Quisiera cambiar la obligación en la que se encuentran ciertas personas de atender a la misma hora, cada día, la misma puerta, la misma ceremonia. Los ritos tienen un límite. Son deseables en la medida que hay convicción. Un rito sin persuasión es una imposición. Hay tantas puertas. Puertas y no-puertas.
En el tiempo visualizo utopías. Canciones. Poesía. Gozo. Lo elegido queda bien. Expresarse sin censura queda bien. Ser tomada en cuenta sin necesidad de repetir cinco veces, queda bien, y no, como se lamentaba Björk: tener que hacerse la estúpida y hacer todo con cinco veces la cantidad de energía para que las ideas salgan adelante.
Sueño con un mundo con los bailes y pianos de Kate Bush y Tori Amos, y la creatividad de Björk planteándonos nuevas opciones. Un mundo de sueños y de letras que nos revelen algo.
Quisiera transmitir la alegría militante. Las combinaciones de las palabras que alcancen directamente nuestra sensibilidad y razones. El ritmo que intercepta nuestros compromisos. Que da movimiento al letargo de un presente angosto. Que pone en marcha al tambor adormecido por el ruido monótono del desasosiego de la precariedad. ¿Dónde están tus compromisos? ¿Dónde dejaste tu manifiesto? Lo arrolló un auto que iba con prisa y no te vio.
Existo para escribir. Existo para preguntar de qué modo es la vida. Para dialogar y reír. Existo para soñar con utopías y temporadas al sol. Afuera. En la intemperie imprecisa y efervescente. Con la pasión que hierve al calor del fuego.
He estado al lado del camino. He intentado mirar a los ojos. Dibujé mi destino en océanos en tempestad. Mi vértigo es el mismo que el de todos los funambulistas. Los que partieron con una cuerda floja en la maleta para unir dos acantilados que no se miraban a la cara. Las preguntas me las he planteado, las que me arrojaron y atrapé en el aire, las mismas que ya circulaban y otras inexistentes. Tuve que inventarlas. Las amoldé a los versos. Las rellené de azar, necesidad y gozo. Todo dictado por la certeza de un lugar. ¿Cómo surge una vida? ¿Cuál es la participación de las circunstancias, la necesidad, el azar, las elecciones e iniciativas de un sujeto? se preguntaba una y otra vez Simone de Beauvoir.
Soy una cascada que contempla un remanso de calma río abajo. Un ave migratoria que ama su multiplicidad de nidos. Una llamada a bailar en los momentos más negros. Un susurro que acaricia al paseante desprevenido. Nubes en el cielo azul sideral de la conquista. Una mujer que quizá llegó a serlo. Amo apasionadamente los libros, igual que Simone de Beauvoir, y como bien dijo ella, mi optimismo ha alentado esta exigencia que me ha poseído desde el comienzo de mi historia y nunca me ha soltado: ir hasta el final de mis deseos, mis rechazos, mis acciones, mis pensamientos.
Realizo excursiones en plena ciudad para alcanzar alguna información esencial que quiera mostrarse. ¿Qué quiero? Decir lo que tengo que decir. Soy la amante en carne y hueso de la poesía y sus alcances. El lenguaje de la vida. La certeza de la muerte.
Lo que me entusiasma es que todavía me quede tiempo. Es la posibilidad de renacer y morir. Es la oportunidad de prepararme un café por la mañana y recomenzar el infinito. La revelación que va a llegar. Lo que queda por descubrir. El proceso de creación, entrega, y desprendimiento de lo que aparece hacia el río y su corriente agitada. El mirar por la borda los gestos que parten modelados a fuego lento en una orquesta de sobresaltos y llamadas de auxilio y de expansión. Lo que me motiva de participar es la potencia de instalarme en la vida. Y recordar que aún no se ha terminado.
Escribo por una comunidad mayor. Como un proceso de alquimia que abre las puertas. Que visualiza nuevas puertas. Escribo por la posibilidad de entrar por las puertas. Y salir. Por hacer de las ventanas, accesos. Por el ademán perplejo que encuentra su paraíso al vislumbrar a aliadas en la lucha. He manifestado ya que la primavera también dura.
El objetivo es cantar la misma canción hasta el hartazgo y acabar con el vértigo. Observar los colores que se quedaron atrás en el carnaval. Los trajes y las máscaras de la euforia contenida.
Como Simone de Beauvoir, no pensar ya que la actividad de escribir justifica, pero sin ella me sentiría mortalmente injustificada. Tener la impresión de morder la historia. La creación es aventura, es juventud y libertad, como bien dijo.
Me interesa especialmente lo que no es falso. Lo que brota del manantial de los cuerpos al acecho. La desnudez y su calor verdadero.
Mi nombre es Andrea. No he pensado en cambiarlo. Creo que un nombre debe contener todo lo que se imagina. Las dificultades de subir al globo aerostático. Más todas las veces que tropezamos con las cuerdas y caemos al vacío. También cuando nos enredamos en ellas y el tornado no puede llevarnos tan lejos como quisiera. Un nombre debe contener la historia. Y la novedad de nacer en un contexto en llamas aportando aire fresco y calor humano renovado en la inocencia y la originalidad.
Tengo la sensación de que no me he rendido, ni me he resignado a la propuesta ajena. La cara nevada de la montaña ha lanzado sus avalanchas, he vislumbrado el reconocimiento de personas bondadosas que admiro, y los zapatos con clavos se agarran así firme a la roca. Las cuerdas sirven para subir y bajar, subir y bajar. Pero si otros las sostienen la expedición alcanza la cima, por más humilde que ésta sea.
Lo que me gustaría proponer es un libro formado por muchas voces. Uno donde haya cabida para los nuevos derechos. Y sobre todo las voces. Simplemente las voces. Y los diálogos entre ellas. Y el reflejo nítido de ellas en el agua. Sin distorsiones. Y por qué no escuchar el eco que ellas producen en el vacío. Y la estela que se crea y florece. Por qué no cantar, cantar y cantar. Nada está afuera. Pero el libro puede proporcionarlo para darle al tambor hasta que su sonido se escuche.
Lyon, 16 de marzo de 2021
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