“El señor es mi pastor, nada me habrá de faltar.”
Podrían al menos disimular, ¿quién quiere ser oveja? O al menos, ¿quién que
haya entendido lo que esto significa quiere ser oveja voluntariamente? O de
otra manera, ¿quién en su sano juicio quiere pertenecer a un rebaño guiado por
alguien más? Ni señor, ni pastor, ni oveja, que nos falte todo lo que nos tenga
que faltar, o que nos cuelguen en la plaza pública. Mejor tener miedo y
afrontarlo con valentía. Al final, el reposo está tan lleno de artificiosas praderas
verdes. Un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire,
como diría Cortázar. La pradera reposada es como un reloj que no deja de pasar
y nos cae encima con forma de tiempo perdido que ya no volverá. ¿Y cuántas oportunidades
tenemos? No veo más que una. Claro, se puede elegir, quien ame los prados y los
pastores puede reposar tranquilo. Y ser colgado en la plaza pública sin
siquiera darse cuenta de tan vil destino. Al final, todos vamos a morir en la
plaza pública, la diferencia, supongo, estriba en hacerlo con los ojos abiertos
en medio de la tormenta, o de la pesadilla, como diría Bolaño. Ahora bien,
¿para qué hacer tal cosa? Para no repetir, para no plagiar, para comprender algún
pequeño intersticio, aunque sea un ínfimo surco con el que ni siquiera
tropezamos, pero que nos ayude a darnos cuenta que el sendero está desvaneciéndose,
todo el tiempo. Una amenaza latente donde los prados reposados no tienen
cabida. Donde el sueño americano sólo acontece en las películas, en la ficción,
en la ciencia ficción más bien, porque la ficción a secas es donde realmente
suceden las cosas tal y como se muestran. La ficción es como las cosas son. En
cambio, la ciencia ficción es la cáscara, y dentro hay un huevo descomponiéndose,
ya un poco podrido, sin posibilidad de recuperación. Lo podrido apesta, aunque
la máscara sea estéticamente adecuada. Si trasquilamos a la oveja queda
desnuda, y dentro de sus tripas hay mierda, sólo que da la impresión de que
huele bien, pero es sólo una impresión. Los sagaces pastores bien lo saben y
adoran la mierda, porque les permite seguir guiando al rebaño que tanto
idolatra a los líderes de opinión, ¿qué es eso? ¿El guía espiritual de los
esclavos, el padre de la patria, la madre de la patria, o el tío político de la
patria? como se preguntaba Bolaño. ¿Son lo mismo? ¿Siempre tenemos que estar
pidiendo permiso? La respuesta será sí, pero sin buenas razones, o escasas, o
inexistentes. Luego viene el siguiente
asunto: aut consiliis aut ense, o, por
la razón o la fuerza. Y todo sale mal. De mal a peor. Y de peor a espantoso. Y
de espantoso a impunidad. Y de impunidad a amnistía. Y luego todo sigue igual.
Y los bellos prados relucen al sol. Y las patrias dulces tienen un sabor
amargo, que no se quita con nada, ni con prosperidad económica, ni con juegos
de video, ni con grandes televisores. Sigue ahí, persistente, como grandes
depresiones y abismos. El abuso huele mal, y querer ganar siempre, parece una
actitud infantil, un gran ogro infantil, que nació ayer y no tiene nada mejor
que hacer que jugar a la escondida, o al pillarse. El problema es que los otros
niños, o los otros ogros, no están seguros de querer jugar. Nadie les preguntó,
porque el rebaño traía reposo. Un lindo y reluciente reposo. El problema es que
se dedicaron a tocar a los niños, a tocar a los adultos, a tocarnos el culo a
todos, y el juego ya no era divertido. En realidad, nunca lo fue. Quizá ahora
podemos (podremos) verlo. Personalmente, en este minuto, prefiero estar fuera
del juego, o jugar riéndome, y asqueada, e intentar ver otras cosas. Ya basta
de manoseos asquerosos. Dejen a nuestro culo tranquilo. Y váyanse a comer
mierda con el ogro, en las praderas desiertas.
¡Vade retro, cobardes! Turbados e insignificantes. Métanse con uno de su tamaño. Los ogros parecen grandes para los niños, pero en realidad lo que hay dentro es aire, es sólo miedo, una inseguridad galopante. Como alguien de baja estatura que quisiera estúpidamente gobernar el mundo a su manera, para suplir su falta de confianza. Sólo queda sentir náuseas, y aguzar el oído para advertir la insignificancia. Ni siquiera es peligroso, es solamente triste, y miserable.
¡Vade retro, cobardes! Turbados e insignificantes. Métanse con uno de su tamaño. Los ogros parecen grandes para los niños, pero en realidad lo que hay dentro es aire, es sólo miedo, una inseguridad galopante. Como alguien de baja estatura que quisiera estúpidamente gobernar el mundo a su manera, para suplir su falta de confianza. Sólo queda sentir náuseas, y aguzar el oído para advertir la insignificancia. Ni siquiera es peligroso, es solamente triste, y miserable.
No hay comentarios:
Publicar un comentario