Me levanto en la mañana temprano, fresca como una
lechuga. Y luego, café en mano, mirando el bosque, una palabra me alcanza, una
idea. Se queda fija en la experiencia, momentánea. Todo se detiene. Luego las
palabras se empujan para salir a raudales. A continuación, no puedo abandonar
la hoja en blanco, que va poblándose de emergencias necesarias. Todo adquiere
un matiz distinto.
Luego de esto, no puedo quedarme impasible. Salgo transformada.
Y sigo detenida. Confundida, desbordada de deleite. Gozo supremo. Y el bosque
está vivo y me llama. Comparto con él un poco de la confusión, y él me lo da
todo. La detención sigue, la confusión se agudiza. Y disfruto, disfruto, como
una loca, vuelo, voy paseando por el bosque, deteniéndome en cada árbol. Y vuelo,
y vuelo, planeo por la existencia, y por el bosque. Y duele, duele, por la intensidad,
por la perfección, no hay mácula posible, todo está en su lugar, y la belleza
asola cualquier rincón sombrío.
Luego más dudas y más gozo. Interrogo al bosque, cuál
es su secreto. Y me lo dice. Pero no puedo expresarlo. Me convierto en él. Estallo
de impresión, sin moverme. Y las ramas tienen todos los colores, y el planeta
entero está en cada árbol, en cada pequeño brote que veo asoma la primavera.
Y sonrío, porque la inmortalidad me gobierna. Me gobierno
a mí misma, y estoy al unísono con los árboles. Y lloro, de emoción contenida,
porque las palabras son la fiesta, porque están en todas partes, porque son
inmortales y efímeras, porque todo tiene sentido, sin tenerlo. No tengo
expectativas, escribo algunas palabras y vuelo. No necesito más. Sólo al
bosque, que me da vida. Sólo tu sonrisa, que es extraordinaria, más prodigiosa
que todas las palabras.
Y quiero volver al bosque, pero las ideas siguen
asomándose. Se empujan. No puedo detenerme en este instante detenido. No puedo
detenerme, en esta existencia pausada y llena de treguas. Entonces, llevo un lápiz
y una hoja al bosque. Si las palabras no pueden salir se quedan oscuras, porque
quieren ser anotadas, antes de desvanecerse. Al anotarlas, toman vida corpórea,
toman vida propia y se independizan. Qué bellas son. Cada una, a su manera. A
raudales, querida existencia, a raudales.
Y tengo miedo de moverme de la hoja, porque en
cuanto cierro el cuaderno, me atacan las palabras. Me miran con furia e
iniciativa. Qué personalidad fuerte. Qué carácter. Soy una esclava de las
palabras, me gobiernan. A veces creo que yo las gobierno, pero no, son ellas
las que tienen el mando. Me conducen por los pasadizos, por los senderos, por
el bosque y todos sus rincones. Infatigables, no descansan. ¡No duermen! Yo no
sé cómo lo hacen. Qué capacidad. Y toman y toman formas, y van cambiando, y
crecen, enormes, pequeñas, vendavales disponibles. No duermen, y a veces se
ordenan. Solas. Casi solas. Juro que se ordenan casi, casi solas. Yo las
observo y les pregunto su significado. El resto es fácil. Ellas saben cuál es
su lugar. Pero son misteriosas, inquietas y revoltosas, porque nunca están
tranquilas con un solo significado. Son traicioneras, toman formas, se
disfrazan.
Yo las dejo hacerlo, espero, paciente, detengo el
instante y les propongo una mímica estática, les propongo ser estatuas por un
momento. Aceptan, siempre aceptan. Son volubles, pero dóciles. No, no hay que
dejarse engañar, es sólo una impresión. No conocen la obediencia, ni la
disciplina, y eso es lo interesante. Creo que, con justa razón, no queremos
instrucciones, y ellas tampoco. Qué desolación las instrucciones. Y las tenemos
a raudales, querida existencia, a raudales.
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