y el futuro de un alma en constante transición. Sigo porque hay la música y las palabras. Porque están construidas con amor. Soy el presente de un alma en movimiento. Me pertenecen las calles y la algarabía. La palabra profunda que remece. Lo que sea que haya en esta vida no será en vano.
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