La inmortalidad no existe. Ni en el cuerpo ni en la obra. Los análisis
y las frases escritas se desvanecen en el aire, solo tienen un poder en el
presente. Ese es el objetivo. El resto es residual, consecuencias
involuntarias, que dan lo mismo. La mortalidad es la consigna. Esa finitud
implacable que cae como un ladrillo, o un piano con un moméntum gigantesco
desde un décimo piso, más temprano, o más tarde, pero cae al fin. Un piano
implacable, no como la música que surge de sus teclas y cuerdas, martillos
firmes.
Por lo tanto, por qué tener ambiciones inocentes. Perder el tiempo. Es
maravilloso ganarlo pensando en el presente. Sin sueños posteriores. Sin alucinaciones
ulteriores. Delirios inconducentes y absurdos. La idea de publicar lo escrito
así resueltamente, en blogs o vitrinas virtuales, es por su carácter efímero. Por
la negación de la inmortalidad, y la identificación con el presente. El limbo
constante, lo único real.
La red virtual tiene esa incertidumbre, pasajera, pero con una fuerza
enorme, aunque sutil, totalmente sutil, pero cercana a la fibra íntima. Es la
resistencia a lo grande que oculta lo pequeño. La verdadera savia de la existencia,
que sucede en pequeña escala, detalles que lo dicen todo, y que componen la
cotidianeidad, que confecciona realmente el pasar por esta tierra. Ese conjunto
de años, uno al lado del otro, que parece que pasara rápido, pero va creándose
lentamente, a paso de hormiga, construyéndose cada día.
Por qué perder esta oportunidad maravillosa. De mirar más de cerca. De
decir lo indecible, lo oculto, o lo evidente, lo realmente obvio, que está ahí
al alcance de la mano, o de la vista, o de la emoción. Es una ocasión sinigual.
Sin parangón. Porque luego todo habrá acabado. Me gusta expresar el presente,
del mismo modo que disfruto sin límites leyendo lo que otros manifiestan.
Esa es la fiesta de la vida. Incierta, pero efímera sin velocidad, efímera
a paso lento. Una tortuga que se detiene al movimiento del viento en la hierba.
Esa hierba que crece sin que nadie le haya preguntado si era posible, sin que
nadie pueda oponerse. Sin pedir permiso. Esa hierba que de a poco lo invade
todo y es la vida misma. Queriendo surgir y manifestarse. La fiesta de la vida,
finita. La fiesta de lo indecible, limitado. La fiesta de las palabras,
poderosas y enérgicas. Que todo lo gobiernan, y que nos despiertan a lo ilimitado.
Una existencia finita, y unas palabras ilimitadas, dentro de ella misma. Nuevas
palabras, dentro de ella misma. Nuevas emociones, en su interior.
El encuentro con el presente y todas sus posibilidades. Creo que
estamos aquí, solamente para esto. Pero una mirada que se detenga. No un atisbo
a paso rápido. No la cáscara, sino el contenido. No las paredes externas del
panal, sino la miel que hay dentro. Creo que hoy hay demasiadas paredes de
panales, pero siempre hay algo dentro, aunque no podamos verlo por la celeridad
de los tiempos.
Me quedo con pequeñas voces, que pueda hacerlas mías, siendo ellas por
un momento. Si no nos transformamos en lo que leemos, entonces no leemos nada. Tenemos
que salir transformados, siendo las voces. Tenemos que salir heridos, henchidos
de júbilo. O saturados, pero no vacíos. Si luego de leer perdemos el norte
estamos leyendo con atención. Que se pierda una y mil veces, pero pasar de
largo sin consecuencias no enriquece la experiencia. Si salimos airosos de un
texto entonces no entendimos nada.
La confusión total es la clave de la belleza. Es el lenguaje del
cambio, es la bondad intrínseca de las cosas. La seguridad mata la experiencia.
La certeza ilusoria, la aniquila. Si nos sentimos seguros es porque no hemos
entendido nada. Es porque la belleza ha pasado de largo, sin dejarnos un ápice
de su mensaje. Si nos detenemos, en la confusión, lo más sublime surge. Quizá podemos
hasta vislumbrar qué es la inmortalidad. Eso, fuera del tiempo, y no otra cosa.
Una sensación, salvaje e intensa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario