Me quedé contemplando un
damasco en flor, anunciando la primavera. Tímidas flores rosado pálido. Que
luego acogieron, lentamente, a un sinfín de pequeños insectos, de diversos
tamaños, que venían en busca de polen. Entonces pensé, embelesada por la
belleza de las flores y los botones a punto de abrirse, la estética de las
flores, sin embargo, no es lo más importante, sino su función de alimento para
otras criaturas. Así como la belleza de las cosas que creamos, más que ser belleza
en sí, sirve de inspiración para otros, asimismo como las creaciones de los
otros nos inspiran, haciendo aparecer la primavera.
Un ciclo que se repite hasta el
infinito, pero dotando nuestra existencia de tubérculos, brazos que nos nacen
por todo el cuerpo, para luego independizarse, definitivamente. Y luego ya no
podemos siquiera evocarlos. Parten para adentrarse en un ciclo que se sucede
fuera de nuestro alcance. Pero queda la reminiscencia de la belleza, y el
recuerdo de la inspiración que una vez tuvo lugar. Como las imágenes, que se
repiten una y otra vez, en sueños.
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