28 de febrero de 2017

El rebaño de ovejas

“El señor es mi pastor, nada me habrá de faltar.” Podrían al menos disimular, ¿quién quiere ser oveja? O al menos, ¿quién que haya entendido lo que esto significa quiere ser oveja voluntariamente? O de otra manera, ¿quién en su sano juicio quiere pertenecer a un rebaño guiado por alguien más? Ni señor, ni pastor, ni oveja, que nos falte todo lo que nos tenga que faltar, o que nos cuelguen en la plaza pública. Mejor tener miedo y afrontarlo con valentía. Al final, el reposo está tan lleno de artificiosas praderas verdes. Un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire, como diría Cortázar. La pradera reposada es como un reloj que no deja de pasar y nos cae encima con forma de tiempo perdido que ya no volverá. ¿Y cuántas oportunidades tenemos? No veo más que una. Claro, se puede elegir, quien ame los prados y los pastores puede reposar tranquilo. Y ser colgado en la plaza pública sin siquiera darse cuenta de tan vil destino. Al final, todos vamos a morir en la plaza pública, la diferencia, supongo, estriba en hacerlo con los ojos abiertos en medio de la tormenta, o de la pesadilla, como diría Bolaño. Ahora bien, ¿para qué hacer tal cosa? Para no repetir, para no plagiar, para comprender algún pequeño intersticio, aunque sea un ínfimo surco con el que ni siquiera tropezamos, pero que nos ayude a darnos cuenta que el sendero está desvaneciéndose, todo el tiempo. Una amenaza latente donde los prados reposados no tienen cabida. Donde el sueño americano sólo acontece en las películas, en la ficción, en la ciencia ficción más bien, porque la ficción a secas es donde realmente suceden las cosas tal y como se muestran. La ficción es como las cosas son. En cambio, la ciencia ficción es la cáscara, y dentro hay un huevo descomponiéndose, ya un poco podrido, sin posibilidad de recuperación. Lo podrido apesta, aunque la máscara sea estéticamente adecuada. Si trasquilamos a la oveja queda desnuda, y dentro de sus tripas hay mierda, sólo que da la impresión de que huele bien, pero es sólo una impresión. Los sagaces pastores bien lo saben y adoran la mierda, porque les permite seguir guiando al rebaño que tanto idolatra a los líderes de opinión, ¿qué es eso? ¿El guía espiritual de los esclavos, el padre de la patria, la madre de la patria, o el tío político de la patria? como se preguntaba Bolaño. ¿Son lo mismo? ¿Siempre tenemos que estar pidiendo permiso? La respuesta será sí, pero sin buenas razones, o escasas, o inexistentes.  Luego viene el siguiente asunto: aut consiliis aut ense, o, por la razón o la fuerza. Y todo sale mal. De mal a peor. Y de peor a espantoso. Y de espantoso a impunidad. Y de impunidad a amnistía. Y luego todo sigue igual. Y los bellos prados relucen al sol. Y las patrias dulces tienen un sabor amargo, que no se quita con nada, ni con prosperidad económica, ni con juegos de video, ni con grandes televisores. Sigue ahí, persistente, como grandes depresiones y abismos. El abuso huele mal, y querer ganar siempre, parece una actitud infantil, un gran ogro infantil, que nació ayer y no tiene nada mejor que hacer que jugar a la escondida, o al pillarse. El problema es que los otros niños, o los otros ogros, no están seguros de querer jugar. Nadie les preguntó, porque el rebaño traía reposo. Un lindo y reluciente reposo. El problema es que se dedicaron a tocar a los niños, a tocar a los adultos, a tocarnos el culo a todos, y el juego ya no era divertido. En realidad, nunca lo fue. Quizá ahora podemos (podremos) verlo. Personalmente, en este minuto, prefiero estar fuera del juego, o jugar riéndome, y asqueada, e intentar ver otras cosas. Ya basta de manoseos asquerosos. Dejen a nuestro culo tranquilo. Y váyanse a comer mierda con el ogro, en las praderas desiertas.
¡Vade retro, cobardes! Turbados e insignificantes. Métanse con uno de su tamaño. Los ogros parecen grandes para los niños, pero en realidad lo que hay dentro es aire, es sólo miedo, una inseguridad galopante. Como alguien de baja estatura que quisiera estúpidamente gobernar el mundo a su manera, para suplir su falta de confianza. Sólo queda sentir náuseas, y aguzar el oído para advertir la insignificancia. Ni siquiera es peligroso, es solamente triste, y miserable.


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