7 de marzo de 2017

Los manuales

La idea de escribir un manual de instrucciones es divertida en sí misma. Es totalmente absurdo. Es una gran broma, integral.

Cada vez que escribo un texto así río a carcajadas, desde el comienzo. Porque me parece una idea totalmente absurda, si alguien se la tomase en serio.

Es ironía pura, y la única gracia es hacer el payaso. Saber que somos nadie, en la nada, y todo lo que podamos decir, en el fondo, da risa, y no hay más.

Sólo que, de risa en risa, vamos destruyendo al poder establecido, aunque no lo parezca. Nos independizamos, nos empezamos a sentir cómodos en nuestra órbita.

Uf, qué sensación de músculos distendidos, aunque siempre listos para atacar. Como acechar, en una planicie vasta e inmensa, con altos pastizales, que nos ocultan a ratos.

Sin embargo, la verdad, es que rara vez estamos ocultos. Es sólo la sensación. Siempre expuestos. La seguridad es una entelequia, de la que espero liberarme. La imagen es una invención, de la que espero desatarme.


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